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pero al ver que la hembra no hizo caso, estuvo á punto de arrancarse el tupé. ¡Tal fué su coraje! Más adelante divisaron á una linda joven que, con sin igual gallardía, cimbreaba. su arrogancia. Sarvaoriyo requirió el BLANCO Y NEGRO para recordar el piropo, y á bocajarro dijo á la hermosa: ¡Qué lástima no fuá usté mié y yo mosca pa larme un atracón de durse! Contestó airada la gentil: ¡Y usté, qué lástima no fuá perro pa que le dieen boliya, so asaúra! Maoliyo, loco de júbilo por la oportunidad de decir 1 chiste, la repuso chunguero: ¡Anda, la virtuosa, que presume de... No acabó la frase, porque una soberbia bofetada le lejó á pleno sol; es decir, le estropeó las persianas Propinósela el marido de la hembra, que iba á varios netros. Sarvaoriyo, Maoliyo y Pepiyo, á pesar de que n sus respectivos hogares eran tenidos por unas fie as corrupias, viendo que el esposo ultrajado no aniaba con bromitas, partieron á toda velocidad, sin pensamiento de volver el rostro. Se detuvieron en el Duente de Triana, y eso porque un carro chocó con un tranvía y la aglomeración de la gente no les dejó paso, que si no, á estas horas todavía estuvieran corriendo. -j Chavó y qué bruto! balbució Maoliyo, acari: iándose la parte resentida. ¡Pa mí que me dio con m martinete! ¡Axcuso desirte si larga er de las colé 1 Serenáronse al fin. Limpiaron con los pañuelos los íombreros y las botas, se arreglaron los tufos y quedaron de nuevo en gallardas posturas para sus amorosas lizas. Llegó hasta ellos la audición de un gramófono; la voz gangosa del Mochuelo decía, en melodías fandangueras Anda y no presuma má, que tus jechura no tienen naíta e partícula. -Varao á entra ahí pa toma una copa- -insinuó uno. -Güeno, vamo... Y con aire de soberanía entraron en la taberna. Una espléndida mujer- -con unos ojos muy zaragateros, la boca menuda y rojiza como una cereza y unas morbideces de buen año- -colocaba los discos en el aparato cantante. Verla los tres y lanzarse una mirada en reto, como indicando ésta es mía fué todo uno. Se colocaron frente á ella; Maoliyo, de perfil, para que no le notara el cardenal que le produjo el bofetón, pero teniendo muy en cuenta descansar la mano sobre la rodilla para que ella viese la estupenda alhaja que ceñía al meñique y cuidando de levantarse el pantalón para lucir sus calcetines escoceses; Pepiyo, más modesto, se contentaba con repiquetear, con los dedos, sobre la mesa, creyendo que su habilidad causaría asombro; y Sarvaoriyo, para indicarla que él también sabía su mijita de cante, abría y cerraba la boca, entornando los párpados, y de vez en vez hacía con toda la cara una grotesca contracción dolorosa, para significar que la nota atacada por el cantante del disco no salió limpia y perfecta. Y- ¡claro está! -ante aquellos visajes del uno, la tontería del otro y la memez del acompañante, la buena señora se sonreía como si estuviera viendo á tres caricaturas animadas. Pensaba Maoliyo, viéndola sonreír: -Esta mujé está loquita perdía por mi cuerpo. No daba yo un séntimo gordo por el honó der mano... Dibuje de Méndez Bringa. Sarvaoriyo se decía: -Se conose que yo le gusto má que e esposo. Está deseando que la diga argo... Y Pepiyo repetíase: -Mía e ya, mía e ya... Llamó Sarvaoriyo al dependiente y le entregó dos pesetas para que cobrase. El chico, como dudando de la bondad de la moneda, la hacía botar repetidamente sobre el mármol del mostrador. -Niño- -repuso, mirando á la juncal como diciéndola: ¡Verás qué chiste! ¡Ño la suene niá... ¿T ha creío que s ha resfriao? Pero Maoliyo, que creyó que con aquel timo ganaba terreno el contrario, se apresuró á decirle en voz alta: -Ese no e tuyo... Pidieron otra ronda y otra, y varias... Empezaba el alcohol á hacer de las suyas. Los tres estaban decididos á quedarse allí hasta que saliera el sol, aunque nada habían convenido sobre el propósito. Y llevados del espíritu de derroche, pedían cañas y más cañas sin preocuparse de abonar lo que importaban. -i Has visto qué modo de timarse conmigo? -decía Sarvaó. -No, gachó, que e conmigo, fíjate... -contestaba Manolo. Y Pepiyo, sonriendo filosóficamente, pensaba: -S han creío que e por eyo y e que la traigo chalaíta con mis mira... ¡Niño, repite! -Oye, mira si hay bastante dinero- -indicó el hijo de la seña Mari- Asunsión. -i Cuánto se debe? El muchacho fué á la pizarra, sumó y dijo: -Siete con sesenta... Aquello fué una nueva bofetada, de la que participaron, los tres. Hubo protestas, insultos, desplantes... hasta que intervino el amo, reclamando con energía. Los tres galanes se miraron como rifándose los pescozones que cerníanse sobre ellos. -i Tú qué dinero trae? Maoliyo sacó una peseta; Pepiyo, cincuenta céntimos, y Sarvaoriyo, seis reales. ¡Imposible pagar! El dueño les contemplaba ¡encoroso, dispuesto á dar dos morradas á cada uno y dejarles ir; pero su mujer- -la bella colocadora de discos- -se levantó, enfurecida, y gritó: ¿No te desía yo qu eran unos sinvergüensa? ¿Qu eran unos granuja? Y encarándose con el dependiente, a- ñadió colérica: ¡Niño, vete por una pareja de guardia... Los tres tenorios creyeron morir, víctimas de la desilusión; pero los municipales les reanimaron, llevándoles á empujones hacia la casiya Tres días después salieron del encierro. La seña Mari- Asunsión, al ver entrar al pedasito de sus entraña le preguntó, cariñosa: -í Dónde has estao, Maoliyo mío? -De juerga, mare- -respondió él. -La seña d un conde que s empeñó en oirme canta... ¿Y tre. día has estao cantando, hijo de mi arma? -No, mare; e que vino er marío y le tuve que da tré gofetaiya... Tendrá usté que paga sinco duro der juisio... -i Qué le vamo hasé! -repuso, cariacontecida, la seña Mari- Asunsión. ¡Cosa de los hombre! Y añadió, suplicante: -Pero, hijo mío, ¿por qué tie ese genio... E. ANDICOBERRY RUIZ. T f tine tro Concurso. Lema: Cosas de Sevilla 4- 5678-