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constantes muestras de cariño que daban á Narciso, y ayudada por él, colocó los juguetes en un armario y guardó los dulces y caramelos en una alacena; después acostó al niño y se retiro á descansar. Al sonar la primera campanada de las doce en el reloj de la iglesia, Narciso se despertó sobresaltado creyendo escuchar una voz que no le era desconocida; se sentó en la cama, encendió la luz y se encontró frente á frente con el ratoncillo que, sentado en el suelo, le miraba insolentemente. Su primer impulso fué gritar; pero el ratón, sin duda adivinando lo que pensaba, dio un salto y se subió á la cama diciendo en el tono desagradable que le caracterizaba: -Si alborotas, mañana cuando vayas á palacio la princesita habrá dejado de existir. ¡No la mates, por Dios! suphcó el chico. S i tú consientes en darme todos los dulces que te han regalado, la dejaré vivir. Narciso, sin vacilar, se levantó, abrió la alacena y dejó penetrar al roedor, presencianao con verdadera alegría la desaparición de sus golosinas, puesto que las sacrificaba por Mirtila. Cuando el ratón terminó su banquete desapareció sin que Narciso pudiese ver por dónde se había ido. Con mucho cuidado cerró la alacena y se volvió á la cama muy satisfecho, durmiéndose á los pocos minutos. Al día siguiente, más temprano que de ordinario, fué á Palacio, y temblando ante el temor de que el picaro ratón hubiese hecho una de las suyas, preguntó por la princesita. -Én el jardín está esperándote- -repuso el portero. Narciso echó á correr, y loco de alegría al verla en perfecto estado de salud, se arrodilló y cubrió sus manitas de besos. La niña, no sabiendo cómo corresponder por sí sola á tanto cariño, pidió permiso para regalarle una sortija que ella llevaba siempre puesta. Narciso la aceptó encantado; pero al sentir el frío metal en con tacto con su dedo, oyó la voz del ratón que decía: ¡Pobre de ti si conservas ese anillo! Ni un solo minuto tuvo de vacilación; soportaría todas las penas que su destino le reservase con tal de no desprenderse de la sortija que Mirtila le había dado; pero pensando con mucho juicio decidió contarle todo lo ocurrido al príncipe. Entró en el salón donde éste le esperaba, y poniendo una rodilla en tierra, relató cuanto se refería con el malévolo ratoncillo. Cuando terminó, el príncipe, poseído de indescriptible alegría, le estrechó entre sus brazos, exclamando: -Sé constante, hijo mío, y quiere siempre con la misma abnegación á la princesita, que Dios y yo te premiaremos. Continuará, -266- EN CAMPASTA CONCLUSIÓN 13. Pepínez echó á correr para llevar la noticia al campamento. 14. Y se lo contó al propio general en persona. El general mandó á su jefe de Estado Mayor. 16. Y al poco rato la tropa estaba sobre las armas. 17. Al amanecer se sintió el ruidp del enemigo, que avanzaba. tó. Y que resultó una piara de hermosos y biea- ebados- cetdos. 7i