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iá, LAS DOS ROSAS COBRE el lindo escritorio de un elegante gabinete femenino, hay dos rosas que ostentan sus galas en búcaro gentil. Una es grande, orgullosa, encendida, émula de la llama, como aquella hermana suya cantada hace tantos años por el poeta. La otra es pequeña, tímida, pálida, cual las mejillas de una virgen enferma. Si es verdad que todo tiene un alma, ¿cómo no ha de tener un lenguaje para expresar sus sentimientos... En el suyo hablan las dos rosas mientra? su dueña va y viene nerviosamente, se sienta en una butaca y se levanta en seguida, mira á la calle con impaciencia... ¡Pobreciila! -dice la rosa pálida. ¡Cada minuto se le figura un siglo! ¿Pero él vendrá? -dice la rosa grande. -Sí, vendrá... Sólo que acaso tarde, aunque está deseando venir tanto como ella desea que venga... ¡Ya cabe que cuanto más se prolonga una esperanza mayor es la alegría que causa su cumplimiento! -En ese caso, puede que no venga hoy ni mañana... -No, no; porque sufriría al hacer sufrir, y su propio egoísmo le impedirá extremar la prueba. ¿Y si su amor fué sólo un capricho pasajero? -Entonces, tal vez tengas razón... Pero o no creo que una mujer tan hermosa como ésta inspire á nadie el deseo de una aventurilla de colegial, sino una pasión honda y duradera. -De todos modos, ya ves como nos olvida... ¡Al contrario... Nunca ha pensado en nosotras más que ahora... ¿Lo dices de veras? -Así lo creo. En este momento, duda á cual de las dos escogerá para adornar su pecho y añadir un nuevo encanto á su figura... ¿Dudar... ¡Eso sí que no... Si trata verdaderamente de engalanarse, piensa tan sólo en mí. i No digas eso, hermana! ¿No he de decirlo... Soy más grande que tú, mi. color es más fuerte y mi perfume más delicado que los tuyos... ¡A mí me sacará del búcaro sin dudar para ostentarme sobre su pecho gallarda y tnmfadora... -i Quién sabe... ¡Tal vez te equivoques... Acaso quiera, en efecto, presentarse orgullosa y soberbia, como reina ofendida, para darle á entender su enojo que sólo Con súplicas se desarma... Y te prenderá para exhibirte con aire de desafío. ¡Naturalmente! -Mas también es posible que su amor le dicte lo contrario... Y así se mostrar: humilde, resignada, en actitud de víctima que soporta un castigo inmerecido... Para no descomponer su aspecto, me colocará sobre su corazón, y allí recibiré el sincero homenaje de su cariño... ¡Puede ser... Pero á mí me parece demasiada humildad. -La humildad también es un encanto... ¡Quizá el mayor de todos... -Eso decís los qtie no podéis ser más que htt- suelo... -i Q u e n o l o cambiaríamos p o r ninguna grandeza de la tierra! ¿Y si nos pone en su pecho para desprendernos en cuanto él lo solicite... Entonces seré yo la elegida sin vacilar, porque soy mucho mejor regalo. -Y no te envidiaría yo. la preferencia... ¡Quiero morir á sus pies, y no á los de él ó en casa de alguna rival desconocida á quien el ingrato me entregara I- -A mí me es igual... ¡La cuestión es triunfar, ea donde sea! ¿Qué importa el triunfo si le falta el calor de un alma... -i Ta, ta, ta... ¡Me sería tan doloroso abandonarla... He nacido en uno de sus tiestos, he crecido cuidada por sus manos... -j Eres una rosa doméstica... Yo, en cambio, nací en el espléndido rosal de un jardín, y allí crecí abriéndome á todos los vientos... ¡Soy una rosa libre i- ¡Libre! ¡Esclava, como todas! -No te oc. iltaré que hubiera deseado presentarme en la mesa de un banquete, en un ramillete de baile, en un ramo de boda... ¡Y no hallarme recluida aquí, en este gabinete obscuro y solitario! ¡Y á tu lado! ¡No te ofendas por la compañía! ¡Ambas somos de la misma ciase! ¡Eso sí que no! ¡Ni de la misma clase ni de la misma familia! -De la misma especie, aunque te disgustes... i Clases, familias... ¡Esas son cosas inventadas... Pero lo otro es lo eterno... Quieras ó no, somos hermanas, y tu orgullo no podrá librarte de cumplir la ley que á mí también me obliga... Tus encendidas hojas irán en breve, con las mías pálidas, á perderse en el abismo de la nada, de donde las dos liemos salido... Se calmó entonces la impaciencia de la dueña, y las dos rosas quedaron iguales en el búcaro gentil. Porque ella no tuvo para ninguna un recuerdo ni una mirada siquiera... ¡Fueron iodos para el amado, que al fin se presentaba ante sus ojos! nromo PALOMERO.