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BATALLA DE RANAS p o r lo visto, las cosas de los animales qUe se cuentan en las fá bulas deben de ser históricas y no fantásticas, porque, á lo mejor, nos sorprende el relato de algo parecido y no podemos ponerlo en duda. Hace poco contaba un periódico japonés de los más importantes cierto suceso verdaderamente extraordinario, ocurrido en un lugar llamado Hanna Kujama, que está en el barrio Mikawashima ¡qué nombres tan dificultosos! uno de los arrabales de Tokio. En dicho lugar hay una charca bastante espaciosa, final de tin arroyuelo que viene de muy lejos. Y un día vieron con el natural asombro los vecinos llegar allí unas dos mil ranas nada menos que llegaban croando. Al poco tiempo, las recién llegadas se dividieron en dos bandos, que se colocaron el uno frente al otro, sin dejar de croar, seguramente en son de guerra; pues aunque aún no se ha descifrado el lenguaje de las ranas, puede suponerse que aquel era un himno de combate, puesto que los dos bandos se acometieron en seguida con una furia terrible, con ver. dadero encarnizamiento... ¡Lo mismo que los hombres! Aquello fué una batalla en toda regla, que no llamaremos campal, sino charcal, porque se libró en una charca. Duró muy cerca de una hora, y, cuando se terminó, las belicosas ranas volvieron á marcharse por donde habían venido, dejando immerosos muertos sobre la charca de combate. El suceso ha producido terrible impresión entre los vecinos, y, sobre todo, entre los viejos, que son m u y supersticiosos y creen que esa batalla es el anuncio de grandes catástrofes que se avecinan. -361 PASTA D E ALBARICOQUES C aliemos algunas recetas para hacer golosinas, y vamos á publicarlas aqui de vez en cuando para que las pequeñas lectoras de GENTE MENUDA las utilicen. Este será para ellas un buen entretenimiento, que las permitirá, además, convidar á sus hermanitos y á sus amiguitas. Hoy vamos á decirlas cómo se prepara la pasta de albaricoques para hacer caramelos que saben muy ricamente. Tomad medio kilo de albaricoq ues bien maduros, pero que no estén pachuchos, y quitadles la piel con mucho cuidadito. Para esto es preferible usar un cuchillo de plata, porque los de hierro dan m. al gusto á la fruta. Quitadles también el hueso con cuidado, y partidlos después en pedacitos muy menudos. Pesad luego estos pedacitos y una cantidad de azúcar igual, y echad ambas cosas en una cacerola que pondréis á un fuego moderado, añadiendo antes á la mezcla dos cucharadas, de las de sopa, de agua. Removedlo todo con una cuchara de madera, hasta que quede bien consistente. Luego se coloca un papel blanco sobre la mesa y en él se vierte la mezcla de la cacerola, que se extiende en seguida con un rodillo bi eh limpio ó, en su defecto, con una botella lisa, hasta foriiiar una capa de un centímetro de espesor que se deja enfriar. Cuando está bien seca, se la espolvorea con azúcar, y con el mismo cuchillo que sirvió para partir los albaricoques se va partiendo en trocitos largos, cuadrados 6 como se quiera, ¡á gusto del consumidor... Y hasta pueden envolverse en unos papelitos, como hacen en las confiterías. Ya veis que la receta no puede ser más sencilla Conque, ¡ánimo. A utilizarla en seguida, y ya verán lo bien que resultan los caramelos de pasta de albaricoques. -aeo.