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o su luja se vieac Miivriua ac lir ii. lueKüs con otros niñoS. Narciso, bondaüoso por naturaleza, de caracier áulce y flexible, sometía voluntarianiente á los caprichos de Mirtila. Unas vees, andando á gatas, se prestaba á servirla de caballo, paseándola cntada sobre su espalda; otras, trepaba á los árboles para coger ceezas y tirárselas desde lo más alto, con 16 cual ella se reia abriendo na boca capaz de albergar un melocotón. A medida que la niña crecía, su fealdad se acentuaba de tal malera, que el príncipe prohibió terminantemente que saliera del arque, y para que nadie la viese, lo rodeó de una tapia altísima que le lejos parecía la muralla de una fortaleza. Todos en palacio esaban tristes; nadie se atrevía á consolar á los padres de Mirtila, os cuales- en el colmo de la desesperación, llegaron á ofrecer al Tolopoderoso sus vidas para librar á la princesita de la maléfica in- iluenciadel hada. Una tarde que, como de costumbre, jugaban los niños en el jardín, corriendo fueron á parar cerca de un estanque de cristalinas y verdosas aguas. Mirtila se sentó sobre la balaustrada é inclinó la cabeza para ver unos pececillps rojos que, saltando, se asomaban á la superficie y volvían instantáneamente á sumergirse. De pronto (lió un grito agudísimo y se cubrió la cara con ambas manos. Narciso, asustado, la interrogó mil veces, tratando en vano de comprender la causa de su terror; pero impresionado viéndola temblar, á la vez que de su pecho oprimido se escapaban profundos sollozos, se arrodilló á su lado, y, colmándola de caricias, la dijo: -Cuéntame, princesita mía, todas tus; n a s y confía en mi cariño. Te quiero tanto, que por hacerte feliz sacrificaré con gusto cuanto poseo. Una voz aguda y destemplada gr itó á su oído: -i Pobre de ti si tal cosa hicieras 1 Narciso se volvió airado y vio un ratoncito que se escondía entre un macizo de flores. Mirtila, que sólo había oído las palabras de sú amigo y compañero de juegos, levantó su monstruosa cabeza, y, mirándole con sus ojillos torcidos, repuso: -í Qué bueno eres 1; no dudo de tu afecto; pero tú nada puedes hacer para remediar mi desgracia. Hasta hoy era feliz porque la ignoraba; ahora ya no tiene remedio mi desventura; esas aguas cristalinas han reflejado mi horrible cabeza, y en un segundo me he dado la clave de todo lo que yo juzgaba rarezas de mis padres. Comprendo su tristeza y el obstinado empeño de prohibirme que salga del parque. ¡Cuánto deben sufrir! -No lo creas, Mirtila; el agua, con sus ondulaciones, producidas por el viento, no ha reflejado tu rostro, te lo aseguro- -decía Narciso enlazando su brazo con el de la princesita para alejarla Continuará. 258 EN CAMPANA CONTINUACIÓN y jrl. v m mí ü Í T VI y fi- ií 7. Y transcurrían las horas sin escuchar el mas leve luiuor. -f 8. Y siguieroft pásímdo boiras y más hora y... naaa. 3 y 7 yf i í j C rd- y í 4 ííí! A U S í i. 9. Como el silencio da sueño, Pepínez se quedó dormido. 10. Despertando de pronto, pues pareció oír un rumor. m O w 3 j j feo iíi. w II. El rumor era sos pechoso, y cacfe vez se percibía mas. 12. Y á juzgar por las trazas, era un destacamento de Caballería. Continmará -268