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-3 NOTAS TAURINAS pero a mis compañeros para marchar. No transcurrieron muchas horas, y el Moreniíio se estaba tiroteando con las tropas carlistas. Las fuerzas que mandaba el general Espartero se unieron á los paisanos; se batieron todos con vigoroso ardor, y D. Carlos tuvo que abandonar Arganda y darse á la fuga. El general, que conocía de muchos años al MorenillO, le áió un abrazo, felicitándole por su valor y patriotismo, y juntos entraron en Arganda el general y el torero. El vecindario, horas ant es envuelto en la más negra tristeza, recobró su alegría, y una comisión se presentó al Ayuntamiento para que diera permiso y al día siguiente se pudieran correr toros, en celebración de haber entrado las tropas liberales y lósmiliciános de Madrid. Sé concedió la autorización, y al siguiente día, 13 de Septiembre, se verificó el encierro de 20 torazós para que los toreasen los mozos a: rgandeños. acercándose al balcón en que estaba el general Espartero, se quitó la gorra y dijo: -Mi general: no tengo con qué matar este toro; ¿usted me presta su espada? Fl aludido, teniendo en cuenta que la fiesta que se celebraba era más bien una fiesta patriótica que otra cosa, contestó sin vacilar: -Con mucho gusto. Y diciendo y haciendo, se la entregó. Armado ya el matador, dio pocos pases; se colocó de algo lejos, citó á recibir, y, en esta suerte, dejó la espada en el morrillo de la res, y ésta murió en medio d e ensordecedora ovación. El Morenilla- iiínpió bien el acero, y al entregar éste al bravo caudillo, se dieron ambos un fuerte apretón de manos como despedida, pues Espartero partió en busca de las huestes de D. Carlos, y Morenillo. con los demás nacionales, regresó á Madrid, dejando en Arganda el recuerdo de su hazaiia. ÁLBUM BIOGRÁFICO JOSÉ ARANA MOLINA Efitre aquellos 2 b toros había dos de muerte, y él encargado de esto- í quearlós sería- el. señor Antoltn, un vecino del pueblo que, ségün contaban, había matado muchos con arte y valentía. -Ocurrió, lo que ocurre, casi, siempre en tales- casos. Í? odos esos que se. cornprometen á realizar heroiGidadés; con los toros, cuando- liega el riiomento de poner á prueba é l valor se que- da él ofrecimiento en un buen deseo nada más. Cuando. llegó el instante de encararse con el toro, el señor Ántolín no se atrevió riiá mirarlo cara á cara. De la gente, del pueblo nó había, niiir guno que sé atreviera ni á salir á la plaza siquiera. En vista de estb, una. parte del publicó que se había percatado de la, presencia deY Morenillp, pidió, en grir to que fuera él quién diera muerte al torazo aquel, colorado y grande. El matador, accediendo á las peti- cionés del público, descendió dé. UIÍQ de los. balcones del Ayunfamiento, en el que presenciaba la fiesta. Un aplauso general saludó su presencia en la plazay y eil hombre se dispuso á dar muerte al toro, terror del señor Antolín, Dio, unos lances dé capa ceñidos, y después le colocó Lasta seis pares dé banderillas, entre ruidosos aplausos de. la concurrencia. Estas banderillas las tenía el. señor A, ntolín én su casa. Cuando llegó la hora de matar, t r o pezó el, hombre con el. inconveniente de que no tenía eoii qué. Algunos vecinos, del pueblo que pre 1 os picadores duros y vahentes no senciaban la fiesta, le proporcionaron han abundado mucho en estos úlestoques de bastón; pero con ellos no timos tiempos; pero no quiere esto se podía dar fin de un t o r o t a n grande. decir que no los haya habido, y bien podrían señalarse una docena que De pronto sé le ocurrió: una, idea, y pueden figuiar al lado de los que mejores fueron en las épocas pasadas Uno de los más guapos con los toros; uno de los que mejor sabían montar á caballo y que más pegaba.