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sas no empiezan á ser serias más que cuando uno llega á viejo. Antes de la vejez, todas las cosas son risueñas. Y ya ves: yo, viejo y todo, sigo tomando las cosas á broma y siguen pareciéndome alegres. EUGENIO. ¡Usted! Usted tiene un nombre, usted tiene una posición... DcN TEODORO. -Muy incómoda e s t o s días, como ves, por culpa del reuma... y perdona el chistecito. Pues nombre y posición y todo lo que quieras tendrás tú si te lo propones. EUGENIO. ¡Si me lo propongo! ¡Qué cosas dice usted! DON TEODORO. -Bien sencillas, hijo de mi alma. Si te lo propones, repito. EUGENIO. ¿Pero no le he dicho á usted, don Teodoro, que se me cierran todas las puertas, que desprecian mi trabajo, que parecen darme á entender que no sirvo para pintar, que ofenden mi amor propio, que parecen humillarme, qué sé yo cuántas cosas... DON TEODORO. -Pues sabe tú, hombre sombrío, que si se te cierran las puertas es porque tú no sabes abrirlas; que si desprecian tu trabajo es, sin duda, porque exigen más de ti, y que si hieren tu amor propio no es por culpa de nadie, sino de ti mismo, que tienes el amor propio muy sensible, demasiado quisquilloso. ¡Áy, qué jóvene. éstos! Hacen cuatro cosas, y ya quieren lograr los beneficios del que ha hecho mil... Noj hijo; hay que trabajar mucho, pero mucho; i no existió, existe ni existirá un solo talento improvisado! Todo es obra de la voluntad y la perseverancia. EUGENIO. -Sí, señor, todo lo que usted quiera; ¿Porque medre quien vale menos que tú vas tú á abdicar? ¿Es que el triunfo ajeno aminora el propio valer? ¿Es que la victoria de uno significa la derrota de los demás? ¿Y quién niega virtud á la suerte, al favor, á la influencia? ¿Pero es que todo se gobierna con esas tres cosas? Razo- ñas de un modo lamentable. Y añade que, tal vez, quien crees que vale menos. que tú valga más, porque acaso no sepas tu verdadera medida, y añade también que si por pararte á contemplar cómo adelanta el compañero descuidas tu camino, él llegará al fin y tú te quedarás al principio, i Qué envidiosillos sois también los artistas come tú! Os entristece el triunfo ajeno, cuando debiera alegraros porque en ello va alguna garantís, de que triunfaréis vosotros. EUGENIO. -Bien se conoce que usted no es quien lucha; que hace ya muchos años que pasó usted por ello. Ya no se acuerda usted. DON TEODORO. ¿No he de acordarme? Es de- cir, bien á: la vista lo tengo: que mientras tú llevas sin luchar, esto es, sin trabajar de firme, cuatro ó cinco años, yo llevo lucha do mucho; dime tú qué es más fácil y más halagüeño: s. luchar á los veinte años, cuando; se tiene el almj ligera, el cuerpo firme y el pensamiento risueño. ó cuando se es viejo y el alma pesa, y las fuerzas se agotan, y la cabeza está cansada de haber vivido... Pero ¿qué sabes tú de juventud, si tienes veinticinco años y un abatimiento, un pesimismo, que es la prematura vejez del espíritu? Sesenta y siete tengo yo y soy más joven que tú, porque veo la vida como debe verse: como una esperanza que extiende sus promesas ante pero cuando uno ve cómo medran otros que valen menos que uno, se le quitan las ganas de trabajar. Dice usted que voluntad y perseverancia... Sí, sí; diga usted suerte, favor, influencia... El que no cuente con un buen asidero bien puedeecharse á morir. DON TEODORO. Querido Eugenio, eres un hombre perfectamente vulgar en tu filosofía. todos los ojos y estimula nuestra fe y nuestro entusiasmo para su conquista. Sin este calor, sin esta ilusión, sin este optimismo por la labor y por la vida, ¿crees tú que valdría la pena de vivirla? Antes que fuera, debemos buscar en nosotros mismos la razón de nuestro amor y nuestro entusiasmo. Y si en nuestro interior no la encontramo. s y disfrutamos, es que no somos dignos de la vida. J. ORTIZ DE PINEDO. Dibujos de Regidor.