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E L MERCADO DE LAS FLORES EN PARÍS I J ACE poco tiempo se ha vuelto á hablar entre nosotros de una idea antigua, que, por lo hermosa, deb e r i a realizarse: la de construir en M a d r i d un mercado de flores. Siempre que se trata de este asunto recordamos los mercados análogos q u e existen en extranjeras tierras, y, sobre todo, el de París, que es de los más característicos. E s t á más allá del Sena, cerca del Pont i euf, y allí acuden parisienses y turistas á comprar 1 a s flores y plantas que desean, seguros de realizar sus propósitos. Las vendedoras, con sus sombreros de papel para resguardarse de los rayos solares, o f r e c e n la rr. ercancía, que, á decir verdad, despachan sin esforzarse mucho, puc- va es sabido q u e en Escogiendo plantas de salón- 2 IrJ Jn trn pnesto de rosas. Fots. James. Francia hay el culto á la flor como hay el culto al pájaro. Un detalle, verdaderamente curioso, es la falta de olor, de aroma, cosa chocante e n un mercado de flores. n canibio, la vista se recrea con el primoroso arreglo de los pues tos, con el arte de 1; confección del merca do. L a m á s humilde flor silvestre se l u c e junto á la aristocrática camelia; los encendidos claveles alternan c o n las rosas pálidas, y las plantas de salón se herm a n a n con las del camoo. i Qué hermoso mercado liodríamos disfrutar los madrileños, teniendo vergeles c o m o Valencia que se apresurarían á- engalan a r los puestos!