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de dos años una novia encantadora que me quiso como no me ha querido ni espero que me querrá mujer alguna... Vivía en una calle de los barrios bajos, una calle sinuosa y pina, llena de comadres parlanchínas y de chiquillos enredadores; una calle familiar, más semejante á calle de pueblo que á calle de gran población. Allí iba yo todas las tardes á charlar durante dos horas con mi adorable: Sagrario en la reja del piso bajo donde habitaba, Sagrario era esbelta, morena, buena moza, de negros y profundos ojos, con una gran elegancia, unida á una gran sencillez en el vestir. Yo la que- ría en verdad y todavía no me explico cómo la abandoné tan insensatamente. ¡Qué deliciosas ma- ñañas de domingo he pasado con ella en el Retiro! ¡Qué hermosos paseos por el portillo de Gilimón, por el camino de San Isidro, por el paseó de las: Delicias, en tardes de primavera... Y de pronto, al terminar la carrera, comencé á llevar á repeso; aquellas relaciones, á comprender que yo me merecía otra cosa mejor. Sagrario era una muchacha pobr, e, de la más modesta clase media, de la que pasa las de Caín para vestir decorosamente y em- l palma más bien con el pueblo que con la hurgue- sía empingorotada por su método de vida. Desva- necido por mis triunfos universitarios, corriencé á. aspirar á una rica heredera. Y una tarde, una tarde espléndida de primavera, como. hoy, por esta época precisamente me despedí- de Sagrario hasta, el día siguiente... Y alevosamente, como un criminal feroz, monté en un tren obscuro y rechinante, sórdido y horrible, como éste que hoy nos conduce, y me marché hacia el Norte con unos parientes... Nunca después he gozado de una hora feliz. El remordimiento ha ido siempre á la grupa de mi caballo... Porque hay una frase de Sagrario que recuerdo con precisión y que nunca se me ha borrado de la memoria; una. frase que me repetía en los días en que desconfiajpa de mí: Mira, Ra- món, si tú- me olvidas y me dejas algún día, yo, para librarme de ser una mujer perdida, me entregaré al primero que me pretenda con fines matrimoniales á un hombre de más edad que yo, á un viejo, aunque me repugne, aunque lo aborrezca... Porque esa es la única manera de salvarme de la deshonra... Pero ten por seguro, Ramonín, que yo después de ti no querré á nadie... A nadie. ¡A nadie... ¿Comprende usted ahora. lo inicuo de mi abandono? Yo sabía positivamente que esa mujer ya nO sería feliz con nadie, que se casaría con el primero que viniese, con cualquiera, por resignación, y que, si volvía yo á encontrarla, ella caería en el escollo del adulterio por haberse librado antes del escollo de la deshonra... ¿No comprende usted que yo tengo envenenada la existencia, pensando quién habrá sido el desdichado que se casó con Sagrario después que la abandoné tan malvadamente? Porque no he vuefEo á saber más de ella... Calló el que hablaba. La lucecilla de la lámpara oscilaba siniestramente. De pronto, el más anciano, intensamente pálido, interrogó: -i Su novia d e usted s e llamaba Sagrario Rivera? -Eso es. Sagrario Rivera; exactamente. ¿Vivía, dice usted, en los barrios bajos, cerca de la plaza de Lavapiés... -ajusto. Esto fué hacia el año 1895? -Precisamente; del 93 al 95 duraron nuestras relaciones... -i Y se acuerda usted mucho de ella... -Sí, sí; me acuerdo mucho de aquella niña cursi á quien hice el amor una temporada- -dijo, queriendo aparentar despreocupación, él más joven. -Diga más bien: aquella mujer á quien hizo usted desgraciada para toda la vida... El tren se detuvo en la estación de Venta de Baños y los viajeros separáronse, estrechándos: las manos con emoción. ANDRÉS GONZÁLEZ- BLANCO. Dibujo de Mén ez Bringa. -4 5 6 7 y-