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la llanura inmensa y uniforme. L l a n u r a aún m á s opresora de las alm. as en la paz poética de la noche. Habían entablado conversación los dos viajeros; esa conversación de dos desconocidos que se encuentran solos en u n departamento de ferrocarril, conversación que suele empezar por vulgaridades, por apreciaciones indolentes acerca de la temperatura 6 de la lentitud de los trenes españoles y acata; con no poca frecuencia en cordial efusión de amistad íntima, más propia de quienes se conocen tod la vida que de quienes se tratan por unas horas y no se vuelven á ver quizá... i- ronto, como ocurre siempre, la conversación, abandonando la bagatela, pasó al terreno de la intimidad. L a semiobscuridad del vagón parecía convidar á las confidencias. U n o s tragos de M a ric Brizard que llevaba el más anciano de los viajeros entre las provisiones de viaje, remacharon el clavo. El más joven de los compañeros comenzó á tararear aquello do Los Puritanos: L a dolce memoria de u n tenero a m o r e Se apoyaba en la dulzona melodía como en una blanda almohada que le hiciese dormir. El tren salvaba puentes y túneles con una velocidad rutinaria de bestia amaestrada que sabe cuánto hay que correr para dejar contento al a m o E n la soledad y en la penumbra del vagón, más tiernas é insinuantes sonaban las estrofas italianas L a dolce memoria de un tenero a m o r e Entonces, el que estaba frente á él, que era hombre ya más entrado en años, de rostro curtido, y bronceado interrumpió e 1 t a r a r e o preguntándole -Q u é ¿Se siente usted romántico á estas horas... -Sí, en v e r d a d no sé qué me pasa cuando voy de viaje, que siempre m e pongo ridiculamente sentimental. -E l sentimentalismo nunca es ridiculo. -Cuando es extemporáneo, sí. -P e r o ahora no lo es, puesto que vamos solos y á mí no me molesta conocer los escondrijos del corazón humano y ver al hombre cuando se muestra espontáneamente, con el alma al desnudo, sin la traba del convencionalismo social... Callaron breves momentos. U n tufo de carbón mineral entraba por la ventanilla, que iba abierta, como que era tibia noche de primavera. El sudor arroyaba las urentes de los viajeros. Apenas se respiraba en el estrecho recinto del vagón, á pesar de la escasa afluencia de gente. O t r a vez se oyó la voz delgada y flébil del viaj e r o más joven, c a n t u r r e a n d o L a dolce memoria. de un tenero a m o r e -Vamos, desembuche usted, hombre- -dijo el viajero más viejo. -A usted le pasa hoy algo... No puede usted negarlo... -N o es hoy, a m i g o es siempre que viajo de noche. De día nunca me ocurre eso... Pero es que un viaje de noche me recuerda siempre que á favor de las sombras nocturnas realicé la acción canallesca que mancha mi vida... El compañero se echó atrás instintivamente, con esa repulsión inmediata que produce la percepción del peligro. Ese salto hacia atrás es la natural actitud siempre que nos encontramos ante un criminal nato ó cuando nos amaga la lectura de un drama de autor inédito. Tartamudeando, el más viejo preguntó al más joven: ¿S e puede saber en qué consistió esa acción que usted ha calificado tan duramente? -E n el abandono de una mujer, que es la acción más malvada que puede cometer un hombre... ¡Oh, usted exagera! -repuso, ya tranquilizado, el compañero. -N o exagero, no. L a gente se preocupa poco de estos delitos de amor, que quedan impunes y escondidos en el pecho. Y yo creo, no obstante, que son los más graves de todos los delitos, porque desgarran una vida en vez de desgarrar unas entrañas... Además, ¿concibe usted mayor insensatez que rechazar voluntariamente la felicidad cuando se nos viene á las manos? ¡Como si fueran tantas las ocasiones que tenemos de atraparla entre nuestros dedos á v i d o s El compañero más viejo miró al compañero más joven. Sus ojos refulgían como los de un ilum i n a d o bajo el mortecino claror de la lámpara advertíase la contracción de sus cejas y el gesto convulsivo de los músculos de su rostro. E r a rubio, de correctas facciones y azules ojos. Llevaba el bigote muy encrespado. N o debía de ser galán de malas fortunas entre las damas. El tren se detuvo en una estación solitaria dormida en medio del campo. Dos faroles ilumi naban el mezquino andén. Una campanilla retínquejumbrosa en el silencio enorme del campo, u silencio trágico, de país despoblado. -Prosiga usted su narración- -dijo el más vic jo, -que el exordio me deleita sobremanera. -P u e s mire usted. E n pocas palabras dicho, y (he sido un canalla con cierta mujer que me quis (mucho. L a he repudiado sin deshonrarla, lo cua es más injustificado y más estúpido, porque es un; crueldad en su grado máximo, una crueldad de la: inútiles... Cuando yo cursaba la carrera de Leyc: en Madrid, antes de hundirme en este rincón de desierto castellano, donde ejerzo las funciones djuez municipal, ¡buen juez os dé Dios, cuando debiera ser reo de muerte moral! tuve por espacie