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Sabiendo el hada dci luíil yuc la pena luayor para una mujer bonita es perder su belleza, juró destruir los encantos físicos de Mirtila. Sus padres, temerosos de que la bruja cumpliese su juramento, pusieron un centinela á la puerta del cuarto de la princesa y rodearon su cuna de fieles servidores, que en caso de un ataque imprevisto supiesen defenderla. Mientras la niña dormía, se paseaban dos de sus guardianes, y los otros cuatro, sentados á ambos lados de la cama, la contemplaban. Una noche de Agosto, en que el calor era sofocante, se decidieron a abrir un balcón de la regia estancia confiando en que nadie podría introducirse porque estaba provisto de gruesa reja, -Con el viento fresco, impregnado del ironía que exhalaban las flores del parque, se durmieron los que rodeaban la cama de la princesa, y cuando los dos que hacían la guardia da pie se acercaron al lecho, no pudieron reprimir un grito de espanto: la princesa estaba convertida en un ser monstruoso. No podían explicarse cómo el liádcj había cumplido su juramento; en el cuarto no había entrado nadie, y, sin embargo, oyeron una carcajada que salía de los pHegues de utia cortina, y vieron un ratón horriblemente feo que los miraba con gesto insolente. Cuando los padres de la princesa supieron lo ocurrido, lloraron sin consuelo coniprendiendo que ante un hada que tenía el poder de convertirse en ratón no había defensa posible; sin embargo, como ia esperanza es lo último que se pierde, convocaron á todos los sabios del reino pai a pedirles que estudiasen el medio de deshacer el conjuro. Todos reconocieron á la niña, y convinieron en que su fealdad era de las que no tienen arreglo; sólo un viejo astrónomo reservó su opinión y se retiró á su observatorio para consultar el caso con las estrellas. Al día siguiente se presentó satisfecho, asegurando á los atribulados príncipes que Mirtila volvería á recuperar su belleza si se encontraba un niño que fuese capaz de sacrificar todos sus juguetes y cuanto poseyera por salvar la vida de la princesa. El medio encontrado por el anciano astrónomo era tan difícil de llevar á la práctica, que lo juzgaron imposible, y, naturalmente, la pena de la princesa cada día era mayor. La niña crecía, era bondadosa, inteligente; pero de una fealdad que á sus padres horrorizaba. Tenía unas orejas colosales, los ojos torcidos, la nariz chiquita y respingada y la boca como una caverna inmensa. Sus servidores, sin poderse dominar, cerraban los ojos al hablarla, y los niños que llevaban para que jugasen con ella huían espantados. Sólo Nar- ci. se compadecía de sus desventuras, y todas las tardes pedía permiso para ver á la princesa. Al principio Continuará. -260- EN CAMPAÑA I. El general sabe, por una confidencia, que se acerca el enemigo, 2. Y da á su ayudante las óreles nes oportunas. 3. Ante la gravedad del caso, se organizan los retenes nocturnos. 4. Y cada uno de ellos destaca sus escuchas. 5. Por lo cual, el pobre Pepínez se quedó solo en la sombra. 6. Disponiéndose á cumplir heroicamente su misión... Continuará. -266-