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mmi En- íEKsmn PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS MIÉHCOLES i6 DE JULIO A pesar de los múltiples esl uerzos que desde cl principio, de verano vienen haciendo los dos bandos que constantemente están en abierta y franca oposición, ninguno ha conseguido el ansiado triunfo. Las que forman cl que pudiéramos llamar de amplitud, exagerando la nota de írtnices y volantes, caen en una nota de mal gusto, y las otras, cada dia más entusiastas de lo estrecho, caen en algo peor, y van acentuando lo que califican de moda actual, y que, en realidad, no es más que moda suya, hasta el extremo de que su presencia evante murmullos de desaprobación. Pero como iempre, el triunfo es de las que inspirándose en 1 arte correcto, después de varias tentativas para resucitar e 1 estilo Renacimiento, amalgamado irrespetuosamente con el modeni style, de colorido desapacible, han venido á decidir la proclamación de un vestido propio, que no se parece á los vestidos horribles del 95 ni á las modas deplorables que con tanto entusiasmo y perseverancia han adoptado algunas señoras. Se puede decir que ha sido un verdadero acierto extraordinariamente seductor; algo así como la rehabilitación de la elegancia tradicional, patrimonio exclusivo de la mujer artista. Los grandes sombreros proyectando una sombra discreta; el vestido, flexible y amplio, envolviendo la silhonette esbelta, y sobre los hombros, los pliegues flotantes de una echarpe que recuerde los chales griegos. Indudablemente, la gloria pertenece al grupo dei elegantes que se han unido para pelear contra la invasión de lo incorrecto y feo á un mismo tiempo pero no debemos negar que los modistos, que interpretan y ejecutan lo que, se presenta en boceto, son realmente genios artísticos. Hasta ahora, el resultado es inmejorable; pues si bien es cierto que vemos siluetas horribles, en cambio disfrutamos contemplando otras ideales, que son verdaderos poemas de elegancia. No crean ustedes, simpáticas lectoras, que es m a b r o m i t a parisiense; lo que voy á decir es verdad: las pieles de verano se han hecho indispensables. El armuio ha sido el elegido para esta época del a ñ o sin duda, su suavidad y blancura inmaculada se presta á completar una toilette estival. Como justificación, alegan en su favor que en esta época del año, en cpe el termómetro marca temperaturas asfixiantes, de pronto se levanta un viento sutil que sorprende á las señoras sin defenía, cubiertas de gasas y encajes, por lo cual se impone la necesidad de llevar al brazo una piel, en previsión de ese cambio brusco de temperatura, que no suele favorecernos con su benéfica y consoladora presencia. L a gran echarpe de armiño doble, mouchetée de un solo lado, con la cual se debe una envolver para evitar un catarro, es todO lo que se puede desear de más confortable y elegante. Su precio, elevadísimo, ha hecho de esta piel un adorno de exquisito gusto, destinado á unas cuantas señoras de las que pueden satisfacer esta clase de capriclios. P a r a substituir al armiño y no privarse del gusto de llevar algo de abrigo al brazo, se ucde adoptar sin temor, porque figura en la linca de lo elegante, la echarpe de terciopelo del níismo color del vestido, forrada de libert blanco, sin adorno de ningún género. P a r a su confección son necesarios dos metros cincuenta centímetros de terciopelo, bastante ancho y muy flexible. Cuando el vestido sea rayado, puede elegirse el terciopelo del tono más obscuro ó negro. ¡Animo, amigas mías, para soportar el calor heroicamente entre pieles ó terciopelos! La modg lo exige y hay que someterse á sus caprichos. CONDESA D ARMONVILLE. RREGLAR AA N T I G U O S LOS V E S T I D O S ES UN ARTE. ace algún tiempo oí decir: L a a g u j a es el ce tro de la mujer. Me pareció una idea perfectamente de acuerdo con mi modo de p e n s a r pero se me ocurrió lo Cjue hasta entonces no había cruzado por mi imaginación: estudiar detenidamente á la que con cierta superioridad pronunció la sentencia. La aguja es nuestro cetro, pero no como la utiliza aquella simpática señora; la aguja que sólo sirve para hacer bordados y primores, sin otro objeto que el de amenguar el aburrimiento de la quf no tiene nada en que ocupar su tiempo, puede sei considerada en la categoría de las distracciones, y entre éstas es inferior á los pinceles, á cualquiei instrumento de música ó á un buen libro, porque lo que produce es de menos mérito cjue la pintura y no sirve para elevar el alma é inspirar sentimientos subhmes, como la música ó la lectura (escogida, por supuesto) E n manos de la obrera es un cetro de incomparable valor, que representa á un mismo tiempo exceso de fatiga, noches de insomnio, risas y caricias del niño, que tiene pan siempre que lo pide, y lágrimas de gratitud del ancianito, que, postrado por el peso de los años, sufriría todo género de privaciones si la obrera no le procurase lo necesario con su aguja. También puede ser cetro de piedras preciosas cuando se emplee en coser p a r a los pobres entonces, cada puntada representa un diamante, si la mano que lleva la aguja se mueve á impulso de la verdadera caridad. Pero dejando á un lado comparaciones y calificativos de tan alto vuelo, podemos afirmar que la aguja- es indispensable compañera de la mujer,