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Pero, de pronto, D. Pablo Murviedo dejó de presentar su obra á los directores, de compañías. No volvió á hablar más de ella y le dolía como un insulto Que se la recordasen. Pasaban los años. Se iba haciendo viejo. La escalda se encorvaba, las manos le temblaban algo al coger la taza del café y la pluma de la oficina. Incapacitado para crear una familia, por lo exiguo de su sueldo en el Gobierno civil, esperaba la muerte resignado y solo, sin la inquietud de que nadie le llorase... III diariamente noticias del drama, desenterraban anécdotas referentes al autor y á su calvario... Murviedo recibía felicitaciones... El Cronista de la ciudad, los diputados provinciales, los concejales, alguno que otro canónigo le detenían en la calle para saludarle y pedirle noticias acerca de los ensayos... Su jefe, el excelentísimo señor gobernador civil, le llamó á su despacho y en presencia de todo el personal le rogó que contase el argumento del drama. Se esperaba un gran éxito. Toledo hablaba de los enormes teatros de América, donde se haría muchas noches; del estreno en Madrid la temporada próxima... La mañana siguiente al debut de la cmpañia HeMurviedo saboreaba todas las tardes un placer, casi rrera- Toledo estaba lavándose D. Pablo para ir á doloroso de tan penetrante, oyendo sus palabras en la oficina, cuando le sorprendió la visita de D. Acis- labios de María Herrera y de Fernando Toledo... clo Vega, catedrático de Retórica y Poética en el Llegó el día del ensayo general. Fué á puertas ceInstituto y amigo suyo desde la edad de las pedreas, rradas, pero lograron asistir á él no pocos periodislos trompos y los primeros cigarrillos. tas y personalidades de la capital. Hubo un ruidoso Entró sin quitarse el sombrero y, prescindiendo de entusiasmo. D. Acisclo se limpiaba las lágrimas emoinquirir el estado de salud de Murviedo, dijo: cionado... -i Vengo á darte un notición! Por la noche, todos los periódicos anunciaron el esDon Pablo se volvió hacia su amigo, asomando un treno, con grandes elogios al autor, á los intérpretes ojo por entre la toalla con que se secaba el rostro. y á la obra... ¿No lo adivinas? IV- -Si no me dices más... Pero... -He hablado anoche con Toledo, el actor, y hoy á La misma noche, durante un entreacto, Murviedo las tres nos espera para que le leas el draína. El ojo de D. Pablo desapareció detrás de la toalla, entró en el cuarto del primer actor y cerró por dentro. Toledo le recibió sonriendo. Se restregó con furia, resopló y no dijo nada. -Muy pálido estamos. L a emoción, ¿eh? Don Acisclo se cruzó de brazos. Don Pablo iba lívido. Los ojos le fulguraban de un -Bueno, ¿qué dices? Al aparecer el rostro de Murviedo libre de la modo extraño. -Don Fernando, vengo á retirar mi obra. toalla, estaba encendido por los restregones ó por la- ¿Qué dice usted... emoción. -Que vengo á retirar mi obra. ¿Qué quieres que diga? Ya sabes que no me- ¿Se ha vuelto usted loco... gusta hablar de ello. -Desgraciadamente, ilo... No quiero que se es- -Ta... ta... ta... Ahora no se trata de uno de. tantos comícuchos que no rebuznan porque el apun- trene ese drama. -Pero ¿por qué? ¡Si va á ser un éxito enorme! tador no les deja... Fernando de Toledo es un actor inteligente y... -Precisamente. La gloria llegaría demasiado tarde. -De todos modos, Acisclo, de todos modos. No Me encuentra viejo, agotado, incapaz, no ya, de hacer una obra semejante á esa, sino del más trifial juguete hablemos más de ello, te lo ruego. Pero Vega insistió; Confiaba desde hacia treinta cómico... Vendría para mí el dolor vergonzoso de los fracasos. Me harían pagar cara esta victoria... Todo y ocho años en el éxito de Al otro lado. Sabía que el teatro moderno iba por allí por los mismos cauces el mundo tendría derecho á vengarse de este triunfo que presintió Murviedo en plena época romántica... único, y en lugar de una vejez tranquila, obscura, olvidada de todo y de todos... Y tanto habló, que logró convencer á su amigo. Aquella misma tarde, á las tres en punto, se diriToledo le interrumpió bruscamente: gieron al teatro Principal. -i Pero eso es una locura! Fernando de Toledo les esperaba y escuchó atenta- -No 3 una locura, créame usted. La gloria es mente la lectura del drama por D. Acisclo. Murviedo como el amor; es el más terrible, el más inconstante empezó á leer el primer acto; pero le temblaba de de los amores, y únicamente la juventud tiene derecho tal modo la voz, le bailaban tan diabólicamente las á sujetarla... Mis manos ya son débiles y no sabrían, letras ante los ojos, que tuvo que desistir. no podrían retenerla mucho tiempo... Cuando terminó la lectura, Toledo le dio la enhoNo hubo medio de convencerle. Con asombro de rabuena entusiasmado; le habló del teatro contem- todos, tristeza de pocos y alegría de muchos, la obra poráneo de Braceo, de Pinero, de Bataille, de Porto no se estrenó. Riche, de Suderman, nombres desconocidos para el Nadie supo comprender la infinita amargura, la bueno de Murviedo. Finalmente, y como D. Pablo melancólica resignación que había en aquella renuntenía previamente copiados los dos ejemplares y los cia; y D. Pablo Murviedo tornó á su vida monótona papeles de la obra, señaló la lectura á la compañía y vulgar y á sus paseos cotidianos cuando salía del para el día siguiente. Gobierno civil y atravesaba la ancha plaza del Conde Los días siguientes á aquel inolvidable transcu- Ramiro para buscar la calle de la Rúa, que conducía rrieron como un sueño. Los periódicos locales daban al campo... JÓSE F R A N C É S Dibuja de Méndez Bring? 4 5 6 7 8-