Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
dosos y el Círculo Kepuwicano. Calles donde al morir el día se formaba el paseo algo picaro y plebeyo de modistas, estudiantes y obreros de la fábrica de armas. Bajo los soportales de la plaza Mayor iban y venían, durante las mismas plácidas horas del crepúsculo, los canónigos de la Catedral y los catedráticos de la Universidad, buenos amigos á pesar de sus criterios tan opuestos. Más lejos, en la Avenida de los Alamos, las muchachas de la clase media, acompañadas del novio y seguidas de la mamá. Gratos y suaves momentos de paz en la ciudad vieja. Se olvidaban las oficinas, las aulas, los talleres, y, á costa de bien poco, los espíritus compraban un poquito de ensueño y de honesto deleite. Don Pablo Murviedo seguía tranquilamente la calle de la Rúa, los brazos á la espalda, sujetando con ambas manos el bastón, cuando atrajeron por tercera vez sus miradas unos carteles rojos. Ya los había entrevisto en los mismos muros del Gobierno civil y en un tapial de la plaza del Conde, sin concederles importancia. Pero esta vez le picó algo más la curiosidad y, ajustándose bien los lentes, que siempre llevaba muy en lo bajo de la nariz para mirar por encima de los cristales, leyó: T E A T R O P R I N C I P A L (TEMPORADA DE PRIMAVERA) COMPAÑÍA H E R R E R A- T O L E D O DEBUT, CON LA COMEDIA DE C LDERON DE LA BARCA T A M B I É N HAY D U E L O EN LAS D A M A S Don Pablo quedó un rato suspenso. Era la primera noticia que tenía de semejante novedad. Ni lo había leído en periódicos ni lo oyó en conversaciones particulares. Y, sin embargo, el caso merecía la pena de comentarse. Era la primera vez que á la vieja ciudad asturiana llegaban los ilustres actores: aquella María Herrera y Fernando de Toledo que ennoblecían el teatro español, desde las obras clásicas, donde el habla castellana centelleaba como espadas y como joyas, hasta las comedias andaluzas; desde las tragedias románticas á los dramas, tan humanos, de Benavente. Luego, ya fuera de la ciudad, en la paz serena del véspero, recordó estrofas de la comedia También hay duelo en las damas: ¿El cristal cuya corriente hizo trastes de esmeralda aquella guija, aquel césped, dexa de correr sonoro porque continuado lleve un mismo acento... Era el campo una sutil gradación de verdes, cortada bruscamente por la cárdena sombra del monte frontero. Terso y horro de nubes, el cielo descendía sobre las siluetas de los altos y lejanos castaños. Ascendían rectos en el aire dormido los humos de hogar. Chirriaban las carretas, y una voz de hombre oculta, recia y dulce á un tiempo mismo, cantaba una tonada campesina. Murviedo inclinó la cabeza sobre el pecho, sintiéndole oprimido por una casi olvidada amargura sentimental. II Don Pablo Murviedo hubo un tiempo en que soñó con la gloria. Fué hacía muchos años, en la edad juvenil que toda empresa, por audaz que sea, parece fácil y asequible; edad ciega ante las locuras y los instintos. El había escrito y publicado algunos artículos en los periódicos de la región, y la voz de sirena que tiene Madrid para los literatos provincianos le atrajo. Como á tantos otros, Madrid k sonrió primero, jugó con él después y, por último, maltrecho, desencantado, lo devolvió á su tierra natal. Murviedo tenía entonces veinte años, ochenta y cinco pesetas al mes que le enviaba su familia, y un drama. Sus veinte años se hicieron veinticinco, veintiséis, treinta; las ochenta y cinco pesetas se acabaron bruscamente un mes con la muerte del padre; y el drama no llegó á estrenarse. Murviedo conoció los interminables días de esperanza, las noches sin sueño... Sufrió todas las humillaciones, padeció todas las amarguras, soportó todas las groserías de empresarios, cómicos, apuntadores y empleados de contaduría. Alguien se dignó leer su drama y se escandalizó. ómo? ¿Aquel mocoso pretendía hacer un teatro humano, lógico, donde la vida no se retorcía ni gritaba en verso y donde no se moría nadie por el veneno, la estocada ó la calumnia? Era un absurdo pretender semejante cosa. Alguien le aconsejó que visitara á los autores influyentes. Tal vez le protegiesen. Pero Murviedo no se atrevió. Uu ciclón romántico asolaba los escenarios. Y en su drama todo era humilde, sencillo, sin gritos ni décimas al pie de ventanales góticos las noches de luna... Ni siquiera el título podía hermanarse con aquellos furibundos y espeluznantes ó los otros parcos, de un simple nombre personal. Se titulalsa Al otro lado, y más de un traspunte y de un fúnebre actor cómico pretendió hacer chistes á costa de tan estrafalario modo de rotular obras de teatro. Hubo de volver á su pueblo y allí le esperó la malevolencia, la envidia, disfrazadas de compasiva solicitud. La provincia no perdona nunca á los ilusos que salen en busca de la alabanza ajena y vuelven derrotados y vencidos. En cambio, á los que se resignan á la reducida celebridad de sus paisanos, los colma de cariños y de respeto; les concede la flor natural en sus Juegos florales, lo nombran cronista de la ciudad y lo enseñan al forastero como un reloj de fanal que no sirve para señalar el tiempo, pero que es recuerdo de familia. Aquella lucha encarnizada, rabiosa, de Madrid, se repitió en la vieja ciudad asturiana, pero más humillante, más despectiva... Los grandes poetas, los ilustres críticos que en Madrid no conocía nadie, tuvieron para él más aspereza y más cruel desprecio que sus homogéneos de la corte. Alguno llegó á decirle: -No te canses, neñu... Tú yes un iluso. No sabes una palabra d estas cosas. Acuérdate de lo que decía yo en mi flor natural del año pasado: No cante la lira los dulces acentos de vulgar matrimonio; ruja, como rugen los cuatro elementos do el arte es su gran patrimonio. Murviedo tenía que sonreír é inclinar la cabeza... Sin embargo, no desmayaba del todo y á cada nuevo actor de compañía de verso que iba á representar comedias y dramas en cualesquiera de los dos teatros de la ciudad, le proponía la lectura de su drama. Al principio, alguno le atendió y, aunque la obra le parecía detestable, se dispuso á estrenarla, confiando en las entradas que aquello podía proporcionarle. Pero no faltó quien interviniese, en nombre de la sensatez y del buen juicio. Pablo Murviedo era un chinado, un infeliz que no le hacía caso nadie... No llevaría seis personas al teatro la noche del estreno... Ya entre los cómicos, cuando preparaban una excursión, hablaban del drama de Murviedo como de d g o muy pintoresco y regocijado y se prevenían mutuamente contra el peligro. -Ten cuidado. Allí hay un tío loco que tiene un drama... ¿Ah, sí? ¿Y es bonito? ¡Ca, hombre! ¡Si no lo ha leído nadie...