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Vi. desapareHei d; iesárboles del bosque, sf tu- éi, i H VÍ u nei: gi: la cabeza y volvió á salir con el saco entre g jentps; yq s? i Í 9 quité, y corriendo me escondí en el establo; allí, guya e qup n dieiBie vería, lo desaté, y no te puiedes figurar la alegría que áentí al encoíitrarlos vivos. 1 os sequé, poEque los pobrecitos eiritjlab ii e frío, y los escondí entre la paja; León movía la cola cotilo t (n Ipfp, y Zapaquílda, que estaba echada con sus- gatitos, se fué, al paréper, indiferente á todo; pero no era así, porque el pob. re animal debip comprender lo que pasaba y se marchó á busca? á- Chispa. He sentido más que no estuvieses tú aquí. Mira, parecía una persona; llq- raba, ladraba y daba vueltas alrededor de sus cachofíitQs; luegp mía í s patas á León, y á mí rhe tiraba del vestido. -Vamos á verlos- -interrumpió Carlos. El que hubiera podido seguir á los niños hubiese contemplado. W R cuadro verdaderamente origina: l. Sobre un montón de paja, formando un solo grupo, estaban los tres gatos y los tres perros, dormidos y cubriéndolos con sus patitas Za agMí da y Chispa. Esta última, al ver á Carlos, se levantó de un salto; pero la gata, más reflexiva, la detuvo con un cariñoso maiülido, que quería decir: N o seas loca, y estáte quieta. Si hubieses sido prudente y. hubieras escondido á tus hijos, como hice yo, te hubieses evitado la pena de creerlos perdidos para siempre. Chispa debió comprender la razón que tenía su compañera, porque volvió á su sitio, y entoncesfes niños prometieron que nadie sabría la heroicidad de L Í 5 M, excepción hecha del vaquero, que era hombre de buen corazón. Nadie volvió á ver á la perrita, cOn lo que estaban muy satisfechos el jardinero y la cocinera; pero cuando recibieron el telegrama anunciando la llegada dé su señora, se asustaron pensando que se iba á enfadar porque la habían dejado escapar. Salieron á buscarla por todo el p. ueblo y ofrecieron gratificación espléndida al que la encontrase; pero fué inútil, Chispa no parecía, y el terror de los cria 40 S ibíi en aumento. La abuela de Carlitos trataba de cotisolarlos, y les ¡prometía defenderlos si su hija intentaba despedirlos, como ellos temían. La pobre señora creía lo que el jardinero le contó y se figuraba que lo que el niño afirmaba eran fantasías infantiles. -Créeme, abüelita- -insistía el pequeño, -los perritos estaban vivos cuando ese hombre los echó al estanque. -No, hijo mío; él me asegura que se habían muerto; pero aunque así fuese, él no tiene la culpa de que Chispa se haya escapado. Carlos movía la cabeza sin responder. Cuando llegó su madre, pasadas las primeras efusiones de cariño, preguntó por la perrita, y. al saber que se había perdido, como todos esperaban, se puso furiosgi; pero á poco se presentó Carlos con un perrito en cada mano, seguido de Chispita, que brincaba y saltaba ladrando de alegría, y refirió la verdad de lo ocurrido. MARÍA D E PERALES. 242- y PLAVEl. ROJO 13. ¡Aquí están los vengaüores! le dicen sus conductores. 14. El jefe de la partida va á darle la bienvenida. 15. Y pues ostenta la flor él matará al opresor 0 3 É r 16. Renuncio á ese honon Por Tito! Yo no mato ni á un mosquito. M V t. 17. Todos exclaman: ¡Traición! i Que muera sin dilación 1 18. Logró, por milagro, huir. ¡No volverá á presumir! -247-