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NOTAS TAURINAS ü- n la íonda en que paró en aquella eapital se celebraba un banquete, con el que un joven de la localidad obsequiaba á sus amibos, celebrando la posesión de una pingüe herencia. Aquellos jóvenes, que discurrían por patios, pasillos y comedores del establecimiento, no se dignaron dirigir un saludo á Pastor, cosa que á este, si bien le contrarió, no le extrañó, porque en aquellos tiempos existía la preocupación de considerar á los toreros como gente baja y no digna de alternar con las otras clases sociales. Dio Juan Pastor una vuelta por la easa, y al ver en el comedor üna. raesa lujosamente preparada, á la que fueron llamados aquellos jóvenes, supuso que era la mesa redonda, en la que habían de c mer todos los huéspedes de la casa, y sin andar con cumplidos ni atenciones, ocupó el puesto principal y se colocó de cabecera, con gran extrañeza de todos aquellos señores y rnucho más del an rión, que no poaía dominaj: la ira que pugnaba por estallar. Se miraban unos á otros, cuchi- heaban en voz baja, y estos cuchieheos no hicieron efecto alguno en nuestro hombre, quien al servirse la eomida tomaba siempre lo mejor y 15 primero de cada plato. Las señales de disgusto en los semblantes de aquellos jóvenes eran mayores á cada momento, y la ira se desbordaba. Decidieron no ocuparse de aquel intruso; pero llegó un momento en él que no se pudieron contener. Sacaron, las aves, que entonces se trinchaban, on las mesas, y junto á la cabecera que ocupaba Pastor dejaron un pavo asado. El torero, con sobrada naturalidad, y mostrando tener costumbre de comer en buenas mesas, tomó el cuchillo en una mano y el trinchante en la otra, é incorporando so, se preparó á trinchar el ave, sin hablar más palabra que: ¡Buena pech- iga! Comprendieron todos que, en efecto, aquella hermosa pechuga se la iba á apropiar, y estalló la tempestad. ¡Alto ahí! -dijo ci que pagaba el banquete. -Soy yo el que paga esta eomida y hemos dejado que se sirva usted de todos los platos el primero, y lo mejor; no estamos en mesa redonda, como usted sin duda ha creído, y se le ha tolerado qué ocupe asiento preferente; pero no quiero consentir por más tiempo que abuse de nuestra eondefcet- idencia. ¡No partirá usted el pavo! ¡Vaya si lo partiré! Aquello colmó, la medida. Todos á la vez, cuchillo en manó, dijeron á nha sola voz: -Lo que haga usted con el pavo, haremos nosotros con usted. ¿Sí? Sí! ¿Con. que harán ustedes conmigo lo que yo haga con el pavo? -i Sí, señor! Entonces mostróse resignado é introd uio el índice de la mano derecha por: él único ag j ero que presentaba el ave asada- -le chupó y, sentándose tranquilamente dijo con cierta sorna: -Cuando ustedes gusten. o hay que decir que resonó vne carcajada general y acabaron amigos odos, riendo la ocurrencia de Juan Pastor. trabajaron lo indecible; llevaron algunos sustos y fio pocos coscorrones; quedó uno fuera de combate por aquella tarde, y no consiguieron en su favor otra cosa que los no muy espléndidos honorarios, que cobrasen y que unos cuantos aficionados de los q u e s e dan- cuenta de la realidad aplaudieran el hecho de que acabaran relativamente airosos el- cumplimiento de su cometido. De los efectos que el soltar en la plaza de Madrid tales toros ha producido al ganadero, baste un detalle. Para lidiarlos en Manzanares el día 21 había adquirido una empresa seis toros de López Quijano; pero en cuanto el vecindai io de la industriosa ciudad manchega sé enteró por la Prensa madrileña de. que en la corrida á que nos hemos referido se habían fogueado cuatro de los seis lidiados, ha dicho que no quería corrida si no se catnbiaba el ganado. Gracias á Dios que alguna vez ha servido la información periodística para curar y cortar por lo sano, y sería de desear que el ejemplo cundiera y se negaran los empresarios á comprar toros, de las vacadas que dieran en exagerada proporción reses faltas de bravura, como está sucediendo hace ya tiempo con muchas de las de gran postín. Dos años en tal actitud darían á las ijlazas cornúpetos con la bravura precisa en todas las corridas que se organizaran y se verían los criadores obligados á mandar al Matadero muchos de los ejemplares que ahora venden á altos precios. AL MATADERO os toros que carecen de la bravura y nobleza precisas para que los toreros ej ecuten con ellos las suertes que han de realizar hasta que la puntilla los pone eii coiídiciories de ser arrastrados, deben níorir én las naves del Matadero; pero jamás se deben soltar para que los hombres lu- chen con ellos, perdiendo siempre, si no es. la vida, la reputación; porque es. imposible el lucimiento. Hemos oído decir que D J e n a r o López Quijano tenía un excelente concepto de los toros qué envió á la corrida que se celebró el día 9 en nuestra plaza; que los traía como de buena nota y tenía esperanzas de que dieran un gran resultado. También parece que el Sr. Mosquera, ya con su práctica del negocio, había creído ver en ellos por la parte exterior reses de buen augurio, pues faltó poco para que los soltara en una corrida de abono, según han dicho quienes pueden saberlo. En la práctica, -ya sé ha visto. No hubo que foguear más que cuatro de seis, y algunos no quisieron ni oler, el hierro. Si eso es lo que el Sr. López Quijano tenía como notable ó sobresaliente, ¿qué tal será lo desechable? Puede pensar en una selección ó en formar nueva ganadería si tiene afición y capricho de ser ganadero. Además, Dios nos perdone si opinamos equivocados; pero hubo dos ó tres toros en aquella corrida que nos parece no era la primera vez que se veían delante de capotes, blusas ó mantas. Hicieron tales cosas en los- primeros capotazos que les dieron, qué nos hicieron pensar en el hecho de haber sido chaqueteados antes. ¿Que no lo han sido nunca? Mejor. Nos alegramos que así sea, porque ello indica buenas intenciones en el ganadero, y lo contrario demostraría algo mucho peor; Pero que hicie ron cosas feas aquellos mansos, no cabe duda. El resultado de todo ello es qué tres modestos espadas, que salían á jugárselo todo con aquellos mansos. ÁLBUM BIOGRÁFICO JUAN RODRÍGUEZ (MOJINO II) o le llamo Mojino Chico, como se l e puso durante mucho tiempo en los carteles, porque hay ahora otro hermano más pequeño que se apoda así, quién sabe los Moj. nos que aún podrán salir; pues cuando en una farñiüa cordobesa les, da por salir toreros, no se acaban nunca. Esta de los Mojinos viene ya de largos años. El abuelo fué Francisco Rodríguez (Tato) un picador de toros que falleció en 1875, y q ue hasta el año 1850 se había distinguido entre los de su clase y haoiá pertenecido, poco ó mucho, á cuadrillas importantes, como las de Cuchares, Juan Yust, Panchón y el Cámara. El padre fué- el buen. bandeíillerc) -Francisco Rodríguez (Caniqui) quien toreó con Cámara, Salamanquinoj Pepet. e y el Gordiio. Por si esto era poco para que Juanillo el de los perros, como se le llpmó