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Vea usted, don Rosendo- -le decía yo, -qué cara tiene tan menuda, qué caballote tan grande montaba, que traje tan airoso, qué figura tan enfermiza la suya y qué sombrerete lleva puesto. Aquí me interrumpió el buen señor, y, quieras que no quieras, me largó una erudita conferencia sobre la indumentaria de aquella época y la historia del príncipe malogrado- -según él decía, -fijándose mucho en el sombrerito, que á mí me pareció muy extravagante, y fué tal la tabarra que me dio sobre dichos extremos, que, sin poderlo remediar, le pregunté con mala intención: -Y dígame usted, señor: ¿adonde ha ido á parar el sombrero del príncipe Baltasar? i Nunca lo hubiera dicho Se puso furioso y vino sobre mí con sus manazas abiertas y en amenazadora actitud. Puse pies en polvorosa y lo dejé con la boca abierta, comprendiendo que era ya imposible volver á casa de mi novia hasta que pasara la tormenta. Por la noche recibí una carta de Paulina, que decía lo siguiente: Querido Andrés: Eres un pollino. ¡Qué fíumillación! Papá está furioso contigo, y con razón, y asegura que poco ha de poder si no te refriega por las narices el anténfico sombrero del príncipe Baltasar. Si así lo hace no le lleves la contraria, si es que me quieres, y te lo agradecerá tu Paulina. En efecto, á los tres días se presentó en mi casa D. Rosendo, entró en mi cuarto todo convulso, y dejando un paquete sobre la mesa, exclamó ira- ¿Y dónde ha encontrado usted el sombrero del príncipe Baltasar? Es un hallazgo precioso. -Se lo he comprado á Zacarías en el Rastro; es el auténtico, y, por ser para mí, me lo ha dejado en ¡quince duros! ¡Que sea enhorabuena! Yo le prometo á usted que, si me caso con su hija, le compro una vitrina á ese sombrero para que pueda conservarse como un documento histórico de importancia. El pobre señor se entusiasmó, me estrechó la mano y quedamos los mejores amigos del mundo. Andando el tiempo me casé con Paulina, y soy feliz y Borrego hasta más no poder. Le tengo una ojeriza tremenda al sombrero del príncipe Baltasar porque mi suegro sigue hablándome sobre el mismo tema, y el mejor día haré una barbaridad... Pero no; tuvimos fruto de bendición: un niño precioso que se llamó Paulino- -como era natural, -y mi suegro se convirtió en esclavo suyo y mi mujer y yo también, y los tres, agarrados al manubrio, volteábamos al capricho del chiquillo. Cuando éste llegó á la edad de las monadas y travesuras se hizo el dueño de la casa, y un día, sobre las rodillas de D. Rosendo, le preguntó, señalando al célebre sombrero: -Abelito, ¿qué es esof- -El sombrero del príncipe Baltasar; no le toques, que tiene (aquí dos sílabas repetidas) -Abelito, yo quero el sovibedo del píncipe Batasá. El pobre señor pasó las de Caín; pero fué tal el A cundo: Aquí tiene usted el sombrero del príncipe Baltasar y sacó del envoltorio un guiñapo de terciopelo plegado en forma de sombrerete ó cosa parecida. Comprendiendo lue aquel señor estaba loco de remate, le dije: Dibujos de Medida Vera. escándalo que armó Paulinito, que no tuvo más remedio que dárselo; se lo puso el chiquillo en la cabeza y corrió entusiasmado por toda la casa. Y ahora sí que ya sé adonde ha ido á parar el auténtico sombrero del príncipe Baltasar. FELIPE M A T H E De nuestro Concurso. I- enia: aien mal auda, mal acaba