Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
2 J- EL SOMBRERO DEL PRINCIPE BALTASAR CEGURAMENTE habréis visto alguna vez- -si recorréis las calles de la corte- -esas jaulas en forma de estrella de seis puntas, que giran movidas, al parecer, por un muñeco con barbas, gorro puntiagudo y anchos pantalones, cuyas manos se agárrala á un pequeño manubrio. No es él quien mueve la jaula, es un inquieto jilguerillo, que, saltando de caña en caña, la voltea é impone al muñeco la ingrata tarea de dar á la manivela sin parar quiera ó no quiera. Pues bien: D. Rosendo Fernández, de cincuenta y siete años, tiene una sola hija, Paulina, de veintitrés Abriles, que es el jilguero de la casa, y su buen padre, el muñeco del manubrio. En aquella mansión no hay más voluntad que la de Paulina. El es un pobre señor alto, zancajoso, corto de vista, por cuyo motivo usa lentes; tiene ojos grises, pelo rubio ceniciento y bigotes lacios. Cuando sale á la calle lleva siempre chistera, levita inglesa muy larga de faldones y el paraguas, que es un aditamento de su angulosa persona. Es bueno y bondadoso, pero también bibliófilo y anticuario, y en tocándole ahí pierde la chaveta por completo y resulta un lata insufrible Paulina es pequeñita, bien hecha de figura, ojos garzos, expresivos y mandones: nariz recta y fina, labios gruesos, boca grande y fresca con buena dentadura y pelo rizoso castaño claro. Es elegante, lleva falda muy ceñida, sin pantalón, y un sombrero muy remono. Es graciosa en el andar y en el decir, habla siempre con los ojos bajos y entornados; pero cuando los abre para mirar de frente son dos puñales que pinchan y convencen á cualquiera. Y á mí me convencieron po onipleto una noche que la vi por vez prinip á en el teatro. Mi butaca estaba junto á la viya, se le cayó el abanico, me bajé á cog- rlo y se lo entregué: me dieron las gracias- -lia y su padre, y entramos en conversación, con puñaladitas y todo, y aquí tienen ustedes al poare Andrés Borrego- -que soy yo- -en vísperas de acreditar su modesto apellido de la gran familia lanar, cometiendo la simpleza de enamorarse, velis nolis, de aquella mujer en miniatura. Piincipio quieren las cosas; y como empecé mal. Seguí haciendo tonterías, ó sea el amor por todo lo alto, y me encontré por fin en un callejón sin salida, que fué la casa de mi novia, para formalizar nuestras relaciones. Yo estaba entusiasmado y ella me tenía preso en sus redes, de malla tan fina y apretada, que hubiera sido difícil escaparme. El bueno de su padre pasaba por todo, pero me daba unas matracas horribles hablándome de antigüedades y cosas rancias, que me producían mareos y me ponían nervioso. -Tc i paciencia, André. s- -me decía Paulina, -es! na manía que tiene por esas cosas; en cambio, es bueno y te aguanta la chifladura que tú tienes por nii cuando me hablas en voz; baja y me dices que me quieres. ¿Es esto verdad? f o bajaba la cabeza y decía que sí; pero aguardaba una ocasión propicia para decirle al buen señor alguna cosa que le pudiera molestar. Y esta ocasión se presentó una tarde en la calle de Alcalá, por donde suelo pasear todos los días. Estaba yo parado delante del escaparate de una librería mirando fotografías de algunos retratos antiguos que figuran en nuestro Museo de Pinturas cuando sentí que me tocaban en la espalda. Era mi anguloso y futuro suegro D. Rosendo, ¿Y Paulina? ¿Está enferma? -le pregunté. -No; es que ha salido con unas, amigas á paseo. Ya he visto que estaba usted mirando el retrato del príncipe Baltasar. Es la fotografía de un cuadro de vplázquez que figura en el Museo.