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r- í A V V. C A M I N O DEL PUEBLO Fué á tomar posesiónsde su partido, que era de un pueblo aragonés, metido en lo más escabroso del Moncayo, un médico rural, y al apearse del tren en la estación más inmediata, ya esperándole estaba un rocín ba o con un propio del pueblo, que iba á pata; quiero decir que iría para servir al médico de guía en su no conocida caminata. Uno montado en el mezquino potro y de espolique el otro, al pueblo sin gran prisa encaminaron, y, mientras, este diálogo entablaron: ¿Son muchos los vecinos que tiene su lugar? -Unos noventa. ¿Noventa nada más? -Es que en la cuenta no meto los tocinos, ni gallinas, ni gallos, ni carneros, ni muías, ni caballos, ni cabras, ni jumentos, porque si los contara, pue que entre todos fuéramos quinientos. -Ya, ya me lo figuro. Y diga usté: el alcalde de seguro será un hombre tratable. -No sé qué qtiie decir. -Que si es sociable. -Si, señor; tiene estanco en sociedá con su cuñao. ¡Caramba 1 Quiero decir que si es corriente, franco. -No, señor, de Pedrola. ¡Ah! ¿Conque es de Pedrola? ¡Hola, hola! ¿Y es rico? ¡Que si es rico! ¡Mata tocino y medio to los años! ¡Hombre, tocino y medio! No me explico. -Pues tiene poca cencía. Uno lo mata pa su comenencia I y la tnetá del otro pa su yerno, y tienen pa comer todo el ivic -Una cosa quisiera preguntarle: ¿Qué tal de higiene? ¿Qué ice usté? -De higic- -Por aquí nunca viene. ¿No me habla usté del deputao? ¡No hombre I- -Pues no sé qué decile de ese nombre. -Me refiero á si hay muchas suciedades. ¿Suciedades? Quia, quia! Para que vean ustés los de ciudades si será este lugar bien curiosico, sepa usté que de día trempanico en meta de la calle se vocean todas las aguas sucias y otras cosas. ¿Qué le paicef- ¡Muy bien! Maravillosalas medidas de higiene. Pues con esta limpieza refinada las muertes serán pocas. -C- si nada. Aquí sí que la muerte nunca viene. En cuanto rematemos la hondonada verá usté el camposanto nuevecico. Lo hicimos ha sais años. Pa que vea que casi naide en el lugar se muere, bien pue ser que no sea- más que una doceni ca de presónos las que hay allí enterras porque Dios quiere. ¡Si tres años hacía que ya se había rematao de hacelo y naide se moría... ¡Unas ganas teníamos de velo estrenar, señor meico! ¡De veras! -Y los vecinos, ¡qué redies I, tan sanos. Ni siquiá el tío Bahil, que era viejico, quería hincar el pico pa que se lo comieran los gusanos. -i Hombre! ¡Es particular! ¿Quién lo diría? -Cansaos ya de esperar, al fin, un día, al ver que tanto tiempo se pasaba y nunca el camposanto se estrenaba, ¿qué dirá usté que hicimos pa estrénalo? ¿El qué? No me lo explico. -Pues matar al medico, que pa nada valía, y entérralo. MANUEL L A S S A De nuestro Concurso. I, ema: Ochenta justos