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NI una le! icadeza tuvo para con Nina; ni una de esas peqav; ii. b tenciones que las mujeres agradecen tanto, ni cuidó tampoco de plegarse á las encanti- doras fant: sias de aquel bizarro paj arillo que, legre y entusiasta, sólo pedía sol que dorara us alas y espacio, mucho espacio, donde volar gozoso en grata cr, pañía. Fué un marido tiránico, inflexible, severo; se llenaba la boca hablando de deberes, y la risa de Nina se heló en flor en sus labios, porque la risa constante era, al decir de Paco, buena para chiquillas, pero nunca admisible en la mujer casada, cuya misión trascendental de esposa y madre se ha de traducir en una seriedad profunda, seriedad de persona mayor, consciente de sus actos. Esa alta trasc ndencia de su misión sirvióle maravillosamente p. ra dar rienda suelta á la tacañería en su más alto grado: el porvenir no les pertenecía debían establecer sobre cimientos sólidos la base inconmovible de su vida futura debían reunir un fondo de reserva con que atender posibles contingencias y todo ello había de lograrse tirando de aquí, escatimando allá, dando un prudente corte en 1 capítulo, siempre costoso, de viajes y teatros, de cintas y de plumas, de abrigos y sombreros. ¡Aquellos sombreros, tan grandes, tan bonitos, que aureolaban el expresivo rostro de la adorable Nina, prestándole apariencias de una duquesa altiva retratada por Gainsborough... En su innata torpeza, Paco no comprendió que las mujeres gustan de ser amadas; no comprendió tampoco que es narido ideal el que, siendo marido, procura ser amante; y la vida en común; que afloja tantos vínculos, aflojó también los de un cariño que sólo ante la imaginación exaltada de Nina pudo pasar por fuerte. Paco era burgués, era comodón y egoísta, y maldito si se cuidaba de sazonar un poco la desabrida salsa de aquella unión vulgar, que toda mujer b- iena (las mujeres buenas no aman sino una vez) se cuida de vestir con el ropaje excelso de una pasión idílica, profunda y sobrehumana. ¿Ni cómo había de entenderlo así aquel gaznápiro (el detalle o; parecerá baiadí, pero tiene importancia) que no reparó en sentarse á la mesa sucio, desp echugado, sin afeitar, embutidos los pies en horrorosas zapatillas de orillo... La moremta clara lloró su desencanto, y ya no fué heroína de una historia de amor, misteriosa y poética, en la que un trovador gentil y romancesco plañía sus afanes, mientras ella reía tristemente, tejiendo en la penumbra del parque rumoroso la corona de mirtos y laureles que habría de ceñir las sienes del amado... ¡Murió casi al nacer su novela de ensueño la amorosa novela de su vida... Sin embargo, fué buena, fué honrada, fué intachable, y si Paco la inspiró aesamor, en el fondo del alma guardó sus amarguras. Sufrió en silencio, que así son casi todas las mujeres, aunque otra cosa digan los que las calumnian. Después de Cilmorzar, Nina se tumbó en la chaise longue. Viuda era desde hacía tres meses: murió Paco de pronto, de una angina de pecho, y ella c; rró sus ojos, vistió luto, le lloró conmovida, olvidando sincera sus muchos desafueros y desmán s, porque todo lo tapa la gran encubridora de la Muerte. Después... después, ¿por qué ocultarlo? respiró satisfecha; libre ya de aquel posma que envenenó su vida. N J le odiaba, n o conservaba de Paco un recuerdo agridulce (el recuerdo que nos inspiran esas cosas que en pretéritos tiempos nos hicieron sufrir) y hasta casi le estaba agradecida, porque... porque se había ido para siempre. Entró Luis Vélez; alto, delgado, esbelto, un poco presumido, atildado, elegante... ¿Dormía usted? -Soñaba. ¡Qué lástima que no fuera conmigo... -Con usted, ¿para qué? Usted es hombre ai fin; mi despertar sería triste. -Mi vida lo es aún más: vivir sin usted es vivir muriendo. -Así he vivido yo. -Porque no la querían; pero todo puede arreglarse quiérame usted un poco, sea usted mi mujer y yo me comprometo á disipar sus penas, á borrar de su frente esos malos recuerdos; será usted muy feliz, se sentirá nacer á nueva vida... -i Si pudiera creerle... El insiste, olfateando una victoria próxima. -Créame usted. Nina, créame; la he querido siempre. ¿Verdad que al declararlo no digo nada nuevo? Siempre, la quise siempre... aun en vida del otro, y usted lo sospechaba, usted lo sabía. He sufrido mucho; el respeto selló mis labios; porque la resp taba no hablé; que usted no era de esa; que olvidan sus deberes, y preferí callarme y alejarme de usted para sufrir yo solo; en eso cabalmente conozco que la quiero... Nina fija sus ojos, zarcos y transparentes, en los ojos sombríos del galán que la enamora; bebe cor avidez el veneno mortal de sus dulces palabras; S (siente- -como él. dijo- -nacer á nueva vida, y pre gunta cuitada, con un dejo infantil de niña mimosa: ¿Me quieres de verdad... ¿Ha de ser para siempre... Se pone en pie aterrada al notar que alguien zarandea su cuerpo. Paco Aldama la increpa con voz dura: ¿Acabarás de despertar, hija? Estás soñando en alta voz infinitas sandeces. Le responde muy triste: ¿Por qué me has despertado? Mi sueño era tan agradable... Pero, vuelta á la realidad; palidece, se turba, tapándose el rostro con las manos, llora descojí solada... Aquella misma noche, al tropezar con Vélez e; el foyer del Reai, Nina aparta sus ojos, sintiend que el rubor, un rubor insensato, enciende sus me jillas. ¿Por qué, JJÍOS mío? Y Vélez, que la persigue sin esperanzas, co brando contra toda lógica nuevo aliento, sonríí satisfecho. Quizá cree el pre túmido que esas manifestaciones del pudor en las mujeres son como el tinte rojo de ciertas frutas: sólo están coloradas las próximas a caer, las laduras. Por eso os aconsejo, amigas mías, que no os ruboricéis delante de los hombres. Los hombres son tan fatuos que lo interpretarán torcidamente. Os lo advierto yo; yo, que os quiero mucho, y sé que sois muy buenas... MANUEL DE MENDIVIL. Dibujo de Méndez Bringa.