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pena de escribirse; ¿para qué, si á nadie interesan... Nina, encantadora criatura, como iba diciendo, era una de esas deliciosas mujeres que el vulgo ignaro también la gente dtl pueblo- -tiene su corazoncito define de muy gráfico modo con una simple frase pintoresca y r o t u n d a A h í va, una morenita c i a r a Porque Nina era e s o morenita risueña y bulliciosa, de cutis bronceado, ojos muy expresivos (zarcos y transparentes) naricilla minúscula, un poco respingona, boca grande y bermeja, dientes blancos é iguales y cabello castaño, que visto á pleno sol parecía oro. Con ser todo lo expuesto motivo suficiente para que una mujer r 2 sulte linda, quédame aún por decir que lo maravilloso en ésta de mi cuento era su gracia ingenua, su gracia inimitable, su infantil travesura, aquella felina agilidad de sus movimientos, el conLinuo reir de su boca de púrpura, el suave resplandor de sus ojazos claros, que lucían magníficos sobre la piel dorada y amljarina, bajo el arco de triunfo de unas cejas sutiles... ¿Buena, Mucho más que buena Nina era un angelito; su cabeza con alas, flotando entre las nubes, bien pudiera adornar la pomposa aureola de una imagen; que como Nina son- -estoy casi seguro- -los ángeles del cielo, y en ella ni virtud parecía el candor, á fuerza de ser cosa natural y corriente. Nina, dicho sea en su encomio, era instintivamente un poquito romántica: el romanticismo bien ordenado es á las mujeres lo que el perfume á las flores; no hay flor completa sin aroma ni hay mujer de verdad, mujer digna de serlo, que no sueñe locuras. Quede para nosotros la prosa de la vida, con las cavilaciones y quebrantos que le son peculiares pero vosotras, ¡oh, queridas lectoras! cabecitas de luz y ojos de terciopelo que alivian nuestras penas, soñad, soñad cuanto os plazca... Nina soñaba; soñaba de pequeña, errante en los jardines de un coxegio de muchas campanillas, donde para educarla la encerraron sus padres, y soñó de mayor, cuando bien acusadas las líneas primorosas de su cuerpo, embutido en un traje muy chic, hechura sastre, andaba por Madrid pisando menudito, taconeando fuerte, recogiendo piropos y adornando las calles. Nina leyó novelas; y como todos los que leen novelas son, aun cuando lo oculten, los héroes presuntos de otra inédita que ellos mismos se forjan, la morenita clara de este mi pobre cuento se convirtió también en heroína de una historia de amor misteriosa y poética, en la que un trovador gentil y romancesco suspiraba en voz c ¡ueda sus afanes, y ella le sonreía tristemente, tejiendo en la penumbra de un parque rumoroso la corona de mirtos y laureles que habría de ceñir las sienes del amado... ¿Existía ese amado? N o no existía a ú n peto sin existir- -el hecho es paradójico- -Nina le amaba ya; que ocuparse de amor á amar inclina, y sobre amor versaban las novelas y cuentos, lectura predilecta de la niña del mío. Aman á su manera las candidas mujeres al mancebo ideal que las fascina, y cuando al fin el sueño se hace carne, cuando la realidad lo viste con apariencia humana, no quieren convencerse de que no es ideal; las pobres se conforman con que sea mancebo, y adorándole humildes, ellas mismas ignoran si es reahdad ó sueño lo que rendidas a m a n Nadie se extrañe, pues, de que Nina, amadora inconsciente de un ideal muy alto, creyera á pies juntillas ver al rubio coplero de su íntima novela en aquel Paco Aldama, mozo desgalichado y feo por añadidura, que á ella se aproximó diciendo madrigales y mostrando á las claras que iba derecho al bulto, que iba con buen fin, ó con mal fin, hablando propiamente, ya que el suyo inmediato era una próxima coyunda... Amor es ciego; la venda ae Cupido cubrió los ojos zarcos de la adorable N i n a los cubrió de tal modo, que ni la tosca figura de Aldama, ni su antipática vulgaridad burguesa, ni su evidente cortedad de luces (olía á mentecato á tiro de ballesta) ni el plebeyo desgarbo de su porte, produjeron la sana reacción que podía esperarse en mujer tan completa como Nina. Y es que todo aquel que ama hace al objeto amado un valioso presente de excelsas cualidades que casi nunca reunió ni por a s o m o de donde resulta que los hombres no son como son, sino como las mujeres los creen; pero ellas los creen hechos á su imagen y semejanza; dótanlos de finura que no tienen, regálanles magnánimas esa delicadeza y distinción que nunca poseyeron, y luego, al adorarles, se empeñan en creer que son los elegidos como ellas los suponen; no comprenden las pobres que al adornar á un novio con sus propias virtudes femeninas, no aman al elegido, sino á sí mismas se aman en el objeto a m a d o El de Nina era un hombre vulgar, como ya dije; un hombre pretencioso, de inteligencia roma, incapaz de apreciar debidamente la exquisita belleza de aquel brío fragante que un hada bienhechora colocaba en sus manos. Al decir de las madres (las madres no recuerdan que han tenido veinte años) era un hombre cabal; sería de seguro un marido modelo. Y sí; no se le conocían pasiones ni amoríos; nunca jugó dos reales á la sota de bastos ni gustaba del zumo de la vid; dueño de un buen caudal, lo administraba bien, haciendo economías; recomendaba al pobre que trabajara, creyéndose con ello autorizado para cerrar su bolsa, y en resumidas cuentas, hubiera hecho u n admirable portero. Nina se casó; se casó como se casan muchas, ardiente de entusiasmo, y sonrió gozosa cuando alguien dijo hablando de ella: L a señora de Aldama. Grata peregrinación se le antojó la v i d a creyó de buena fe que era el mundo lugar de esparci miento y que, cruzando alegre sus floridos sendc ros, no había dicha igual á la de ser por siempre para siempre la señora de Aldama. L o malo, lo doloroso fué que la triste prosa mitigó su ardimiento y echó un j a r r o de agua fríí sobre sus entusiasmos é ideales. Los hombres creen muy á menudo ¿y qué tiene ello de extraño, sí en el mismo error caen tam bien las mujeres? que su misión consiste en agrá dar de novios, descansando á sus anchas más tar de, cuando ya no son novios, sino maridos. De ah se deduce como lógica secuela el hecho comproba do, i ídubitable, de que todos ó casi todos sirvamo, para novios, aunque para ma. idos sirvan mUA pocos. A lob dos matrimonio most -óse Paco Aldama tal y como e r a es decir, desmañado, vulgarote, roñoso, cicatero, inaguantable.