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AL AIRE LIBRE lA T R E S PERRAS C H I C A S L I B R O S f AYA r, i marcha de prisa nuestra tierra en achaques de civilización! ¿No decían por ahí que hacía íalta que se leyera? ¿No pregonaban muchos señores que merecería bien de la patria aquél que proporcionara al pueblo lectura barata... Pues aquí tenemos en plena calle varios cajones atestados de libros y bien pueden prevenir sendas cruces para los mozalbetes que, desgañitándose, sacrifican por la obra civilir- idora la integridad del diafragma: ¡A quince céntimos libros... -jA tres perras chicas libros... Agólpase la gente en torno de los arm. atostes. Hay, por lo tanto, ansia de saber y esto refocila el ánimo. Vense allí señores sesudos, de graves espejuelos relampagueantes; militares sin graduación y sin pelo; Rinconetes y Cortadillos, más amigos de la bolsa que de la letra impresa; algún que otro estudiante y hasta señoritas, aunque éstas raras veces se detienen, contentándose con preguntar por lo que buscan. Nos acercamos al abigarrado grupo. Ante tamaño revoltijo, la voluntad más bien templada desfallece. Por presentir sin duda este desmayo, tan opuesto á sus intereses, los dueños, conocedores expertos de las muchedumbres, advierten de vez en cuando: -i Pueden revolver sin miedo... Hemos de confesar que, además de libros, hay en los tales cajoncitos una respetable cantidad de materias grasicntas, unida á un infinito número de microbios. Rápidamente viene á la memoria la frase salomónica; Nada hay nuevo bajo el sol... Ni nuevo, respetable retoño davídico, ni limpio, ni completo. Al fin nos decidimos á revolver. Por aquí salta un ífolletón; por allá brincan unas tablas de logaritmos; por este lado bullen unas poesías idílicas; por estotro, una geografía muestra sus mapas, pintarrajeados como mosaicos. Todo nuestro pavor ha desaparecido. Revolvemos sin miedo, con ardor, con coraje, con febril ansiedad, esperando la perla rara y preciosa que ha de rodar en nuestras manos. Se hace un silencio solemne, y decimos se hace porque ha tiempo descubrióse que el silencio se engendra á sí mismo. Seguramente todos piensan que un libro, si es bueno, puede darnos excelentes ratos de solaz y esparcimiento y levantarnos, como sobre alas de águila, de la rutinaria y doliente realidad á las regiones donde es la fantasía reina y señora de encantados dominios. ¿Tiene usted La cuerda del ahorcado... t- -grita, repentinamente, una voz femenina. ¡Caramba, señorita... No hay derecho á sobresaltarnos... ¡La cuerda del ahorcado... No, no la tiene... Vaya con Dios, porque mientras nos mire con sus ojos verdes, escrutadores y diabólicos, nuestros ojos serán para los suyos como el loto para las aguas del Ganges... Vayase con Dios, digo, si no quiere iise conmigo. ¿Se sonríe... ¿A que va á prender mi alma como á un pájaro bobo en la red de sus venas azules... ¿Nueva sonrisita... ¡Acabáramos... Te lo digo en serio... ¡Creí que venías á comprar La cuerda del ahorcado... La tranquilidad renace. Toda ñitíjer posee la facultad de turbar á los hombres en grado sumo, porque es lo mejor y lo peor en una pieza; porque es un vaso lleno, por partes iguales, de ajenjo y miel hiblea; porque es. ¿Es una sena, caballero... -gruñe un albañíl á un señor de lentes y bastón de bola en puño. ¿Qué, qué dice usted... -Que me está pisando. -Perdone... Crea usted que, á lo mejor, la intención va por una parte... -Sí, comprendido. Y los pies por otra... ¡Hay dramas, zarzuelas, comedias, saínetes, novelas, libros de estudio, de Medicina y de Derecho... ¡A tres, á tres perras chicas libros... -vocea el vendedor primero. El segundo le contesta: ¡Aire, aire... ¡Animarse... I Y una mozuela rubia y pelona, que también es de los propietarios y que lleva escrita en la cara la canción de los siete pecados capitales hasta con estribillo, se encarga del rittornello, exclamando: ¡Pueden revolver sin miedo... Hasta el fin nadie es dichoso. He aquí que consigo atrapar un libro de apergaminada cubierta. Lo abro y leo: El fruto de mis lecturas, ó máximas y sentencias que compuso en francés Nicolás Jamin... De pronto, una velluda y bien curtida mano me arrebata el libro y lo arroja al cajón. Voy á cogerlo nuevamente; pero el cajón se levanta, llega á mis narices y emprende velocísima marcha acompañado de sus hermanos. Aquel galope de cajones, si no nos llega al corazón, seguramente nos cosquillea en los pulmones. ¿Qué pasa... ¿Quésucede... -Es que viene el guardia- -explica un dependiente, y como no tenemos permiso... ¡A pagarlo! -increpa un vendedor de postales. ¡Es mejor vivir en el margen de la ley... -re zonga el señor de los pisotones. Y uno, con aire extranjero en el porte y en la pronunciación, añade; ¡Cosa más rara... Todos los españoles son honrados y, sin embargo, en viendo á la justicia, la mitad echa siempre á correr... JOSÉ A. L U E N G O