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ciéndose quizá, entre el disimulo de sus hojas carmesíes: i Ya veréis cómo empuja otra v e z! ¡E s costumbre de flores y m u j e r e s! Sobre el paisaje espléndido, reclinado en su muelle alcatifa de oro y arrullado en su siesta moruna por la suave música de las frondas y el cantar de los arroyos impacientes, brillaban como un salpullido de rubíes las flores de los cármenes y las rosas de las azoteas; pero nada de esto importaba al buen Cirineo. ¿Estaba allí, por acaso, la flor que él quería? Con su trajecillo de pana, encaramado en la escalerilla y con la lechada á su vera, iba enjalbegando las paredes de aquella casa, que era el altarcito de amor en que tenía colgados más votos, i Gitana como Angustias... ¿P e r o qué tendría la viudedad para semejante mujer? Porque todas las que se hallan cesantes del matrimonio suspiran por el ido ó por el ídolo que aparece, y acostumbradas ya á suspirar, no pueden asarse sin hacerlo; pero es que aquella no suspiraba ya por nadie, segrm repetía cantando El aire que otras mujeres dejan volar en suspiros, io guardo yo pa que aliente mi corazón dolorido. ¿S u corazón dolorido? ¡P u e s ahora caía Cirineo, al recordar la copla! ¡Si acjuello lo decía por él y sólo por él! ¿N o le miraba con toda intención? ¿Q u é había contestado, señor, qué había contestado á la pullita que acababa de cndirgarlef Cirineo, como la mayor parte de los hombres, se ponía feísimo para hacer memoria. A través de sus ojuelos de niñas grises, que iban de un lado p a r a el otro, tirando del cantar, que se empeñaba en no salir, veíase todo el esfuerzo de aquella imaginación, poco acostumbrada á un trabajo activo. Al fin distinguió volando hacia él las tres primeras sílabas de su saeta, y dejó escapar una exclamación de alegría. Moscardón soy de tu oído... Gritó, comprimiendo su epigastrio con un jipío muy flamenco y muy hondo, mientras su brocha dejaba luminosa huella en la pared. Moscardón soy de tu oído. ¡Ay! ¡ay! ¡ay I i ay! ¡ay! Aunque me des con la mano, pasaré toda mi vida junto á tu cara volando. ella? Parecía que estaba oyendo en aquel instante la voz, que empezaba con el sonido dej bordón y acababa en nota de lira. Mosquitas quiero que vengan jasta la miel de mis labios; moscardones no liasen i arta, que estoy sorda de escucharlos. O sea, que lo que ella queria eran mozos crúos que dieran el hombrillo y no anduvieran babean- do como los caracoles sobre las hojas de los ar- gyanes, y se atrevieran á espetarla muy sunsonuhc y con ese misterio del amor que parece una confidencia policíaca: ¡M i r e usté, Angustias! Ahora que usté no se ríe, porcpie la risa de usté es lo que mas me descabala, voy á decirla una coza mu zuave, que usté no ignora, pero cpie dicha por mí la zabrá asté mejó, y no porque yo tenga el mayor mérito en esto de dar á la muy, sino porque á las mujeres, que se disen muchizimos infundios por dentro, las zabe mejó que las diga la mita im pollino, con tal de oírlo de su morro, ya que astés lo que las gusta es la jonjana, venga de donde viniere. Y dicho esto, con toa cortezía, voy á poner en su conocimiento que tengo el garlochí como prenda en liquidación forzosa, que se da por menos de su valor. Por esa figurilla, que siendo más chica que er mundo, no p u d o j aseria un di vé en menos de sinco semanas, estoy como buñuelo en feria. ajumao por la antorcha de sus clisos, chirriando en el óleo de mis sentires y jinchándome sin podé rompe. ¡Mare é D i o s! ¡Angustias! ¿Qué es lo que yo la jise asté pa que asín me clavara como á un insecto con el alfilerito de oro de su capricho? ¡Dígame usté que me cpiere, aunque tenga que ir á pie jasta Roma ó volar er, aeroplano, porque too es preferible á cjue pasen las horas, estas horas que se me jasen tan largas como si ya estuviera casao con u s t é Llegaba el mozo á este punto de su declaración in pcctore, cuando sonó sobre su cabeza una voz fresca y retozona. Buenas tardes, señor Cirineo! El hombre se ciuedó extático de admiración; entre el toldo, que seguía zumbando, y el barandal de la azotea, sobre el ciue corrían á veces rápidos estremecimientos de luz, acababa de asomar una cabeza rubia, u n a frente hermosísima y unes ojos azules, grandes y pensadores. A Cirineo le pareció su pecho una pandereta en Navidad. ¡H e dicho c ue muy buenas tardes! -N o he contestao ar pronto porque veo que está usted de chunga. ¿Y por cpé, comparito? -P o r q u e dice usté tardes y está amaneciendo. ¡Q u é malas lenguas hay en er barrio! ¿Y por qué, serenísima? -P o r q u e dijeron que se traía usté cosas muy nuevecitas en ui cofre, y veo cine tiene usté ima maleta desportilla con trapos viejos. Eso de decir á una mujer cjue amanece porque se asoma, está ya apoliyao. -Buscaré otra manera de empezar; p e r o ¿aónde vasté? -A dar una vuelta jasta que se le ocurra... i H a y pa r a t o! ¡Angustias ¡Angustias! -i Hijo, parece que me han bautizao pa usté solo, según lo que me n o m b r a! -Oiga usté, ¿me deja usté subir al paraíso jasta que venga el ángel á echarnos?