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dida de Mayo era de las que convidan á ensuefaos, át las que expresan la felicidad de tener un Dios en quien creer. Una liora después de nuestra salida todo era silencio á bordo, un silencio que hacía aún resaltar más la majestad de aquel encanto de noche. Carrasco bajó del puente; había dado el rumbo siempre mar afuera; vino hacia el extremo de popa, donde yo estaba sentado, y sin reparar en mí, tal era su preocupación, vi que hablaba bajo con otro hombre que acababa de llegar, y que reconocí ser el primer condestable de á bordo; que ese hombre se acercó sigilosamente á un cañón que estaba próximo, y que con una brocha y un tarro de pintura embadurnaba toda la parte de la culata, retirándose en seguida los dos de aquel paraje. Pocos momentos después, el pito del contramaestre ordenaba formar en cubierta á toda la dotación, y, cumplimentada la orden con prontitud asombrosa, apareció en medio de las filas la figura del comandante, más gallardo que nunca, pues jamás le había yo visto con aquel sello de severidad y altanería. Al oir la voz de Firmes me levanté instintivamente de íni asiento, y, dominado por emoción profunda, adopté la actitud más marcial de mi vida. Nunca había presenciado un acto que hiciese latir mi corazón con más fuerza. En medio del estupor de todos, Paco Carrasco les dijo siese la mano el ladronzuelo. Acto seguido mandó que desfilasen ante la pieza poniendo sus manos sobre ella, y claro que el disparo no tuvo lugar, como todos y hasta yo mismo habíamos temido; pero una vez la gente en sus puestos de formación, vi á Carrasco pasar revista á las manos de los individuos, con ayuda de un farol llevac o por el condestable. Todos tenían las manos manchadas con la pintura de la culata del cañón menos el culpable, que, temiendo se verificase el disparo, no se había atrevido á tocarla. Cuando volvió Carrasco á mi lado comprendí que todo estaba ya resuelto y que no había que hablarle más de un. asunto que le laceraba el alma. Guardé un silencioso respeto á su disgusto, y apenas cambiamos dos palabras hasta que un bote me dejó en tierra cuando llegamos al puerto. Hoy hace diez años de este hecho, y algo agradable ha venido á recordármelo. Esta mañana ha entrado en puerto la escuadra, y yo me he apresurado a ir á saludar á mi amigo Carrasco, que es capitán de fragata y viene de segundo de im acorazado. Mucho se alegró de mi visita, y cuando estábamos en su camarote comentando tiempos pasados le entregaron varias cartas que para él habían llegado en el correo. Le incité á que las leyese, y, despué, de haberlo hecho con una de ellas, nc la entregó al mismo tiempo que noté se le saltaban las í iágrimas. En ella pude leer, entre otras cosas, lo siguiente: ...y como mañana hace diez años de ese día, no quiero, mi comandante, dejar de recordarle, como todos, mi agradecimiento, porque gracias á usted me convertí aquella noche de un píllete que era en un hombre digno del respeto de sus hijos y de estrechar la mano de usted. Instintivamente miré á la firma para saber su nombre y, al notarlo Carrasco, me dijo para sellar mi boca: Te advierto que ese es el nombre de un hombre honrado y amigo mío. Y ese fué el único comentario en diez años al episodio de aquella encantadora noche de luna del mes de Mayo. ROBERTO LÓPEZ BARRIL, con potente voz y varonil acento: Marineros, hombres honrados á quienes tengo la dicha de mandar: entre nosotros existe un canalla ladronzuelo indigno de que le miremos á la cara; y como no es posible que la Virgen del Carmen, nuestra excelsa Patrc- na, permita que siga viviendo impunemente entre nosotros, se va ahora mismo á descubrir por su mediación el autor del vergonzoso latrocinio cometido anoche en este barco. Ordenó en seguida al condestable que cargase á presencia de todos el cañón en el que yo había visto efectuar la sigilosa pintura de la culata, y advirtió de la manera más resuelta y convincente que el cañón se dispararía cuando sobre él pu-