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r xi 5 S fi í 1- REGENERADO p R A el cañonero Caimán modelo de barcos de guerra, no por su gallardo porte ni por sus arranques marineros, que su vetustez ponía á prueba cuando la mar enseñaba las narices, sino por la organización y disciplina que había sabido imponer en él su comandante, mi amigo de la infancia, Paco Carrasco, teniente de navio de figura tan simpática y atrayente, que su solo aspecto predisponía en favor suyo á todos cuantos le veían, haciendo prever sus envidiables condiciones de hidalguía y nobleza que adornaban su corazón de marino, tan indiferente á la lucha con los elementos como sensible á los contratiempos de la- í ida. Tenía adoración por su barco y por su gente, y cuando por las tardes, sentados en la toldilla, platicábamos indiferentes sobre distintos sucesos, siempre terminaba la conversación refiriéndoixie algún episodio ocurrido á bordo, vanagloriándose de la candidez de la gente de mar, que destilaba honradez por todos lados, y del cariño que estrechaba á todo el personal de su dotación, demostrable en mil ocasiones, á pesar de los rigores de la ordenanza. U n día de los muchos en que yo iba á hacerle compañía y á gozar de esa puesta de sol que sólo comprenderán los que hayan contemplado la ocultación del astro rey sentados en la cubierta de un barco, aspirando esas ráfagas marinas que nos hacen comprender que el astro vivificante nos deja su savia al esconderse, cual madre cariñosa que deja á sus hijos acondicionados para devolverles con el nuevo día su maternal alimento; una de esas tardes en que iba á ensanchar mi alma con ese espectáculo y con la conversación siempre sugestiva de mi amigo Carrasco, me extrañó desde el primer momento su aspecto sombrío y taciturno, tan en pugna con el suyo corriente, jovial y campechano. -Algo anormal pasa hoy por ti- -le dije, -y puesto que repetidas veces me has dicho que soy uno de tus mejores amigos, y yo me he esforzado por llevar dignamente ese titulo, comunícame tus cuitas, que si á ellas no puedo poner remedio, nadie como yo ha de saber darte un buen consejo ó prodigarte un consuelo cariñoso. -T r i s t e cosa es no poder disimular en este mundo- -me contestó. -Verdad es que algo me pasa, algo que puede que tú consideres baladí, pero que para mí es de la mayor importancia. P o r otra parte, te adelantaré que es asunto que no necesita de tus consuelos y consejos y sobre el cual he tomado ya mi determinación, que espero ha de darme resultado, y que podrás apreciar si te decides á hacer hoy renuncia de tu teatro y tu casino y á pasar una noche toledana saliendo conmigo á la m a r dentro de dos horas. Vergüenza y pena me da el decirlo, pero no he de ocultarte á ti, á quien tantas veces he hecho las alabanzas merecidas por mi dotación, que anoche se ha cometido un robo en mi barco, y que el pensar que existe un canalla codeándose y haciendo vida común, con tanto hombre honrado me desconcierta y me hace pensar, cada vez que pasa por mí lado uno de estos buenos marineros, si será él el ladrón. Anoche le robaron un billete de veinte duros á un maquinista; y como por más pesquisas y registros que se han hecho no he conseguido dar con el más mínimo rastro, por otra parte, es insostenible esta situación de desconfianza, he determinado recurrir á un medio ingenioso que espero dé resultado dada a sencillez de esta pobre gente, y que, de ser así, me ha de descubrir al culpable. Acepté gustoso la invitación de mi amigo, que. á más del placer de una grata noche de luna en mar tranquila, había de proporcionarme la presencia de un acto que me impresionó tanto, que nunca se me ha borrado de la imaginación. Levamos anclas á las nueve y nos fuimos mar afuera, deslizándose el barco dulcemente por aquel m a r de plata cual sirena que se introduiese en un baño de hadas. Aquella noche espíen-