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Q u é me importa- -pensaba ella- -estar encer r a d a en casa, con tal de asistir á la procesión, tan elegante, que nadie conozca qvie soy provinciana. Todo llega para el que sabe esperar. Aurorita, loca de contento, brincaba como una chiquilla, i Qué preciosidad! En su vida había visto nada más bonito. Sin pérdida de momento se los probó. Debían haber equivocado las medidas; las faldas estaban muy estrechas. Si sus compañeras de fonda no la hubieran asegurado que aquello era lo elegante entre las que se visten á la moda, A u r o r a hubiera roto á llorar, creyendo que los vestidos eran inservibles. Con verdadera emoción se puso el más claro, se colocó la mantilla y salió triunfante. Su padre, que la esperaba en la puerta, disimuló el mal efecto que le produjo la silueta de su hija para no desilusionarla, y salieron á la calle. E n la escalera tropezó dos veces; se la olvidaba que era preciso andar con paso menudito. Como la tribuna, desde la cual pensaban presenciar el paso de la procesión, estaba lejos, quisieron tomar el tranvía. Empeño inútil; Aurora no podía subir sin levantarse la falda, y como eso no lo había de hacer ella, fué preciso desistir y resignarse á sufrir en silencio las bromitas de algunos transeúntes. Como los coches tienen el estribo, más bajo, quizá pudiese subir. Hicieron parar á u n o pero todos los esfuerzos resultaron inútiles; la falda no daba de sí. -P u e s vamos á pie- -exclamó el padre. Llegaron rendidos á la tribuna, la gente se agolpaba para coger buen sitio; Aurora, con la ligereza de los pocos años, dio un salto y... cataplún, la falda se rasgó de arriba á abajo. U n a ex- plosión de hilaridad llenó el espacio. Aurorita se desmayó, y su padre, pensando horrores de la hija del gobernador, decidió emprender aquella misma tarde el viaje de regreso. DE T I E N D A S I ndicaüísimo para las coquetas (pido perdón á la que lo use y no! o sea) Los manguitos de verano reúnen todos los detalles qu la mujer más presumida pueda desear. Son de encaje ó gasa, armada sobre liberty, del mismo color del vestido. En la parte posterior tiene un espejo ovalado y un pequeño bolsillo, con una cartera de piel (sujeta al bolsillo) que encierra polvos y borla. La poseedora del manguito, levantándolo con cierta gracia, puede mirarse con disimulo, y si ve que la punta de la nariz está encarnada, con un ligero movimiento se pasa la borla, y el defecto queda instantáneamente corresfido. p l pequeño escote, más reducido que el denominado de Virgen es muy bonito para estar en casa; pero para la calle, el cuello desnudo tiene siempre un no sé qué poco elegante. Los cuellos de tul blanco solucionan el problema; pero para llevarlo siempre limpio es preciso cambiarlo cada dos días. También esto está resuelto con los cuellos postizos, tan prácticos como bonitos. Se hacen de tul (en varias tiendas los he visto) con sus ballenitas y un volante plegado, lo suficientemente anchos pnra que cubra el pequeño escote. iJe esta manera se nuedcu tener las blusas escotadas y al salir ponerse el cuello, que, como no está sujeto por ningún lado, se quita en cualquier parte (de confianza) si molesta mucho. MUEBLES MODERNOS Juego de alcoba sencillo y elegante, del mas puro estilo alemán.