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ra en el alero de un tejado... No creía en brujas... pero en su jniebio de ella las había í ¡Las hama hijos míos... Y no una sola, como hierba rara nacida en el páramo; no una sola, ni dos, ni tres, sino cuatro, cuatro justas y cabales, y esto entre las conocidas y señaladas por auténticas jorguinas que Dios sabe cuántas serían ellas, ignoradas y de tapadillo. No gustaba mi abuela de levantar falso testimonio alguno ni de atentar contra la buena fama de nadie; librárala Dios de ello, que cristiana vieja era, y temerosa de Dios, creyente y sumisa oveja de la Iglesia; por esto, cuando ella limitaba á cuatro el núniero de las hechiceras de su pueblo, podía, como artículo de fe, creerse á pie juntillas que cuatro y no menos de cuatro eran las brujas de su aldea. Cuatro, y bien conocidas, y bien temidas, y bien respetadas; que el miedo guarda la viña, hijitos, y de menos nos hizo Dios. Cuatro, y no menos de cuatro. Conviene á saber: la Rcsmila, la Boniica, la Sacristana y la Emperadora. Solteronas empedernidas, mozas garridas y hermosas cuando los viejos de hoy eran mamoncillos, pavesitas encogidas y apergaminadas en la actualidad de aquellos tiempos, eran las cuatro magas tal para cual y como cortadas todas ellas por un mismo patrón para una misma medida. Beatucas y rezadoras- -para cubrir las apariencias, hijos, -bien negaban ellas lo de la brujería, jurando y perjurando- i el Señor nos libre! -que todo ello lio era más que habladurías y malos quereres de la gente; bien lo negaban ellas, aunque los canes, al verlas, ululasen arrufando, con la cola entre piernas y los pelos del lomo erizados como úas de puerco espín; bien lo negaban ellas, aun á los mismos á quienes proporcionaban untos y polvos, hierbas y filtros; bien lo negaban ellas... hasta que poco i poco, y una por una primero; y de pronto, y á toaas jumas á la vez después, se les descubrió el pastel de la nigromancia... ¡Negáranlo entonces, cuando las pruebas, i las pruebas! estaban en la mano... Una de ellas, la Rcsmila, la de los ojos turnios, con sólo un diente largo, larg o como un ijunzón, á un lado de la boca, saliente sobre el labio inferior, era la que apestaba los ganados con su colmillo maléfico... Salía de su casa á media noche, íbase al campo, se desnudaba, embadurnando sus carnes con un menjurje ya de antemano dispuesto y comenzaba á chillar dando vueltas en torno á la piedra Picudí. esa que hay sola y de pie clavada en medio de las Fuentes... y al poco rato se le alargaba el hocico, le crecían las orejas, le nacía hopo, se ¡jonía á cuatro patas y se convertía en loba... y aullando de un modo que causaba pavor, huía por los campos, saltaba los cercados, se metía en los apriscos, registraba los corrales... y harta ya de causar destrozos en los ganados que en ellos encontraba, regresaba á la Picuda, deshacía las vueltas dadas girando al revés que lo había hecho antes, se enderezaba, se le caía el rabo, se le achicaban las orejas, se le consumía el hocico, tornábase mujer, vestíase y, como si nada hubiera pasado, restituíase á su casa... Un pastor animoso topóse con ella una noche: encaróse con él la loba, enseñando los dientes, echando lumbre por los ojos; pero éste la descerrajo un tiro con un cachorrillo que llevaba y le rompió una pata. Siguiendo el rastro de la sangre fué el pastor al día siguiente hasta la Picuda, y desde allí, paso á paso, á casa de la Rczntila... y halló á ésta en la cama con una ienia rota y desangrándose por la herida. De. sde aquella noche vivieron en paz los pastores y viéronse libres de mal los ganados... A la Emperadora, otra vez, convertida en vampiro (un murciélago muy grande) la sorprendió un padre cnupándole la sangre á un su hijito, un pobre niño que amanecía siempre extenuado, con el cuerpecitq lleno de cardenales... Ya se sabia, ya, que lo chupaban las brujas, y hasta algunas veces lo habían sacado fuera de la cama; pero se ignoraba cuál de ellas era la causante del mal... Hasta que el padre del niño, puesto en acecho, lo descubrió una nochce. De un garrotazo quebró un ala al sanguinario animal, y al día siguiente líete aquí á la Emperadora con un brazo en cabestrillo. Cosa parecida les ocurrió á la Bonnca y á la Sacristana, y todo el pueblo supo ya á qué atenerse respecto á las malas artes de las cuatro viejas tullidas y derrengadas, manca una, patituerta otra, renca ésta, descalabrada aquélla por las palizas recibidas; pero como ellas negaban y negaban y explicaban á su modo las causas de sus mataduras; y como, además, no podía probárseles nada de lo ocurrido... pues brujas se quedaron y á sus maldades volvieron y aquel que les causaba el menor daño recil) ía en pago males y desgracias sin cuento; de modo que nadie se atrevía á meterse con ellas ni á molestarlas por temor á sus iras y á sus maleficios. Había por aque s tiempos en el pueblo un pescador llamado el Tern, buen hombre á carta cabal si el ser un poco borrachín no empaña esta hombría de bien. Erase el tal fo malote, honrado, serio y con gran fama de veraz en sus relatos, con los que entretenía á mozos y á viejcs al amor de la lumbre, pues eran ellos tantos, y tan variados y amenos, que i) or oírlos disputábanse las gentes un puesto en la ami) lia cocina del viejo pescador durante las largas veladas invernales, en las que el viento muge en la chimenea, la lluvia azota los cris -alcs y el mar rezonga alborotado en los rompientes. El Terne, en sus buenos tiempos de marinero, había corrido medio mr Hlo y la mitad del otro medio; y respecto á cosas estupendas y maravillosas, sólo os diré que él era uno de los pocos hombres que habían visto de vcrdací, de verdad, como yo ahora os veo á vosotros, á la misinísima S -renita de la mar, y aun creo que hasta había hablado con ella, con! a Scrciiita de la mar, natural de Santander que por una maldición te tiene Dios hecha un pez... Pues ocurrió que, estando cierta noche el Terne en su cocina rodeado de vecinos, á quienes embobaba con sus relatos, llamaron á la puerta con fuertes gol es y, acudiendo el pescador á abrirla, jíresentóse en escena un viejo lobo marino, diciendo: Terne, tu barca se ha soltado, y mar adentro camina talmente como sí se la llevase el Enemigo... El Señor nos libre! ¡Válgame Dios! ¡Una barca de lo mejor que había para la pesca... ¡Pues nada; que se h; ibía soltado, y que no estaba en e! varadero, y que no se columbraba por los mares! Perdida estaba sí al amainar el temporal no so topaba con ella dando tumbos por aquellas aguas de Dios. Y al amanecer del día siguiente, cátate á la barca del Terne en seco) bien amarrada donde mismo se la había dejado por la noche... Sí que era extraño aquello... Y aquello volvió á repetirse otra noche y otra y otra, y seguía desapareciendo la barca y volvía á aparecer amarrada á la madrugada siguiente. Allí andaban las brujas, no cabía duda. Pues el Terne, que aún lo era á pesar de sus años, se decidió á ver en qué paraban a uellas bromas, que bromas las creía él, de algún gracioso desocupado. Y, ni corto ni perezoso, al llegar la noche, y sin decir nada á nadie, se metió en su barca, reforzando? ntes las amarras, y ocultóse en la popa bajo un montón de redes. I- Iegó la noche, una noche clara, serena, con ancho lunar en pleno... El Terne era todo ojos y oídos; nada... Desierta la playa, tensos los cabos, la barca inmóvil... Dieron las doce de la noche en el reloj de la iglesia, y sobre la galleta de la antena de la embarcación se posó una lechuza, silbando quedamente... Un enorme murciélago enganchóse en la verg a... Un gato negro de ojos de topacio trepó por la armadura