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jar todos sus asuniua aii ijiáawbj cu jjiuvisiün de lo que pudiese ocurrir. Esperó que llegara la nociré y, cuando la casa quedó sumida en el más profundo silencio, se levantó muy despacito, descalza y en camisón de dormir, se sentó ante su mesa de escribir y, temblando de noción, empezó de esta manera: Un capricho de mi ami- ta me obliga á exponer mi vida; yo, siempre sumisa á su voluntad, me resigno á volar; pero como creo que me estrellaré, quiero repartir mis bienes entre mis amigos y compañeros. Mi ropa tiene que ser para Niní, que es la única del mismo tamaño que yo; el collar azul se lo dejo á Mari- Pepa, aunque á la pobre, como es tan fea, no le sentará bien sobre su cuello de cartón; la pelota y la comba, que se las den á Polichinela, para que vea que á la hora de la muerte le perdono lo mucho que me ha hecho sufrir, divirtiendo á Rosina, cuando estaba mala, más que yo- Mi peluca (espero que quedará ilesa después de la catástrofe) se la doy á Lully porque la pobre tiene muy deteriorada la suya, y, por último, la cama, quiero que sea para el mono, que, desde que vino aquí, duerme en ün rincón del armario. Se detuvo emocionada; enjugó las lágrimas que rodaban por su carita de porcelana y, con mano insegura, firmó: Bebé. Después se levantó y fué á dar un beso á todos los muñecos, con mucho cuidado para no despertarlos, y se acostó, sin conseguir conciliar el sueño. Al día siguiente, Rosina se levantó muy temprano y corrió á buscar á Bebé; la vistió de aviadora y bajó al jardín, donde esperaban sus hermanos mayores, con el aeroplano preparado para la ascensión. Bebé no veía de miedo cuando la sentaron en el aparato; contaba los minutos que la restaban de vida; pero comprendiendo que era preciso hacerse fuerte ante el peligro, apretó el volante y, fijando sus grandes ojos azules en el espacio, se dispuso á morir. Afortunadamente, en aquel momento llegó la madre de Rosina y, apresurándose á coger á Bebé, dijo á los niños: ¿No comprendéis que si el aeroplano da la vuelta, se hará mil pedazos la muñeca? Bebé dio un salto dé alegría, los niños protestaron; pero su madre prosiguió: Yo os haré un muñeco de trapo para la primera ascensión, y luego os compraré otro de goma, y así, aunque se caiga, no se romperá. Los niños aceptaron la proposición, y Bebé, aprovechando un descuido de Rosina- corrió á su cuarto y rompió el testamento, para que nadie supiese que había tenido miedo. Por la noche, cuando oyó relatar los progresos del nuevo muñeco, que se había caído cien veces y otras tantas había vuelto á sentarse en el aparato, sin tener que lamentar el menor desperfecto, suspiró, exclamando con amargura: ¡Quién fuera de goma! MARÍA DE PERALES. 218- ¡OH, EL SPORTD! CONCLUSIÓN 7. Dos meses estuvo c o n 1 a pierna entrapajada. 8. Cuando empezó á salir, le coge un auto y da fin de su vida. 9. Como era tan bueno, subió al cielo vestido y calzado. 10. En el espacio le alcanza un monoplano. 1 i I I I I íii II. Llama á la puerta del cielo y le dice á San Pedro 12. -Si aquí hay recreos de. portivos, ¡me voy al Limbo 1 -323-