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íJ. Í W í íi: r VT- -Í Darle vueltas á una silla... ¡no hablemos! Tocar durante un ensayo la campana... ¡más a ú n! Y no falta comediante que asegura que tal día, que, por broma, un chusco hizo sonar el terrible artefacto, se le murió la suegra. ¿Morir de mal de campana? ¡Qué r a r o! Si el billetaje ó los programas son amarillos, quiebra segura en el negocio. Tal ó cual cómico ó cómica declara terminantemente que no puede hacer determinada obra porque trae mala pata. Un conocido primer actor de los de risa se presentó un día en el ensayo con un camaleón vivo prendido en el chaleco. Yo, al pronto, supuse que aquello pudiera muy bien ser un símbolo de la variedad de su arte y, para asegurarme, le interrogué. -Lo he comprado- -me dijo- -porque en cierta ocasión en que adquirí uno de estos animales gané mucho dinero en un negocio. Cualquiera le convencía de que la influencia del camaleón era un mito. Y, por último, si queréis ser objeto de horror no tenéis más que nombrar en pleno escenario la... ¿lo digo? ¿Y por qué no, si ahora no estoy entre comediantes? La... pero no, ¡lagarto, lagarto! Para terminar, voy á referir un par de casos que, lejos de acusar ignorancia, proclaman ingenio, el ingenio propio de nuestros padres artísticos los antiguos histriones, y del cual, mal que nos pese, también necesitamos nosotros los modernos para sobrellevar los azares de una triste vida de arte. Se verificaba el estreno de una obra de época, á la cual sólo se le habían dado dos ensayos y no muy provechosos. Efecto de esto, durante el curso de la representación los cómicos estaban violentos, nerviosillos, y no hacían más que preguntar al segundo apunte: ¿Salgo yo ahora? Este se multiphcaba, corriendo de un lado para otro con el fin de que no faltase nada de lo necesario y estar pronto á su salida, pues también tomaba parte en la obra con un modesto, pero indispensable papel. Dilinjos de Medina Ver Por fin llegó el momento, y, antes de salir á escena, entregó al individuo que tenía más á mano el manuscrito que le servía para traspuntar. E r a este individuo un señor de la calle, ajeno por completo á la trama teatral, y creyendo que aquello carecía de importancia, lo tiró al suelo, desperdigándose profusamente las cuartillas, que, por la premura del tiempo, no pudieron ser unidas entre sí antes de dar comienzo la obra. Nuestro buen traspunte entra de escena, ve la catástrofe y se indigna, grita é insulta al causante de ella. En esto el tiempo transcurre, y el barba, que está en escena (y que representa el papel de rey) al ver que no sale el personaje debido, se queda callado. El apuntador hace señas desesperadas desde la concha y los artistas todos muévense azorados de un lado para otro, pues ninguno sabe á quién toca salir. De pronto, el primer galán grita á sus compañeros ¡Calma, calma todos, y seguidme! ¡Vamos á escena! Sale seguido de los demás y, acercándose al rey, le dice con voz clara y serena: -Señor, ¿con cuál de nosotros deseáis hablar? El barba comprende el ardid y, señalando al actor que correspondía, dice: -Con éste. -Pues bien, señor- -continúa el galán, -nosotros, entonces, nos retiramos. Se salvó el escollo, y mientras el traspunte pudo unir las cuartillas y continuar sin tropiezo la representación. Allá va otro caso: En un pueblo se representaba Ruido de campanas, pero, por lo reducido de la compañía, no había mujeres bastantes, y el director arregló la obra suprimiendo una de las niñas de la casa. Parece ser que en el público había un señorito que conocía la obra por haberla visto en Madrid; éste se lo notificó á otros varios, y allí comenzó la protesta y el alboroto. El director, hombre avezado á estas lides y de los que no se apuran por nada, salió á escena, y, enterado de la causa del conflicto, habló, y dijo tranquilamente Respetable público: es cierto que en Madrid se representa la obra con una actriz más; pero esto no es causa para querellarse. En Madrid el diputado de la obra tiene dos hijas, pero aquí no tiene más que una, y no veo la razón de por qué todos los diputados han de tener la misma cantidad de familia. ENRIQUE P O V E D A N O De nuestro Concurso. I, ema: Uno de Apolo