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tfjifeiHwj EL COMEDIANTE p 7 s el tipo más variado de la humana especie. Los hay sesudos, altivos é irónicos, y también los hay alegres, ocurrentes, decidores y algo pantagruelistas. El oficio de comediante es, sin duda, el más socorrido, y no precisamente por sus ganancias, que no son siempre tan pingües como se cree, sino porque á él se acoge más de un desesperado. Hay muchos individuos que no se consideran capaces de hacer una silla, por ejemplo, ó de pintar un cuadro, de tocar el violín, de componer un reloj, etc. pero no oiréis á uno que no se sienta capaz de representar en el teatro una comedia. ¿Y sabéis á qsé obedece esto? Pues á que el oficio de comediante no requiere, en general, estudio ni preparación de ninguna especie: se adquiere por la ciencia infusa. Esto no quiere decir (me guardaría bien de ello) que entre los actores no se encuentren personas ilustradas; muy por el contrario, los hay cultísimos, y me complazco en reconocerlo abiertamente; pero he de advertir que este honroso grupo no excede en proporción de un tanto por ciento... muy limitado. Eminencias hemos tenido en el arte escénico que ni sabían ni entendían una palabra de nada. ¿Comprendéis esto... ¿No... Pues yo tampoco. Decía un mi amigo que la cultura sirve hasta para pelar patatas Yo creo en la veracidad de esta máxima sencilla; pero creo también que si á los aludidos genios les hubieseis inculcado esta cultura, hubieran sido quizá menos genios. Si en la escena todo ó casi todo es efectismo, es aparatoso, es de relumbrón, es tm algo que mira siempre á la caricatura, es indudable qite el exceso de ilustración ha de coartar la labor del artista, creando en él la verdadera conciencia de lo real y de lo verdadero y acercándole al supremo arte la vez que lo aleja del público. á Esto no quiere decir, y lo repito, que no se puese da ser á la par actor y persona. Hay, sobre todo, un cargo en el teatro que no se puede desempeñar dignamente sin poseer vastísimos conocimientos: el cargo de director de escena. La falta de esta sabiduría ha dado siempre lugar á divertidísimos sucesos. Y alguno voy á referir, por ser el objeto principal de este articulo. Ensayábase en una compañía la zarzuela de Sinesio Delgado y el malogrado maestro Chapí Quo vadis? y al llegar el cuadro en que aparece Nerón rodeado de su corte, el director de escena comenzó á distribuir su compañía de la forma á su ver más conveniente para el mejor efecto escénico. -Aquí- -dijo- -se colocarán las damas, aquí los nobles y á este otro lado los quo vadis. El pobre hombre creía, sin duda, que Quo vadis? era la designación de algún Cuerpo especial del ejército romano. Pues allá va otro: En una compañía que actuaba en provincias á las órdenes de un primerísimo actor, muy apegado á la Rambla de Santa Mónica, se leyó La patria chica para ser puesta en ensayo y estrenada en breve. Parece ser que la obra no satisfizo mucho á la asamblea comiquil, avezada sin duda á saborear las excelencias de cuatro engendros teatrales; pero á pesar de todo, y quizá á falta de otra cosa mejor, dieron principio los ensayos. El más contrario á la obra era el actor primerísimo antes aludido, el cual un día, no pudiendo ya contenerse, dio un vigoroso puñetazo sobre la mesa y dijo en castellano inuy dudoso: -Yo no sé por qué disen que esta obra es tan güeña y que ha gustado tanto an Madrit. Es mala y miiy mala! Hombre, don Fulano... -se atrevió á interrumpir otro comediante que no era tan primerísimo, pero que tenía más sentido común. ¡Nada, lo dicho! -atajó el director. ¡La obra es mala, y lo pruebo! Y si no, véase la errata del final. (Ojeando. Dise el libro: Eso no me lo impide á mí ni usted ni Palafox. Y no es Palafox, porque la acsión es en París i es Bonafoux! Como los dos casos apuntados pudieran referirse rnuchos más, acusadores todos de una ignorancia supina y lastimosa. Hay otra cualidad, negativa por supuesto, que llena de zozobras la vida del comediante: la superstición. Sentarse en una mesa ó en la concha del apuntador acarrea terribles desgracias.