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ensillase la blanca jaquita que le había regalado Ambrosio en la celebración de su cumpleaños. Luego que se cumplió su deseo, encaminóse el cortejo á la iglesia de San Clemente, cuyas ruinas románicas aún son hoy la admiración de los viajeros. Tomás, desde lo alto de su castillo, vio desfilar la cabalgata y, vacilando entre la resolución de vengarse de su rival ó la de enterrarse entre los muros de un convento, dirigía miradas fijas y siniestras, cuando un incidente extraordinario vino á distraer su melancolía. En el momento mismo en que el cortejo había llegado á las puertas de la iglesia, el corcel de Zulima, que hasta entonces había llevado un trote rítmico y dulce, se encalabrinó de súbito y, derribando á todos los que se le aproximaban, emprendió un galope desenfrenado con la suave carga que sobre sí llevaba. Todos los caballeros se lanzaron en su persecución, pero en vano. Primeramente se dirigió hacia el río de Viroña, que por allí cruza, y Zulima, sin escuchar los gritos de Ambrosio, hostilizaba á su olanca jaquita para que se precipitase en las aguas turbias delrio. El fiel animal, cuando hubo llegado á las márgenes, se volvió bruscamente y emprendió una desaforada carrera en dirección del castillo de Viroña que se yergue sobre una escarpada roca... Tomás apenas tuvo tiempo á descender el puente levadizo para recibir en sus brazos á su adorada, oue de tat milagrosa manera llegaba hasta él. Lágrimas de felicidad inundaban sus semblantes; y sin decir palabra, enmudecidos por el secreto de amor que uno y otro guardaban en su pecho, abrazábanse sollozando... Después que ce hubieron abandonado á los vivos transportes de su felicidad, Tomás ordenó que se cerrasen las puertas, se artillasen las barbacanas y se pusiese el castillo en estado de defensa, porque presumía que los caballeros de la comitiva nupcial no habrían de tardar en sitiarle. Vanos fueron sus preparativos; el cielo se había declarado ya en su favor, sin darle lugar á recurrir á sus bríos guerreros. Pocos minutos después de la llegada de Zulima al castillo, su padre, gravemente herido al caer del caballo, fué conducido exánime en una litera ante las puertas de la torre de Viroña; pidió que se le dejase entrar como amigo y, entre los estertores de la agonía, bendijo una unión que el mismo Dios protegía con tan milagrosas señales. La promesa hecha al caballero de Berdicio acababa de anularse por la muerte del privilegiado. La barca que había transportado minutos antes á Rosendo, volvía ahora con el cadáver de Ambrosio, engalanado para las bodas. Al perseguir, lleno de salvaje y ciego ardor, las huellas de la jaca de Zulima, el desgraciado habíase precipitado desde lo alto de una roca, junto con su cabalgadura. El río recogió, piadoso, su cuerpo inanimado... Una sencilla inscripción, grabada en el atrio 4 e San Clemente de Berdicio, conmemora el milagro. ANDRÉS GONZÁLEZ- BLANCO. Dibujo de Méndez Bringa. 1 2 3 4 5 6 7 8-