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FILOSOFÍA BARATA LOS GRANDES PROBLEMAS y ODo el mundo los conoce: son e! problema de las subsistencias, el de la emigración, el de la cultura, el problema religioso, el de la sequía, el de las casas baratas... Sin ellos seríamos felices; con ellos... también lo somos, porque nos dedicamos á estudiarlos á fondo- -lo cual siempre es una distracción, -en la seguridad de que no hemos de acertar con la solución. ¿Quién no se ha preocupado alguna vez con el contenido de uno de esos magnos problemas, aunque fuera en el entreacto de una ópera ó en las horas tenues y suaves de la digestión? A quién no le han quitado el sueño por lo menos una vez al año? ¿Y á quién no le ha hecho dormir las más de las veces la lectura de los discursos y Memorias en que se proponen medios infalibles para el remedio de estos males? Fin estado latente, esos problemas no nos abandonan nunca; pudiera decirse que, habituados á vivir con ellos á cuestas, acabamos por no darles más im ortancia que á un par de botas ó á una obra de cine. I ero de vez en uando uno de ellos se agudiza- -la frase es acabada- -y es necesario acudir con remedios urgentes, de prisa, azorados, como quien va á tomar un tren que ya empieza á escaparse por las agujas de la estación: al llegar este caso se echa mano de todo; generalmente se comienza por enviar al lugar donde el problema se ha exacerbado un individuo de altos jircstigios sociológicos, con maletas bien provistas, ara estudiar á fondo la cuestión, aunque para ello tenga que bajar al abismo de una mina ó ascender en aeroplano para mirar en conjunto la situación; después- -ya de regreso, -este individuo redacta una Memoria llena de cifras y de faltas gramaticales; más tarde, el ministro del ramo hace como que se lee esa Memoria, y, agotados ya todos estes paliativos eficacísimos, se acuerda por último enviar algún dinero- -esto siempre es lo último- -á los pueblos y villas más castigados por la plaga; este dinero süe en emplearlo los Ayuntamientos favorecidos en organizar unas magnificas ferias, con sus corridas de tres espadas, y con el júbilo ele los festejos se olvida lo otro, á lo menos por unos días. El festejo es la cocaína de dolor, ha dicho Moncayo. Hace pocos años hallábame yo en la capital de una comarca levantina, donde la sequía es endémica como el caciquismo; allí no llueve ni en el día de Difuntos, En la fecha á que me refiero hacía veinte meses que sobre los tristes campos no caía ni una gota de agua; la miseria se hizo trágica, y los voceros de la opinión comenzaron á tocar á rebato, ccn la esperanza de que los toques llegasen á oídos de! ministro de la Gobernación el Ayuntamiento de la capital organizó unos Juegos florales con la piadosa esperanza de que las poesías de los vates locales atrajesen la ira celeste en forma de temporal deshecho. Pero no fué menester tanto: el paternal Gobierno de Madrid oyó las quejas de aquellos subditos levantinos, se conmovió ante el cuadro de miseria que la Prensa local relataba y tomó el concabido acuerdo que es indispensable en casos tales. Un; buena mañana apareció la siguiente grata noticia en los rotativos de la capital: Expresamente comisionado por el ministerio de la Gobernación, con el fin de estudiar á fondo el problema pavoroso de la sequía que desde tiempo inmemorial viene asolando á nuestra querida tierra, llegará en el correo de mañana, procedente de la corte, el insigne sociólogo y célebre hombre de ciencia Pancho Suárez, tan aplaudido siempre en cuantas informaciones de esta clase lleva realizadas. El Sr. Suárez estará entre nosotros cuarenta y ocho horas, y en ese tiempo piensa reunir un arsenal de datos tan copioso, que habrá que reírse del arsenal de la Carraca; ellos serán indudablemente el principio de la salvación de este pobre pais, verdadera Cenicienta de las regiones españolas. Sea bien venido el ilustre sociópala á esta tierra hidalga, donde los hoteles no son muy caros que digamos. Dejando á un lado lo de sociópata, que á todos nos