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mim ER mismñ. mil PAGINAS FEJVIENINAS CRÓNICA DE PARÍS AlIE. COLES 1 1 DE JUNIO a presente estación, hasta ahora, no ha producido muchas novedades en general; pero en detalles ha sido bastante pródiga. Las so- mbrillas son las cjue más variedades nos ofrecen. E n los primeros días de la estación trataron de volver á lanzar las de terciopelo Cjue conocimos el año p a s a d o empeño inútil, porque nunca fueron bien recibidas. Z E parece muy lógico, porque su Ve aspecto es extraordinariamente lourd. En cambio, las que tienen terciopelo- solo como adorno, son muy bolitas. Algunas de las más originales merecen ser descriptas. Uombrellc- dome, de seda blanca, cubierta de gasa negra con un borde ancho de terciopelo negro, es elegantísima. Este mismo modelo, Steclio con tulle ferié cncadré, de muselina de seda, resulta también muy bonito. Tenemos además la somh. rilla 1830, de seda negra y gasa blanca plegada. O t r a de voil formando grandes jaretas, la sombrilla classique con liséré de terciopelo negro rematado en un lazo- y, or último, la sombrilla blanca con aplicaciones de terciopelo formando fantásticas silhonettes de ájaros é insectos. Estas seguramente serán las jjrcferidas durante una qtiincena, hasta qtie se generalicen y se hagan imitaciones de poco coste. Si las sombrillas, con alguna modificación, se limitan á reprodticir lo mismo que se nos ofrece desde hace dos años, los uños, por el contrario, tienen, una originalidad de muy Iraen gusto, y reflejan, como todo, la predikcción por lo blanco y negro. He visto una, cuyo mango es d; una blancura inmaculada, coronado por voluminosa bola negra. Iviuchas tienen el palo lodo forrado de terciopelo ó de raso negro con el puño de i) lata. Dicen ciuc es el colmo de lo elegante, y yo no me atreveréá decir lo contrario; pero las encuentro dos grandes inconvenientes: primero, que con el contacto de la mano el terciopelo se rozará muy pronto, y segundo, qtie los guantes se ensuciarán á los cinco minutos de coger la sombrilla. Prescindiendo de esto, puedo asegurar que me han gustado. Después de escritas estas líneas, se me ocurre que todo el tiempo dedicado á las sombrillas, es Liemiio perdido, porque realmente este año van á engrosar el número de las intttilidades. Eos sínnl) rcros, cada vez mayores y encajados I hasta las cejas, constituyen el mejor preservativo contra, el sol. Alguna ventaja habían de tener; ya que quiten esbeltez á la figura y oculten el pelo, uno de los más bonitos adornos de la mujer, al menos preservan su cutis de los estragos del rey de los astros. Exceptuando esta ventaja, merecen, por todos estilos, la más cruel oposición. Son antiestéticos y obstruyen por completo la circulación, aun en los salones esíjaciosos, y no di. go nada, cuando en sentido inverso se encuentran dos sombreros en una puerta. El conflicto es nremediable. LA CONDES. A D ARMONVILLE. LA COQUETERÍA EN EL SIGLO XVill p 1 arte de pintarse y la pasión del colorete era general en Francia antes de la revolución. Las mujeres se pintaban casi desde la infancia, y, lo mismo en la calle que en la corte, era difícil encontrar una cara sin carmín. No satisfechas con esto, las coc uetas idearon, para realzar los atractivos de sus fisonomías, ponerse lunares de seda ó terciopelo negro, que recilneron e; nombre de moiichcs. Desde el primer momento de su aparición gozaron del favor de las damas y sirvieron íie tema á mil poesías galantes. fin e! reinado de Luis XV, la m. oda traspasó los límites de lo absurdo, llegando á recortar los lunares imitando la luna, el sol, las estrellas, personajes y aniviiales. Algunas veces llevaban en 1 a cara un museo de Üistoria natural. Colocar los lunares era una verdadera ciencia, y muy pocas sabían estudiar y encontrar el sitio donde diese á la fisonomía cierta gracia picaresca. Una dama perteneciente a la nobleza se hubiese creído humillada sin siete ú ocho lunares sobre su lindo rostro. Todos tenían su nombre. Apasionado, el qne se colocaba al extremo del ojo izquierdo; coquetería, sobre los labios; atrevido, sobre la nariz; galante, en medio de la mejilla, y otros varios. Los austeros moralistas de la épcca se indignaban con estas fantasías. El severo Fítelieu no fué suave juzgando estas frivolidades contemporáneas, y declaró que todas aquellas que se cubrían de moiiches, las tenían en número mucho mayor dentro de la cabeza. Pero la mujer, persistente en su ca. pricho, no sólo sostuvo la moda de los lunares, sino que la hizo extensiva á los hombres, y no tardó en generalizarse entre los aristócratas empolvados. -1 2 3 4 6 7 8