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y mientras dábamos buena cuenta del refrigerio ¡reparado por los colonos, Pascual, con su arte insuperable, nos contó lo siguiente: -Todos ustedes están hartos de oir hablar de concertistas y de virtuosos. Pues ríanse ustedes- -Pascual preconiza la risa; es su recomendación eterna, -ríanse ustedes del coloso Rubinstein, del monstruo Rosenthal, de las manecitas de damisela de Albéniz, de la locura de los dedos ae Sarasate, cuyas manos, si Paganini las tenía de orangután, debían de ser, por lo menos, de gcrih... -Suponiendo que el gorila y el orangután tengan manos... -Bueno, suponiendo todo eso... Ríanse ustedes de Saüer, de Paderewski, de isay, de Kubehck... -etcétera, etc. Pascual... -Etcétera, etc. señores, al lado del pnmer t. oncertista ¡del mundo! ¡Vaya! Casáis... ¡Puf i- -Granados... ¡Puf! -Manen... ¡Puf! ¡Puf! Vidiella? ¿Arbós... ¡Tárrega! ¿Tárrega? -Tárrega, Tárrega, señores; el de la guitarrilla. Tárrega, el coloso de la vihuela; el modesto, el humilde, el sencillo Tárrega... El primer concertista, c oncertista, ¿eh? ¡del mundo! Lo que ustedes oyen: ¡del mundo! Señores: ¡que yo he oído múcica... ¡Que j o sé lo que son virtuosos... ¡libéranos, Dómine! ¡Que yo sé lo que es rascar tripas y aporrear teclas... ¡Que yo he dedicado un artículo á un profesor de bombo y platos, platillos! Mirko, el rey de los címbalos, que, por cierto, tenía la misma cara del beato Fr. Diego José de Cádiz, el apóstol de Andalucía... ¡Una maravilla, señores... Pues yo les aseguro á ustedes que Tárrega- ¡pobrecito Tárrega, muerto poco ha! -era el primer concertista ¡del mundo... Tárrega tenía un amigo íntimo, el Sr. Catarineu- -un Catarineu que no quería ser oriundo de Igualada. -Vivía este caballero en San Gervasio, en una de esas lindas torres dormidas á la sombra del Tibidabo. La torre- -cela va sans diré- -tiene un pequeño jardín, y en este jardín de esta torre, xárrega, lejos de las indiscretas miradas del público, de aquel público que cuando pasaba de media docena de personas ya lo cohibía y lo enojaba, á solas, pues sus amigos, que adoraban en él, suspendían hasta la respiración por oírle, daba el artista rienda suelta á su inspiración ardiente, á su dedos magos y á su gusto exquisito, insuperable, quinta esencia del arte más puro y más acendrado que puede concebirse... Tocaba Tárrega... y ríanse ustedes de dificultade: vencidas por su inexplicable virtuosismo; ríanse ustedes de sonoridades inesjiíeradas, incomprensibles; de armonías celestiales, de motivos escabrosos, de magistrales resoluciones... Y después de un atracón de lo alto, de lo elevado, de lo profundo- -tapiz de Santa B á r b a r a sobre cartones de Goya, -venía la sorpresa de una lluvia de oro y de pedrería, como cohete que se desgrana en gemas y en luces, con aquello de: -Yo soy el pato. -Yo soy la pata... que entre sus dedos eran encajes Buranos, cincelados de Benvenuto, filigranas de Bizancio, esmaltes de Sevres... Créanme usteder. Oir á Tárrega, á Tárrega íntiniO á Tárrega absorto, e poi moriré... Y cuidado, señores, que á mí la guitarra me gusta en Zaragoza ó en Sevilla: punteando una jota bravia y potente, ó rasgueando unas seguidillas jacarandosas ó un tango... apocalíptico... Una tarde escuchábamos arrobados al maestro. En el fondo del jardín había una pequeña cascada, por la cual se derramaba un hilo de agua que gorgoroteaba en un menudo estanque. Sus rumores agradaban á Tárrega y su frescura érale grata á un perro, á un perrazo de Terranova que allí jadeaba, buscando alivio á los estuosos ardores... Nosotros nos hallábamos á la entrada del jardín, á la sombra de un emparrado... Tárrega tocaba como los propios ángeles; nosotros, embelesados, lo escuchábamos sin respirar apenas... y entonces, entonces vimos una cosa que hizo c ue nos estremeciéramos conmovidos... El perro, lentamente, blandamente, sin producir el menor ruido, agachado, casi con el vientre en tierra, dejó la cascada, atravesó el jardín, llegóse á nosotros felino, silencioso, colocóse frente al maestro, apoyó una pata en la silla en que éste se sentaba, estiró el- cuello, alargó la cabeza, sacó la lengua y suavemente, con suavidad de pluma que acaricia, lamió la mano á Tárrega, aquella mano que, desmayada y lánguida, arrancaba á la vieja guitarra un mundo de armonías celestiales... Cesó la música y se acabó el encanto... ¡ürfeo lloraba... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méiides! Tringa. -2 3 4 5 6 7 8-