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ta, en el cochecito humilde del humilde San F r a n cisco, pedibus andando, que es tanto como decir que subiríamos á pie. Y así lo hicimos, cansadillos, sudorosos, pues el calor se dejaba sentir de lo lindo, aunque ya tramontaba. Contábamos aún con los esplendores del dilatado crepúsculo vernal, del entrelubricán sereno y plácido, del tibio y luminoso atardecer sanjuanero, y, como adehala, con las plateadas lumbres del ancho lunar, que ya se aprestaba á dejar su lecho de espumas empinándose sobre el m a r en noche de plenilunio. Llegamos arriba, arriba, á lo alto del montículo, aplastado por la dilatada meseta, ornada de viñas y de algarrobos, entre los cuales surgía el oratorio del Amparo. Bien merecía aquel espectáculo las penalidades de la ascensión. Estábamos en lo alto, en lo más alto, con el cielo de pálida turquesa sobre nuestras cabezas. A nuestro alrededor extendíase el vacío, cual si encaramados estuviésemos junto á la gobierna de una t o r r e á nuestros pies, y lejos, sin aparente punto de uniór, con nosotros, desparramábanse caseríos y masías, diseminados por el m o n t e más allá, hundiéndose en los dorados arenales, se desgranaba el pueblo, enjabelgado, radiante, y en el fondo, el m a r infinito cambiaba su eterno beso de enamorado con el infinito cielo, y al conjuro de este beso de amor brotaba la luna como fruto de oro cuajado entre los labios amantes. Aspiramos con fruición aquel aire fresco y regalado; nuestros ojos descansaron dulcemente en las blanduras del admirable panorama, y nuestras almas saborearon las mieles de aquel ágape de belleza. Vivimos unos instantes más arriba de la tierra grosera, suspendidos en el espacio por inexpHcable fenómeno de levitación, ingrávidos, etéreos, espirituales... y, tras hondo suspiro de reacción, volvimos en nosotros y nos hallamos nuevamente amarrados al terruño, encadenados á la materia, como el azor á la percha, aherrojados, ostentando, como el halcón albardillador su capirote, nuestra ridicula caperuza de reyes de la creación. Nos dirigimos á la ermita. Del vetusto castillo señorial sólo quedaban en pie algunos carcomidos Henzos, una torre desdentada, las arcadas esbeltas de un patio gótico, en las que el encaje vivo de la hiedra y del jaramago borraba el muerto encaje de piedra de algún alto ventanal pulido, de alguna puerta ornada por labradas ramas de acanto. Ruinas augustas ante cuya contemplación bajábamos la voz, dominados por el respeto. Con nosotros venía- -mejor dicho: con él é invitados por él íbamos nosotros- -el propietario de todos aquellos contornos, el descendiente de los cien señores que fueron del castillo, no muy sobrado de doblones, pero pletórico, emborrado de pergaminos, de títulos, de derechos, de preeminencias. Patrono era del santuario, que á sus expensas se sostenía, y, ya que no bajo palio, entró en la ermita bajo el dosel de las serviciales reverencias del ermitaño y de las gentes de la masía levantada con las ruinas del castillo. El rajado címbalo de la espadaña, con cansadas voces de júbilo, dábanos á todos la bienvenida. H e de decir algo de nuestros compañeros de excursión. Don Juan Bonfill, gran señor, corpulento, magnífico, con sus brillantes cabellos en crencha partidos por gala en dos, para mayor decoro de su occipucio; hábil causeur, exquisito catador del arte de Apeles y furibundo canófobo. N o t -ansigía con los perros... ni en calderilla. Don José María Pascual, una de nuestras primeras autoridades en el divino arte amansador de las fieras; refinado gourmct con ribetes de yourmand, y el primer conversador de España y de sus arrabales. E n alas de Orfeo, un encanto; en brazos de Morfeo, una desesperación. N o dormía nunca, acaso porque se dormía siempre. Y Laureado Barrau, Eaurcano, el pintor de la luz y del ambiente, á quien nos traducen los gabachos para ofrecerlo á nuestra admiración; recio, menudo, vivaracho, con cara de neblí, azorante, aquilino; siempre á caza de manchas lum; nosas y á la husma de eacliarros desportillados para su delicioso estudio- -museo de Caldetas reclinado en los áureos arenales, besado por el mar, acariciad) por la fronda. Con Laureado venía Ñero, inmortal, como el caballo de Caligula, si no por decreto augusto de su dueño, por virtud de los mágicos pinceles de su amo. Al loco voltear del esquilón cascado. Ñero se conmovió intranciuilo, desasosegado, inquieto, prorrumpiendo en aullidos engolados, en ladridos furiosos, rezongando amenazador, a r r u f a n d o fiero. Bonfill puso pies en pared. ¡Eh, Barrau! ¡El p e r r o ¡Este perro! ¿N o ve usted lo que hace este perro? ¡D e m o n i o yo creo que rabia! i Estos son síntomas de r a b i a -Bien pudiera ser- -contestó, solapado, el ilustre pintor, conocedor del flaco de nuestro amigo. -Días ha que le noto algo extraño... No bebe... morüisquea al aire... Berta me aseguró que lia sido mordido por otro can, muerte después á tiros por los carabineros... H a b r á que observarlo... ¿Observarlo. Oué dice usted de observarlo... ¡H a b r á que matarlo inmediatamente... ¡Yo que usted lo dejaba para ahora mí. snio... i Jjiantre, no j u g u e m o s! ¡Sujételo, átelo, amárrelo... ¡Ñ e r o taissez- vous, Ñero! Vene: ici, tout doucettement, Ñero... Y Ñero, obediente, sumiso, callóse, y todo dulcemente, despacito, hopeando, acercóse... no á su dueño, sino á Bonfill, ciuien dio un esguince de costado, como si lo amenazase el amurco feroz de un toro de seis hierbas... -E s el ruido del esquilón lo que le altera- -dijo Barrau, tranquilizador. -Los perros tienen el oído sumamente delicado, cualquier sonido ingrato los mortifica... ¿Q u e si tienen el oído delicado? -exclamó Pascual, quien, por casualidad, aunque caminaba, n o dormía. -Yo les referiré á ustedes una anécdota, que Bonfill conoce perfectamente, que les demostrará hasta qué punto es el perro sensible á la música. Ya saben ustedes lo que se dice de O r f e o -i Sí, hombre, s í ¡E s o es del p r e p a r a t o r i o! -B u e n o pues dejem. os á un lado aquello d e Larve! ¡No! Fiirie! ¡No! del portentoso Glük, y óiganme ustedes... Pero cenemos, Inés, si te parece, primero.