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rf fer r T x V vV -s- WE. tos de la hisriene y satisfacen además los nunca olvidados anheios de su innaia coquetería. Al salir Eva del baño, húmedas aún las rosadas carnes, se dirigió á un armario secador y en él se introdujo, saliendo al cabo de unos cuantos segundos con el cuerpo completamente seco. La absoluta carencia de humedad y la temperatura relativamente elevada del aire encerrado en el armario habían realizado la operación en que antes se empleaban toallas y sábanas de incómodo manejo y de dudosa limpieza en ocasiones. Luego, frente á un espejo, colocó en su cabeza una preciosa peluca de cristal hilado, mirándose complacida. El arte suplía la imperfección de la estatua y ésta se coronaba con una cabellera espléndida, de hilos finísimos, peinada con máquinas especiales conforme á los dibujos diseñados por artistas impropiamente llamados peluqueros, en recuerdo de los antiguos artífices del arte peluquerií. Como era la estación de verano y apretaba el calor, fué breve y sencilla la tarea de vestirse Eva. Un traje interior de celulosa sintética, ceñido a! cuerpo y cubriéndole desde el cuello á los pies, como malla de teatro, y una amplia túnica griega, eran la ropa necesaria y suficiente para que una elegante de aíjue líos tiempos pudiera presentarse en público. El corsé que usaban las mujeres en épocas anteriores era ya por el siglo XXII un artefacto ortopédico, sólo empleado por prescripción facultativa. El masaje hábilDibuJD de Regidor. mente aplicado y la gimnasia científicamente dirigida concurrían con otras prácticas higiénicas á moldear el cuerpo femenil, dando tersura á las formas y rigidez á los músculos, sin que la clásica armazón de ballenas y aceros fuese necesario apoyo de flácidas exuberancias. Eva, joven y esbelta, no necesitaba de tales aparatos y combinaba, con elegancia suprema, en su vestir el traje ceñido y absorbente que impide el enfriamiento con la túnica griega, de clásicos pliegues, hecha para marcar de un modo honesto y bello las líneas de la escultura humana. Vestida ya completamente, pasó Eva al salón de su departamento y consultó el magnífico cronómetro electro- magnético que pendía en una de las paredes y señalaba las doce menos dos minutos. Abrió luego un armario de reducidas dimensiones, y dando vuelta á una manivela, vio surgir ante sus ojos el espléndido panorama de un cielo azul, con escasos manchones de nubes aisladas, surcado por innumerables aeromóviles en todas direcciones y á todas las alturas, hasta la de 2.000 metros, en la que eran contadísimos los que se arriesgaban. Una escala, movible á voluntad, indicaba al observador la distancia exacta á que se hallaba cualquier aeromóvil, la dirección de su movimiento y su velocidad en todos los instantes. De este modo pudo distinguir Eva fácilmente el carruaje aéreo de Jhon Wilson dirigiéndose en línea recta y con una velocidad de 250 kilómetros por hora al lugar de la cita. Apenas tuvo tiempo la joven para abrir una puerta, entrar en un ascensor y llegar velozmente á la espléndida terraza del edificio en que vivía, cuando Wilson, dando una magnífica virada que lo acreditaba de aviador habilísimo, llegaba á su presencia. Ambos prometidos (pues ya puede dárseles este nombre) s; saludaron con efusión y descendieron al departamento de Eva, entrando en su salón y tomando asiento en urí. cómodo diván. A los diez niinutos quedaban perfectamente establecidas las condiciones del contrato matrimonial, y ambos jóvenes se entregaban á deliciosas confidencias y se entretenían en vaga y encantadora charla bosquejando proyectos de viajes, á los últimos rincones del planeta y cuadros ideales de su existencia futura, prolongando con la imaginación más allá de lo lógico y razonable la época feliz de la vida en que alumbran alegrías no interrumpidas del naciente hogar los rayos misteriosos y acariciadores de la luna de miel. AGUSTÍN A L F A R O P e nuestro Concurso. Lema: I. umen