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s I MI- U N A llODA JA LL blCiLÜ 1 ÍTi S L lllCIlIilct, ct c u i La. U i O L d u C i a Uk l a- ya- Ld ijiiiLiincto Uiía silueta esbelta de mujer en plena juventud aparecía bajo el follaje de la arboleda. -Necesito hablar con usted á solas y por eso me ft permitido llamarla en este momento. -Pues aquí me tiene por quince minutos; ni uno más. Mis deberes deportivos no me conceden más tiempo para esta conversación. -Son suficientes para lo que he de decir á usted. Creo que nos conocemos hace tres meses y tres díasEn ese tiempo la he suplicado que adquiera informes acerca de mi persona. Y usted los ha pedido acerca de la mía sin que yo se lo haya rogado. -Exactamente. Y como soy tan resuelto en mis acciones como conciso en mis palabras siempre que se trata de un asunto importante, voy á decirla en ei acto el propósito que me guiaba. Cuando vi á usted por primera vez en su casa de la calle 547, hacía quince días que me había divorciado de su buena amiga Edith Morgan. Después de nuestra primera entrevista comprendí que podía ser feliz casándome con usted. Adquiridos los informes que juzgué convenientes y superando lo real á lo imaginado, decidí proponerla un contrato de matrimonio. Usted verá si la conviene aceptar mi proposición. ¿Por cuánto tiempo? -Por un año, renovable á voluntad de ambos. -Me parece aceptable su proposición y la acepto. ¿Cuándo quiere usted casarse? -Dentro de cinco días. -Está bien. Mañana, á las doce, esperaré á usted en mi casa, y allí arreglaremos los preparativos de la boda. Hasta mañana. Cesó de hablar la joven y se desvaneció su silueta como fantasma en el viento. El lector habrá adivinado fácilmente que Jhon Wilson, el interlocutor de Eva Swan, no hablaba con ésta en persona, sino con su imagen, producida en el espacio por un aparato, tele- foto- fónicQ- in- alámbrico, última perfección en el siglo XXII de la telegrafía sin hilos que empezó á co nocerse en el siglo x x aparato que permite ver la persona ausente y oír, su voz, sin otra comunicación que la de sutiles ondas electro- magnéticas, para las cuales no hay distancia en la tierra que debilite su intensidad ni obstáculo que las desvíe de su rectilíneo camino. Cuando Eva Swan salió del baño, en traje análogo al que usaba su célebre tocaya para recorrer los espléndidos jardines del Paraíso terrenal, no semejabciertamente á las estatuas del arte griego, á pesar d sus formas esculturales. ¿Quién ha visto, en efectc una Venus pelona? ¿Y quién ignora que la desboj dante cabellera de las mujeres antiguas, receptácul de toda clase de gérmenes infecciosos, fué, en el sigl xxi severamente condenada por la ciencia y riguro sámente prohibida por la ley? Por fortuna, las mo dernas pelucas d e cristal hilado, primorosamentt construidas y teñidas además con todos los matice? propios del humano cabello, resolvieron el grave con flicto surgido entre la estética y la higiene. Desde entonces, las mujeres se rapan la cabeza como los hombres; pero la cubren luego con un artístico capacete de cristal hilado, perfectamente esterilizable. Admitida la substitución, todas las mujerec- convienen en que salen ganando; por cuanto ahora pueden cambiar el color del pelo cuando les viene en gana, armonizándolo con el del vestido; así cumplen los precep-