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lo, ha de añadirse que su carácter, aunque brusco y algo imperioso, como de guerrero, era en el fondo apacible y dulce. La educación esmerada que recibiera había inculcado en él sentimientos imborrables. Habitaba un castillo de los más arcaicos y llenos de señorial prestigio en toda la costa cantábrica. Aun hoy se divisan desde la blanca carretera de Contrueces sus almenas en ruina y su portalada, que orna el familiar blasón. Se enamoró de María Garcillano, doncella rica y hermosa, castellana de los alrededores. Y dotado como estaba de excelentes prendas, fué gratísimamente correspondido por la gentil María. Conrado era apasionadísimo de la caza y á cinegéticas empresas dedicaba gran parte de su tiempo. La doncella jamás vio en ello nada reprensible; que el mal aconsejado amor ciega los ojos del que ama hasta el punto de hacer olvidar los desdenes del amado. Muy entretenido en sus cacerías é instigado por sus compañeros de nemrodismo, jóvenes como él y como él célibes, llegaba á olvidarse días enteros de la pobre María y á no visitarla durante varias semanas. La pobre niña, en la soledad del castillo, lloraba y sufría. Sus azafatas procuraban consolarla, aconsejándole que despreciase al ingrato Conrado é hiciese oídos á las amorosas súplicas de otro caballero de aquellos contornos que la pretendía, no menos rico, no menos noble y no menos gallardo que Ramírez de Quirós. Mas ella desoía esos consejos y advertencias; que el amor es sordo á necias palabras que no le h a b l e de su dulce bien, del objeto de sus suspiros... Si era verdad cpe Conrado la olvidaba á ratos, en cambio, cuando venía á verla, ¡qué dulces lisonjas sabía ensartar en su diálogo! Y, sobre todo, ¡qué apuesto y gentil era! ¡Con qué donaire zarandeaba el cuerpo en torneos y justas! Qué diestramente hería al contrario con el filo de su espada! ¡Qué presuntuoso y arrogante estaba cuando montaba á caballo y en su fogoso corcel de Arabia recorría sus extensos dominios... ¡Qué buen marido había de hacer... Todas estas consideraciones y muchas más que á solas se hacía la doncella, pesaban más en su ánimo que las desabridas amonestaciones de las azafatas, que la crucificaban á reprensiones por su terquedad en sostener relaciones con el ingrato Ramírez de Quirós, más atento á sus empresas cinegéticas y á la taifa de libertinos ciue en ellas le acompañaban, que á los suspiros de su enamorada. Acaso influido por los jóvenes libertinos que le acompañaban, acérrimos defensores del celibato, Conrado llegó á convencerse de que debía romper las ligaduras amorosas que le ataban á María. En consecuencia, le envió una carta por la cual quería desligarse del compromiso adquirido y confesaba á María su determinación do no someterse al vu 2; o matrimnnial. Paso algún tiempo con remordimientos de conciencia, noches de insomnio, torturas internas, porque al fin era mozo de buenos sentimientos y algo le decía allá en lo hondo que había obrado villanamente con la enamorada. Mas los amigos llegaron á distraerle con zambras y fiestas organizadas en su honor, y en las cuales las cortesanas más espléndidas de aquella comarca le brindaban sus favores. Una noche, Conrado cabalgaba solo por el bosque, regresando del castillo de un amigo, mozo depravado que había celebrado una orgía para distraer su tedio. Llevaba la cabeza algo entorpecida por los abusos de la embriaguez y por la melancolía que sucede á los excesos de libertinaje. Súbitamente oyó una voz clara y enérgica que le llamaba por su nombre, diciéndole: -Conrado, acércate... Vio ante sí un caballero desconocido, que vestík armadura brillante al claror de la luna. ¿Quién eres? -preguntó Conrado sorprendido. ¿Y qué quieres de mí en estos parajes y á tales horas... -Mira mi escudo de armas- -dijo el desconocido- -y obtendrás la respuesta. Soy el hermano de María, tu antigua novia, que vuelvo de Palestina, de la cruzada, y sabedor de la ruin fechoría que cometiste con mi hermana, vengo á pedirte cuentas de tu deslealtad y de tu vileza. Prepárate al combate, que será de vida ó muerte. Esta provocación audaz excitó la cólera de Conrado, que, aunque entorpecido por el alcohol, era de índole aguerrida y brava. Sacó la espada, asiéndola de la empuñadura, y comenzó la contienda. El débil brazo del adversario no pudo resistir mucho tiempo á los golpes certeros de Ramírez de Quirós, que era robusto y duro. Herido mortalmente en el corazón, el agresor cayó del alazán que montaba. Conrado, que era piadoso, se apresuró entonces á descender de su caballo y auxiliar al vencido en noble lid. Al incorporarse sobre él, la luna iluminó el pálido y bello semblante del guerrero. ¡Con qué pavor y con qué sorpresa reconoció Conrado en este rostro los rasgos delicados de su antig- ua amada, de María... Con voz agónica, la moribunda todavía pudo balbucir: -Conrado, amor mío, yo quería morir á manos tuyas... Sin ti, la vida era para mí carga pesada... El caballero, condolido y trágicamente pálido, trató de reanimar á la agonizante, pero todo fué en vano; la heroica doncella expiró pocos momentos después. Como un alienado, como un criminal, Conrado se arrojó sobre el cuerpo inanimado que tanto idolatrara en otro tiempo. Los siervos del castillo, que acudieron en busca suya por creerle víctima de algún accidente de caza, le encontraron abrazado al cadáver, loco de dolor... María Garcillano fué enterrada con gran pompa en el jardín del castillo. Poco después, Conrado