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líiiiara y el sol empieza ya a esparcir por el cielo el haz de sus rayos milagrosos. Da gusto ver á la Naturaleza, ¿ir or qué no rompes la cárcel de verde terciopelo que aprisiona tus pétalos... ¡No me atrevo! Tengo miedo- -contestó la rosa. ¿Acaso te dijo esta noche la tétrica corneja que la vida es dolor y tinieblas? No hagas caso de sus locuras. En cuanto nazcas, como tú serás por tu belleza la reina del jardín, recibirás un homenaje que te llenará de orgullo. Las golondrinas, los gorriones y hasta las campesinas aloiídras te loa, rán con sus más hermosos trinos; las demás flores se marchitarán de envidia, el sol derramará sobre ti sus besos de oro y, cuando llegue la noche, las estrellas y la luna te mirarán enarnoradas. ¡Sin embargo, no me atrevo... ¿Apostamos á qüe no sales de tu escondrijo porque tienes tu corola más fea qué la de un miserable dondiego? ¡Mírala... Y la rosa se abrió tan hgrmosa, que un himno triunfal la rodeó y la sumió en un éxtasis lleno de bienandanzas. La voz del viento, deshecho en zalemas y cortesías, silbaba cadenciosamente: ¡Hoy nos nació tma linda reina... Se pasaron algunos días y la rosa sé marchitó. La invadió una intensa melancolía y, por las noches, la fúnebre corneja le hablaba: de la muerte. El viento se levantó á saludarla y, al pasar sobre ella, uno de sus pétalos se desprendió y fué á caer en un charco. ¡Déjame, viento maldito! -exclamó. ¡Tú me matas... Y las mismas palabras repitió á todos y á cada uno de sus aduladores. Los pajarillos se, fueron á cantar á otros jardines, el sol se nubló y el viento se marchó al campo, donde se entretuvo en jugar coii los trigales, que parecían un mar de inquietas y verdes ondas. En esta infinita calma la noche sorprendió á la rosa. Entonces ella notó la falta de las adulaciones y pensó que éstas le harían gran provecho. Llamó á los pajarillos, que, por estar durmiendo en sus nidos, no acudieron; llamó al sol y tampoco acudió á su soHcitación, porque estaba alumbrando otro hemisferio; llamó á la luna y á las estrellas, que, sordas á sus querellas, pertnanecieron escondidas de- tras de las nubes, y, al fin, llamó al viento. Este se presentó al instante, murmurando: ¿Qué mandáis, señora mía? Pero con el aliento de sus palabras la mató, y todos sus pétalos, ajados y marchitos, cayeron lánguidamente en el regazo suave de la hierba. La corneja, desde un cercano sauce, gritó: ¡Ya te lo advertí, pobre rosa i Las palabras del adulador encierran en muchas ocasiones la muerte... JOSÉ A. LUENGO, -194- LA FORTUNA DE PEPONi CONTINUACIÓN 7. Una noche, al ir de naja, se encontró una rica alhaja. ¡1 M Silf 8. Se enteró por ABC que era de un señó marqué. T í 3 la 10. Lleno de gozo el marqués lé dio cuarenta c íM éj 9. Pidió al portero licencia para ver á su excelencia. II. Al salir, hasta el portero le trató de caballero. -199 izy f V 12. Calculando, calculando pasó Ia, iioche velando. Continuará,