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POESÍA CAMPESINA I A paz de la aldea, la poesia del campo, la vida ino cente de los aldeanos... Un encanto visto desde lejos, y yo haría que esos literatos que tanta poesía ven en las aldeas, viviesen diez años y un día en uno de esos arcádicos villorrios. Esos aldeanos no saben lo que tienen; les pasa como á nosotros los provincianos, que vivimos en poesía sin saberlo. Torpes que somos. En el campo la vida es dulce y apacible, aromada por las flores, cantada por los paj arillos parleros, arrullada por el céfiro blando y refrescada por los consabidos arroyuelos murmuradores. El hogaril, que ilumina fantásticamente la cocina; la ermitica, cuyo campanil desgrana las horas lentas; la gente, buena y sencilla, que trabaja, y reza, y cree en supersticiones, y le pega un tiro al lucero del alba. En las aldeas hay poesía hasta en los burros, con un poco de buena voluntad y algo de imaginación. Y á los aldeanos se les nota la poesía hasta escupiendo y en todos los actos de su vida, por íntimos que sean. Se arma un baile, cosa que ocurre con lamentable frecuencia, y la poesia les brota á chorrillo, porque allí, como en todas ocasiones, los poetas abundan. Son una plaga, y la versorrea, una enfermedad endémica. Un mozancón trovaor abre la bocaza y canta esta dulce estrofa: Es tu cintura una alhaja donde se labra el marfil, y en le dicho no hay rebaja, hermosísimo serafín, y es tu cara una naranja, y la heroína, mientras tanto, se hurga las narices. Un mozo de la última quinta siente un profundo dolor al despedirse de los campes floridos, de su paz aldeana, de su novia dolorida. Está como Cavaradosi en Tosca cuando se despide ae la vida: Oh, dol ce baccio, lánguide caresse I ora é fugita... y este Mario rural le canta á su novia: A servir al Rey me voy, ruégale á Dios que no güelva, que si te encuentro casa, ¡leñe! qué guanta te llevas. Que es la mar de poético, como se verá, y es por eso, porque la poesía les rodea, la aspiran y la respiran, la tienen en el ambiente, en las costumbres, en la casa, en las calles y en la faca que todos llevan. Las poesías amorosas son las que más partidarios tienen; pero de estas poesías, ¡ay! no se pueden transcribir la mayor parte porque la sicalipsis las estropea. Sin embargo, hay algunas tan lindas que nc: resisto á copiarlas con ligeras variantes: Metí la mano en tu pecho y me picó un alacrán; eso estuvo mu bien hecho por meterme yo á tocar lo que no tenía derecho. Son tus piernas dos colunas de preciosa alquitetura que tienen al circulico de tu aligante centura. Debajo de las hojas del verde limón está Alifonsa mala, ¡Quién juera dotar! Reonia d olor, no t errames en el pecho d un traidor. Y si t erramas, crrámate en el pecho del que te ama. Las creencias religiosas tienen sus troveros también; ahí va la muestra: