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LAS BOTAS (CUENTECILLO MODERNO) lEiíONiMO Revuelta vive solo, cuidado por la vieja J B rancisca, en un elegante piso de la calle de. Pero ¿á qué publicar las señas de su domicilio, si ninguno de ustedes ha de ir á visitarle... Y eso es preferible, porque la visita resultaría inútil. Revuelta no está en su casa más que á las horas de dormir, y, en tales momentos, Francisca no permite que se le moleste, i Se mataría con cualquiera por no interrumpir el descanso de su Jeromo... Francisca le ha visto nacer, estuvo en cas- a de sus jjadres hasta que murieron y estará con él mientras viva... ¿No ha de cuidarle como á un hijo... ¡Hasta le da consejos y le reprende por la vida que hace... ¿Tan mala es que necesite admoniciones y consejos... Para Francisca, y para muchas otras personas- -si la conocieran- -no puede ser peor. Para el interesado y tos de su cuerda, es la única razonable... Jerónimo Revuelta come en el Casino, en la Peña 6 donde se le antoja; no se priva de ninguna diversión se retira en invierno á las tantas de la madrugada, y en esta época, ya bien entrado el día... Vive, en fin. como lo que es: como un hombre en plena juventud, con dinero abundante, sin obligaciones y sin preocupaciones para el porvenir. ¡Ya llegará el momento de sentar la cabeza... Cuando encuentre la mujer soñada y se case con ella y los cuidados de la familia le obliguen á encauzar su actividad y su fortuna. Mientras tanto, ¿para qué? Jerónimo llega á su casa estos días á las ocho de la mañana, sobre poco más ó menos. Ha estado con unos amigos en la Bombilla, en el Pardo, en el Retiro, etc. e t c divirtiéndose de lo lindo. Viene con ganas de acostarse, y á sus habitaciones se dirige inmediatamente, sin oír el sermón de Francisca. Lo primero que hace después es quitarse las botas y requerir las zapatillas, porque- no hay nada para el descanso del cuerpo como el alivio de los pies... ¡Zas... ¡Allá va una bota, arrojada con fuerza, como si con el o- olpe se la quisiera castigar por las molestias proporcionadas... ¡Zas... ¡Allá va la otra... En seo- uida Jerónimo se quita las dciriás prendas, se lava cuidadosamente ¡y á dormir, hasta que Dios quiera! Ayer, cuando se estaba lavando, oyó sonar el tnnbre, abrir la puerta, hablar en voz baja y, por último, la voz excitada de su fiel sirvienta discutiendo con alguien. Sintió curiosidad, la llamó y supo que era el criado del piso de abajo, que á toda costa le quería dar un recado urgente. -Déjale que pase. Francisca cumplió la orden refunfuñando, y en seguida penetró en la estancia un hombre aviejado más que viejo, de tipo inconfundible, el cual le dijo á Revuelta, tímida y respetuosamente: -Perdone el señorito que le mo- este, pero me manda el señor... El vecino del principal... ¿Y qué desea? -Pues... El señor está enfermo... ¡Muy enfermo 1- ¡No sabía... ¿Qué tiene? -Nos molesta mucho- -respondió el criado. Y añadió un poco ruboroso, rectificando; -Nos molesta mucho verle sufrir de esa manera... ¡Está neurasténico... Todo le perturba, le excita, le hace padecer... Y como usted lleva unos días viniendo á estas horas, y se quita las botas y las tira... ¡Ah, sí... ¡Las botas! -dijo Revuelta un poco confuso, pero sin comprender del todo... ¡Estas casas de Madrid son de papel... ¡Se oye todo... Cada golpe de una bota es como si se lo dieran al señor en la cabeza... Y por eso me ha mandado á rogarle á usted... si no le molesta... Y usted perdone... Comprendo que es algo ridículo... -i No, no! -repuso Jerónimo, riendc- ¡T i e n e mucha razón... Dígale usted que yo no sabía nada... Y que esté tranquilo, que no volverá r, suceder... El criado se marchó satisfecho, y Revuelta se metió en la cama pensando en aquel incidente. Pero ¡claro! no se volvió á acordar de su palabra hasta esta mañana, i después de haber tirado una bota, con el ímpetu de costumbre! ¡Anda! -pensó en seguida. ¡Bueno se habrá puesto el vecino... Y se quitó la otra bota despacito, colocándola después en cualquier parte con mucho cuidado. Al poco rato, repetición de la escena anterior; es decir, de sus preliminares. Mandó que pasara el criado y le dijo, sonriendo: ¡Ha sido un olvido... Pero yo le prometo que no pasará otra vez. -Señorito- -contestó el criado, muy compungido. -Usted perdone... El señor ha sentido el golpe de la bota y está esperando el otro... excitadísimo porque no llega... Por lo que más quiera usted en el mundo, señorito, ¡tire tisted la otra bota! GIL PARRADO.