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una costumbre implantada largos años ha por un hijo de la parroquia que había retornado rico de tierras americanas, agradecido á las bondades que la Virgen le proporcionara, había que subastar un báculo que él había regalado, coronado por la imagen de Renda, toda de plata, y el bastón de metal, que al posarlo sobre las baldosas del templo. ó en. las piedras de los caminos, sonaba hueco y argentino, como pudiera resonar el bastón de im rey santo. Y era gala y era honra de los más creyentes feligreses llevarle, cogido con un pañuelo de seda, tras de la Virgen, delante del clero, con más solemnidad aún que si condujesen un estandarte glorioso. Para lograr tal honra era necesario pujarlo, promesa en boca y dinero en mano. Así que, cuando el cura se subió sobre el muro del atrio, todos los feligreses le rodearon y en alta voz dijo: ¡Devotos de la Virgen! ¿Cuánto ofrecéis por el báculo... El año pasado lo llevó Juan Loureiro, que fué el que más dio, y dio cuatro pesos y tres pesetas. ¿Cuánto ofrecéis por llevarlo... -j Cincuenta reales! -gritó un mozo, descubriéndose. -j Tres pesos y medio! -gritó otro. -i Cuatro doy! -dijo un tercero. Todos miraban para el señor cura, que solemnemente mostraba el báculo, esperando una nueva oferta; luego de un breve silencio, exclamó: -i Acabar pronto, que pica el sol; no seáis pesados, hombre... Vaya, ¿ofrecéis ó no... ¡Cuatro y una peseta doy! -dijo el primero que había ofrecido. ¡Apurad, apurad! -repetía el cura, colorado como un repinaldo, cogiendo con la mano que le quedaba libre el paraguas que le ofreciera un feligrés para que le cobijase del sol. ¿No hay quien dé más... ¡Cinco pesos... -se oyó decir entre el más apartado grupo. ¡Que se acerque ese que ofrece los cinco pesos á ver quién es! -gritó el cura, alargando el pescuezo y el báculo. Y abriéndose paso por entre la turba, entre risas y murmullos, el Cofete, el miserable pordiosero, llegó junto á él, mostrando una bolsa llena de roña, de la que extrajo en monedas de plata los cinco duros ofrecidos. La gente se apiñó alrededor del Cofete curiosa y asombrada. El señov cura, á cuyos vigilantes ojos no escapaba el menor movimiento de las manos del pordiosero, dijo con gravedad: -Trae para acá esos cuartos, Cofete. Y luego de mirarlos y remirarlos, añadió, sentencioso -Esto lo has robado, y como los sagrados preceptos mandan decir que lo robado no presta (y digo yo qué menos prestará al culto de esta ermita) en tanto no se averigüe de quiénes son, quedan en mi poder... El que más ofreció, puede hacerse cargo del báculo... El Cofete echóse á llorar á lágrima viva, jurando y perjurando que á fuerza de privaciones, día por día, consiguiera reunir aquellos cuartos; que por el amor que profesaba á la milagrosa Virgen andaba sin ropas y casi sin comer por ofrecerle los dineros ganados en buena ley por los caminos, cásales y atrios en fiesta. ¡Es una promesa, señor cura! -gritaba. -Y así Dios me mate debajo de un pino un día de tormenta como no los robé. ¡Déme el báculo ó déme los cuartos, qué le juro que fueron ganados como le digo... Y lloraba amargamente, en tanto los aldeanos comentaban el caso, unos con risas y otros con lástima. ...La procesión comenzó á salir bajo la tosca puerta de la ermita. La Virgen, vestida con un traje azul, sobre un anda pintada de blanco, recibía las adoraciones de los aldeanos, cuyas almas ingenuas veneraban en ella su carita inexpresiva, su corona de metal falso y su manto recamado de gemas. Detrás de la imagen, un mozo alto y erguido llevaba el báculo con la solemnidad y la apostura de un hidalgo de la montaña. La procesión seguía por un atajo angosto, sombreado por las ramas de un robledo frondoso, encaminándose hacia unas huertas para volver seguidamente, por un. camino, á la ermita. La Virgen balanceábase sobre el anda y el sol arrancaba destellos de su corona y de las gemas que adornaban su azulado manto. En el espacio estallaban cohetes y bombas de dinamita y el repique de la esquila era alegre y juvenil. Todo triunfaba en la clara mañana, y hasta los pájaros parecían anunciar con sus cantos la madurez y lozanía de las cosechas. ...Sólo el Cofete, apartado y ajeno al bullicio aquel, lloraba sumido en un profundo abatimiento, abandonado y afrentado al peso de su miseria, sobre el escaño del atrio. PRUDENCIO C A N I T R O T Bibujo de Méndez Bringa 5 6 7 S-