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acabarse cuando las uvas ya maduras requieren ser vendimiadas, allá hacia últimos de Septiembre. M u y de mañana, el dia de. la fiesta, subí á la ermita que en lo alto del monte cobija bajo sus tejas mal trabadas á la milagrosa Virgen de Renda, abogada de cien males y propicia á interceder por el milagro otras tantas veces. El estampido de los cohetes, que no cesara durante la noche, alegraba la campiña que, en descenso, bajaba dividida en viñedos, pomares y campos de maíz hasta las orillas de la ría, serena y azul. Los romeros, que desde las cercanas aldeas acudían á Renda, caminaban bendiciendo el buen tiempo que hacia crecer lucidas las cosechas y á la vez tenían un galano é ingenuo improperio para el sol, cjue, fuerte y luminoso, derramaba sobre sus cabezas el fuego fecundante de sus rayos tenaces. Algunos, p a r a preservarse de ellos, llevaban los paraguas abiertos; los hombres iban en mangas de camisa, con las chaquetas al hombro, y las mujeres, descalzas, con los zapatos en la mano. El camino era en cuesta, pedregoso, limitado por muros y vallados y ofrecía, tan surcado de gentes y tan repleto de abigarrados romeros, una nota gaya y extraña, que semejaba el trozo de un rosario inmenso de cuentas de color, que serpentease por entre huertas, monte arriba, hasta el último Fater- Noster, ciue era la ermita de la Sant a Virgen de Renda. E n lo alto, el atrio engalanado, herboso y sin fieles todo el año, alborozábase al son de la gaita que un viejo, tan viejo como un patriarca, tañía á la sombra de una encina druídica; y la campana parlanchina, á merced de los rapaces que- movían á disputa su badajo, sonaba alegre como unas castañuelas de metal. Grupos de aldeanos esperaban que empezase la función é iban entrando en la ermita con respeto y curiosidad. Cuando llegué á la puerta del diminuto templo acababa de comenzar el solemne acto. U n clarinete, un acordeón y un contrabajo acompañaban á un salmista de la villa y al Introito, cantado por tres sacerdotes c ue oficiaban revestidos con casullas descoloridas. Eas mujeres llenaban el templo y sobre sus cabezas, tocadas con pañuelos rojos, amarillos, azules y m a n t e l o s negros, flotaba el humo del incienso, y colgaban del techo, como ex votos, barcas eleras ofrecidas á la Virgen por los marinos piadosos, tíl altar alzábase al fondo, iluminado por infinitas luces, y en el centro, luciendo una resplandeciente corona que simulaba ser de oro ñno, la imagen de la Virgen atraía todas las miradas, todos los suspiros y todas las oraciones. T a n llena estaba la ermita, que tuve que quedarme fuera, bajo el alpendre que cobija la puerta principal, donde u n pordiosero de aldea tendía á todos la mano suplicando una limosna. Su salmodia era cantarína, humilde y pertinaz; á todos se acercaba y, lejos de socorrerle, p u d e notar que le desechaban con sonrisas socarronas y palabras burlescas. ¡Anda, galopín; más te valiera ir á t r a b a j a r! Y el pordiosero, sereno y contumaz, sordo á tales desprecios, volvía á implorar una limosna al primero que se le acercaba, con la mirada torva, los labios contraídos y el espinazo arqueado como si sus vértebras defectuosas vencieran sus espaldas mal cubiertas de harapos. E r a un hombre joven, prematuramente avejentado, de barbas ralas y crecidas; la pelambre hirsuta que cubría su cabeza caíale en greñas sobre el cuello; unos ojos negros brillaban en la concavidad de sus órbitas profundas y sus pómulos salientes y su boca de sapo, cjue al hablar mostraba cuatro dientes verdes, daban á su rostro una expresión cínica y extraña. -i Anda, galopín, a n d a vete, vete á robar gallinas! -le decían. -Eres u n m o i n a n t e Cofcte; como te pesciuemos por la parroqviia, vas á ver. Y el Cofete- -que así llamaban por los aledaños de Renda al pordiosero, -con la mirada naja y las barbas hundidas en el pecho, con el ceño adusto y los labios hinchados, callaba, hasta que volvía á su salmodia al paso de nuevos romeros ciue iban llegando hasta la puerta de la ermita. L a función iba mediada. El clarinete, después de un solo magistral, cuya aguda estridencia llegaba hasta el atrio, dejó de sonar p a r a que u n o de los tres curas, con voz gangosa, pronunciase una plática breve é incolora, oída por la turba de fieles, sentada sobre las baldosas, con un religioso silencio, con unción profunda. Un hálito caluroso pesaba sobre el ambiente y la sofocación iluminaba los rostros. De. pronto, todos se arrodillaron al callar el cura y todas las manos hicieron sobre la frente, la boca y el pecho tres cruces, y una grande, por último, cobijó á las tres. Algunas devotas besaron el suelo. Los sacerdotes se postraron á los pies de la imagen; el acordeón, el clarinete y el contra 1) ajo tocaron una riveirana; el salmista, con sus solf a s bajo el brazo, descendió del coro por una escalera de mano cpe se apoyalja en ia pila del agua bendita. Había terminado el solemne a c t o los heles comenzaron á salir al atrio. El viejo de la gaita, bajo la encina, volvió de nuevo á soplar en su instrumento, la campana á alborozarse y el Cajete á tender la m a n o á las buenas almas que quisieran socorrerle. E r a mediodía. El sol derramaba sobre el atrio sus rayos verticales y allá abajo, sobre el turbio espejo de la bajamar y de los arenales húmedos, recién descubiertos, una franja de agua brillaba y rebrillaba. L a ría ensanchábase hacia la derecha, hacia el mar, Umitada por montañas donde, entre el verdor perenne de sus arboledas, blanqueaba una aldea; más abajo, un puerto, un arenal largo, albo, como el lomo de u n a ola que fuese á estrella: e contra la playa... Iba á salir la procesión, pero antes, siguiendo