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ROMANCE DEI- MAR AZUL A TODA VELA ¡Ah, qué cielos, no err. pañados por. la más leveneblina! j Ah, qué mar, tan placentera, tan hermosa, tan tranquila! Gracias al Sel, rutilante, luce todo, todo brilla. Por los dominios, tan vastos, de la atmósfera, tan limpia. Sobre la mar, sosegada, que, por capricho, se riza con leves rizos de espuma, que son sus leves sonrisas. Cruza la mar, tan serena, sin temor, j oh, mi barquilla I La hiende, con fina prora, tan pujante como fina, y al aire da, sin recelo, tus dos velas extendidas... Paréceme ya que sopla con más alientos la brisa. Vuela, con tus grandes alas, sobre la mar, que se riza. Vuela y vuela mar adentro; sobre la mar infinita, y hasta el punto donde apena? las costas mire vecinas. Ya muy lejos, por fortuna, mis claros ojos divisan los arrecifes ariscos sobre las costas bravias. Vuela más, que me enajena ver cual sigues, ¡oh, barquilla! tan alegre, tan segura, sobre la mar que se riza. Sus ondas son transparentes; i qué claras! ¡qué cristalinas I Bajo sus lunas radiantes, peces y peces desfilaii. Son como flechas menudas, que van, y tornan, y giran cabe las aguas celestes; ¡con inquietudes de chispas! A veces, sobre las ondas, rasgándolas á porfía, mostrando sus firmes curvas, recios delfines se empinan. Saltan con saltos veloces; con brincos airosos brincan... Si con presteza se asoman, se zambullen más aprisa. Y alrededor de sus huellas las ondas se arremolinan. Bellas, blancas; de la nieve con la blancura purísima, pasan grandes gaviotas, batiendo sus alas niveas... Ya vuelan á ras del agua; ya se remontan altivas; por los dominios tan puros, de la atmósfera tan limpia. Con que, tan lejos, parecen plumas de un ave, distintas, que el ave, al pasar, dejara, porque las rice la brisa. Vuela sin descanso; vuela. Sigue, mi pobre barquilla- -dando á los aires, gozosas tus dos alas extendidas; -pues á los gozos del vuelo todo, sin cesar, invita: a mar, con tales encantos; con luces tales, el día. Lleguemos adonde apenas las costas se ven, que brillan. Quédense lejos, muy lejos, con sus rompientes bravias. La mar nos mezca, tan dócil, tan amable, tan propicia para los gratos ensueños del Amor y de la Dicha. Las ondas, serenamente, se nos rindan; ¡cuan sumisas La luz del Sol nos alegra. Los aires nos acarician. Sigamos, pues, mar adentro. Con los soplos de la brisa. i Con el favor de las ondas! i Con el amparo del Día! CARLOS F E R N A N D E Z SHAW.