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trinaban los pajarillos al amparo de la fresca sombra. Cuando uanín llegó á los olivares, como estuviera, un poco cansado, sentóse junto á un zarzal, de espaldas alpueblo y de rostro á las montañas, que azuleaban en la lejanía. Ambos codos en las rodillas y ambas manos hechas soporte de la cabeza, púsose á recordar las palabras de su camarada Miguel. Este le había dicho una hora antes en la plaza: -i Que nunca viste un grillo! Pues mira: es negro, tiene seis patas, dos cuernos (antenas qui 0 decir él) y sobre las espaldas unas hermosas. alas que se llaman capa, del rey si, son doradas, y del moro cuando son negras. Agitándolas produce vxi canto que embelesa los oídos: cñ, cri, cri... No hay bicho como el grillo... Juanín se levantó y comenzó á vagar por los alrededores, La grises frondas de los olivos permanecían quietas. En algunas d ellas las cigarras chirriaban vibrantes de vida bajo la dorada caricia del sol. De rama á rama las arañas tendían las sutiles hebras de sus telas, y en lo hueco de algunos viejos troncos más de un- erde lagarto dormía plácidamente. De pronto surgió el canto del grillo. ¡Cric- cri- cric... Juanín se detuvo y escuchó lleno de emoción. Había en medio del pardo y desnudo barbecho una especie de islilla donde las hierbas se arracimaban, cubriendo los ásperos terrones, y donde flameaban unas rojas amapolas. ¡Allí debe estar! murmuró el rapaz. Y sin hablar ni murmurar más, y hasta reteniendo el aliento, si encaminó á ella con pasos quedos. c BUEN SUSTO! En un solar, de manara, tiende su ropa Juliana. Y acaba en un periquete de arreglar el tenderete. Cuando ya anochecía y Miguel correteaba por la plaza del pueblo persiguiendo á los murciélagos en sus tortuosos vuelos, acercósele Juanín con la boina cerrada en las manos. ¿A que no aciertas lo que tengo? ¿Collejas? -No. ¿Un nido... -Menos... Un grillo... Destapó cuidadosamente la boina, ponderándole en tanto el grai. trabajo que le había costado atraparlo. En el fondo de la boina s veían varios hierbajos, y repentinamente salió de entre ellos e. insecto. ¡Ahí lo tienes... Miguel se apoyó en la pared, retorcióse las manos y rompió á reír con tal ímpetu que su espalda se encorvaba como un arco. Y entre los borbotones de risa rio hacía más que repetir: -i Un escarabajo... un escarabajo... JOSÉ A. LUENGO. -178- Dos traviesas criaturameditrn unas diabluras. Y con unas pinceladas hacen figuras variadas. Luego, con aire asustado, la hacen mirar de aquel lado. 183 Juliana sale corriendo, y ellos se quedan riendo.