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dimensiones de la pochade no más grande que la mano abierta, hasta el amplio panneau decorativo, de manera que podemos seguir paso á paso ese ta lento prodigiosamente variado, desde sus mínimas anotaciones- -gotas de luz, centellas de color cogidas al vuelo y fijadas, aún calientes, sobre la pagina- liasta sus más ambiciosas composiciones, donde el pintor puede dar libre carrera á su poderosa inspiración y lucir los múltiples recursos de su técnica. La más notable, á nuestro juicio, de las telas de grandes dimensiones, es esa que nos muestra á Cristóbal Colón zarpando del puerto de Palos y emprendiendo el viaje cuyos resultados debían ser tan inopinados... Ese cuadro fué pedido al señor Sorolla por un rico aficionado americano, Mr. Thomas W. Ryan. El navegador gcnovés se apoya en la barandilla del puente. Tiene en la mano su gorra, pues sin duda acaba de enviar un p ostrero saludo á la tierra. Pero aunque el puerto todavía esté á la vista, él le vuelve las espaldas. Sus ojos están serios y se clavan en el horizonte; la frente se pliega al choque de los pensamientos que lo acometen con el viento del mar. La boca es imperiosa; la barba sólida, y áspera, audaz la nariz. El marino piensa, calmado ya el entusiasmo de la despedida, en las dificultades sin número de la empresa, y el rosario que tiene en la mano nos indica que en este momento solemne está encomendando á Dios la expedición. Esta obra es de una amplitud de ejecución y de una sobriedad muy notables. La tonaS. M. el Rey D. Alfonso XIll. S. M. la Reina Victoria; lidad- general es un tinte pardo- obscuro con sólo para avivarla la luz roja de un farol detrás de la silueta del viajero. Tonalidad justificada por la historia: las carabelas zarparon, nos dicen las crónicas, media hora antes de salir el sol. Como rnodelo á su Colón, el señor Sorolla ha tomado un descendiente del gran navegante. Encontramos sus facciones en el retrato del excelentísimo señor duque de Veragua, quien se nos muestra vestido con el propio tabardo de su antepasado. Es el mismo semblante que el de Colón al emprender su viaje, pero aquí el pelo es negro y la frente no tiene arrugas. Examinando todos sus retratos, nos encontramos con un pintor capaz de sacrificar al solo interés psico- fisiológico del modelo toda la abundancia de colores vivos de su paleta. La habilidad cede el paso á la conciencia; la disciplina contiene á la inspiración. Los tonos son voluntariamente apagados, los detalles de vestido y de decoración, subordinados al sujeto. De sus otros cuadros, basta reproducir las mayores alabanzas para indicar lo justo. Sorolla, pintor clásico, oportunamente escapado dé la servidumbre académica gracias a la gran liberación impresionista, presenta el espectáculo siempre grandioso de un artista que, habiendo triunfado ya de la técnica, juega con la materia, sacando de ella, efectos asombrosos por su magistral simplicidad. Fots. Ó. Bémm. V. M. LLONA.