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I SPORT SUBLIME! C E nos cae la baba de puro gusto viendo á algunos chicos ciclistas que son, siii disputa, los mejores corredores del mundo y las personas más simpáticas de la creación. i Cuando hay que admirarlos es en pleno velódromo, con la elástica de colores y luciendo las pantorrillas como cualquier tiple sicalíptica del género chico! Allí están en su elemento, como el pez en el agua, y se ostentan más radiantes, más espléndidos y niá seductores; permítansenos estas frases, inspiradas por el entusiasmo más vehemente. Las carreras de cintas celebradas iiltimamente en Barbate, fueron un verdadero acontecimiento y una prueba patente de! rápido progreso que alcanza el sport rotativo entre los jóvenes del día. E l pueblo entero se trasladó al velódromo; particularmente en el lugar reservado á los invitados, no se cabía y esto ocasionó protestas de los que llegaban tarde y querían colocarse en primera fila para no perder un rasgo ni un movimiento de los príncipes del pedal. ¿Me permite usted? -nos decía una señora, queriendo atrepellarnos para ir á colocarse en el borde mismo de la pista. -Yo soy la madrina de aquel ciclista rubio que se está rascando ahora las piernas, y tengo derecho á presenciar el espectáculo en buen sitio. -Está muy bien, señora- -le contestamos, dejándola pasar. La madrina del ciclista rubio se sentó delante de nosotros y empezó á aecirnos confidencialmente: ¡Ustedes no saben lo emocionada que estoy al pensar que mi ahijado puede perder la carrera... ¡Es tan impresionable... ¡Antes de salir de casa, nos juró que si le vencían se tiraba al pozo cotí bicicleta y todo... Mírenlo ustedes; ya se monta... ya corre... i Dios mío! El a d corre más que él... ¡Anda, An o. lín, muévete más, hijo mío... ¿Ustedes lo ven? l a adelantó al otro... ¡ya llega... ¡Así... ¡Ganó... ¡Corro á darle un abrazo! La señora se lanza en medio de la pista y los guardias la detienen. ¡Voy á saludar al vencedor! ¡A mi ahijado, á ese de la camiseta color de harina de linaza! ¡Atrás! i Está prohibido terminantemente atra psar la pista! ¡Pues que me traigan á mi Antolín para abrazarlo... Mientras tanto, Antolín daba la vuelta alrededor del velódromo y cosechaba aplausos y sonrisas. La madrina, al verle pasar, no pudo contenerse, y Ic gritó: ¡Lucero! Bendita sea tu gracia y tu agilidad! ¡Amárrate las cintas de los calzoncillos, no vayas á pisártelas y des una caída! ¡Mira; cuando llegues á casa, pídeme treinta y cinco céntimos para tabaco; quiero premiar tu arrojo cívico: Los concurrentes se rieron de la señora, que decía cívico en vez de cíclico, y no cesaron de tomarla el pelo hasta que dieron la señal para la carrera siguiente, en la que también tomó parte Antolín. -i Sus, sus! -le gritaba su madrina, agitando un extremo del velo que llevaba puesto. ¡Corre, hijo mío, que el de la camiseta verde te va á coger la delantera! Pero cuando el joven se hallaba próximo á la meta, se salió fuera de la pista y fué á estrellarse sobre e. vientre de un espectador, mientras la madrina, loca de terror, se desmayaba sobre nosotros, exclamando: -i Caballeros, me ahogo! ¡Pónganme ustedes una moneda de dos pesetas entre los dientes, para que no se me encaje la dentadura...