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LA DISCULPA Dormitorio del DOCTOR RODRÍGUEZ amplio, bien dis- puesto y con pocos accesorios. Dos camas, en una de las Cítales duerme D. MARÍA, SU esposa. En la pared, entre ellas, un aparato telefónico. El DOCTOR abre la puerta con cuidado, enciende la luz y anda de puntillas para no hacer ruido. Mas, á pesar de sus precauciones, D. MARÍA se despierta sobresaltada. MARÍA. Qué! ¡Qué... ¡Ah... ¡Por fin... ¿Qué hora es? RODRÍGUEZ. -Cerca de las tres, hija mía. MARÍA. ¡Qué barbaridad! RODRÍGUEZ. -Hasta la una y pico no se le ha ocurrido al nuevo infante venir al mundo, después de hacernos esperar tanto. MARÍA. ¡Un niño... ¡Qué contenta estará doña Angelita! ¡Tanto como lo deseaba i RODRÍGUEZ. -Sí; pero ahora está más rendida que otra cosa... ¡Los días que ha llevado la pobre! Y el de hoy, sobre todo. MARÍA. ¿Has estado allí toda la noche? RODRÍGUEZ. -Casi... Fui á las nueve, en cuanto salí de aquí; pero á las diez y media hice una escapatoria para ver á tres enfermos que me tenían intranquilo. Gracias á que viven cerca de su casa, á las doce ya estaba de vuelta. MARÍA. ¡Qué día llevas hoy! RODRÍGUEZ. ¡No me lo recuerdes... ¡Desde las ocho de la mañana no he parado más que para comer! MARÍA. ¡Ni siquiera! Has comido en dos boleos... No sé cómo dices que hay que comer despacio, cuando tú no tardas ni diez minutos algunas veces. RODRÍGUEZ. -Hija mía, el deber... MARÍA. ¡Todo tiene sus límites... Anda, acuéstate, que debes estar rendido. RODRÍGUEZ. ¡Muerto... ¡Y espérate aún... La verdad es que una grippe tan benigna como la que hemos tenido es una fuente de ingresos; ¡pero, vaya si da trabajo... (Empieza á desnudarse. ¡A ver si todavía se le ocurre á alguno llamarme... MARÍA. -No, lo que es eso... ¡Ya pueden llamar á la otra puerta... Lo mejor será descolgar el aparato (Cuando se dispone á hacerlo, el teléfono empieza d sonar desesperadamente. RODRÍGUEZ. ¿No te lo dije... ñora de Araujo... Se le ha puesto la niña muy malita. RODRÍGUEZ (también en voz baja) -No será nada. ¡Es más aprensiva! MARÍA. ¡Es una madre... (Otra ves al auricular. Se lo diré, se lo diré... (Larga pausa. ¡No será nada! (El núsmo juego de antes. Dice que le ha dado una especie de accidente... Convulsiones... Los ojos en blanco... RODRÍGUEZ (como antes) -No tiene nada de particular... MARÍA (otra vez escuchando) -Sí, algo le he oído alguna vez... A la nuestra le pasó lo mismo. (Retira de nuevo el auricular y dice en voz baja. Pregunta la pobre si yo sé algún remedio de urgencia. (Al aparato. Debe ser la Central quien nos interrumpe... (Pide por señas la contestación á su marido. Rodríguez la va apuntando en voz baja. En los niños predomina el sistema nervioso, y asi nos dan esos sustos... Una cucharadita de jarabe de éter... Unos sinapismitos... Verá usted cómo se le pasa... De todos modos, mi marido irá en cuanto venga... De nada... Adiós, señora... Tranquilícese usted... (Cuelga el aparato. ¡Pobrecilla! RODRÍGUEZ. ¿Ves como lú también sientes la voz del deber? MARÍA. -Sí; pero te repito que primero eres tú... ¿Crees que no es grave? RODRÍGUEZ. -Creo que no... Te he apuntado la MARÍA. ¡Que no se responde, ea... ¡Primero eres t ú! RODRÍGUEZ. -Mujer, hay que disculparse por lo menos... Voy á decir que no estoy. MARÍA. ¡Pero hombre... RODRÍGUEZ. ¡Es verdad... ¡Como h a r í a Gedeón... ¡Ya no sé dónde tengo la cabeza! Anda, di tú que he salido, que no sabes cuándo volveré. MARÍA (colocándose el auricular) ¿Quién llama... ¿Eh... Sí... El doctor Rodríguez... Aquí es... Pero no está. Acaba de marcharse á casa de un enfermo grave... S í habla usted con su esposa... (Pausa. Se lo diré en cuanto venga... Ira por la mañana, en seguida... (Pausa. ¡Lo siento de veras, señora! ¡Qué contrariedad i (Retira un momento el auricular y dice á su esposo en voz baja. La se- verdad... Pero, eso sí, iré á primera hora de la mañana. MARÍA. -Si esa pobre madre supiera que estás aquí, y que hemos inventado la disculpa, nos mataba. RODRÍGUEZ. -Es explicable, hija mía... Es explicable que ella me quiera tener ahora mismo á su lado y que yo me acueste después de un día entero de trabajo. (Se ha ido desnudando y se mete en la cama. I Y luego dicen los obreros... ¡Quién pillara las ocho horas... Me llamas á las o... cho... (Se queda dormido. MARÍA. ¡Pobrecillo... No, pues lo que es ahora, perdone el que llame. (Descuelga el aparato. ¡Todo tiene sus límites! (Apaga la luz. A ver si puedo coger otra vez el sueñe. Tarda mucho rato en quedarse dormida, y su sueño es intranquilo, agitado, lleno de pesadillas... Ve innumerables enfermos persiguiendo á su marido; ve á la niñita de cuerpo presente; á su madre, convertida en hiena, con dos escobas encendidas que le salen de las orejas, y otra porción de barbaridades... De pronto se despierta sobresaltada, se sienta de un salto en la cama y enciende la luz. El teléfono repiquetea con sonido de tambor ronco, apagado... Toma el auricular y contesta, imperceptiblemente á la misma voz de antes: No, no; no ha venido todavía. Escucha un ratita, torciendo el g. esto, porque oye algo desagradable. Pero luego, su estupefacción es mayor. Tanta, que se le cae el aparato de la mano. La señora de Araujo ha dicho: ¡Por Dios! ¡Pregunte usted á ese caballero que está con usted si sabe otro remedio más eficaz! ANTONIO PALOMERO.