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en una obra que por entonces se estrenó, en la que lispina hizo un papel de marido tan por encima de las humanas pasiones, que casi llegaba á disculpar la traición de que un su amigo le hiciera víctima. La compleja y poco usual psicología del personaje tuvo un maravilloso intérprete en aquel actor que, sin gritos ni extravagancias, sólo por la i uerza sugestiva de su talento artístico, obligó al público á aceptar un carácter que muy bien pudo haberse tomado á broma interpretado por otro que no fuera el insigne D. Manuel. Y dolido de que no se premiase- -no ya con palmadas, sino siquiera con rumores de aprobación- -el oro fino de su trabajo, ex abundantia coráis hízome una noche, al tiempo que le felicitaba expresivamente, la confidencia de su desaliento. -Nada, amigo Enrique- -me dijo, -es usted sólo en pensar así. No gusto. Estoy gastado. Se han cansado de mí. ¿Por qué dice usted eso, don Manuel? -Por lo que viene ocurriendo todas las noches desde que se estrenó esta obra. Pongo en sus dos últimos actos lo mejor de mi alma, me entrego sin reservas ni cortapisas al sentimiento de mi papel... y nada, se quedan fríos é imperturbables, como si no se percatasen de mi esfuerzo, como si no mereciese recompensa mi labor, j Es para desesperarse! -En las demás representaciones- -contesté yo- -ignoro lo que habrá ocurrido; ñero hoy puedo asegurarle con certeza que la emoción que de usted emanaba llegó al público, y que al final de la última escena, en el momento del mutis, ha habido un rumor quo no dejaba lugar á dudas. Y no ha seguido el aplauso por lo dramático del momento... ¿Está usted seguro? -preguntó D. Manuel, mirándome de frente para cerciorarse de mi veracidad. -Nada he oído, y cuidado que nunca se me escapa el más insignificante movimiento del auditorio. -No es extraño que no lo percibiese porque, como antes digo, fué al terminar usted de hablar, dirigirse á la puerta y salir de escena. L; j tensión misma de sus nervios ha sido la causa de que no se diera cuenta del hecho. Pero tenga usted la evidencia de que ha ocurrido. El rumor se produjo en las butacas y en él no tuvo parte la claque ni aun para subrayarlo, pues- la explosión del desenlace lo estorbaba naturalmente. -Será así, cuando usted lo dice- -repuso don Manuel, y se dibujó en su rostro cansado una expresión de íntimo contepto que me recompensó del embuste fraguado. Porque no hubo tal rumor ni tal emoción en los morenos, que escucharon impasibles los elevados conceptos que salían de labios de Espina. Pero esto no impidió que el bueno de mi amigo se fuera aquella noche contento y satisfecho, como el que ve premiado su trabajo con el galardón de que se juzga merecedor. Mentí. Conformes. Pero hice bien. ENRIQUE M A U V A R S Dibujo de Méndez Brinca. 5 o 7 O-