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tra, como vestido que ceñimos al cuerpo, como barniz que recubre la personalidad individual; una nación, un hombre, están más civilizados cuanto mejor disimulan sus impresiones ó sus instintos; la tan celebrada impasibilidad británica, que se tiene como modelo de buen tono y elegancia, débese al cultivo intenso de la voluntad, para que prevalezca sobre el sistema nervioso y se apodere de él y lo domine tanto, que en ningún instante deje de sojuzgarlo, previniendo así todo movimiento de rebelión, de esos que traduce un ademán de impaciencia, una mirada cargada de ira, una interjección mal sonante pero expresiva y, en fin, cualquier hecho contrario al self control, ó sea vigilancia y dominio de sí mismo. Desde nuestra más tierna infancia empiezan á torcer el buen natural que traemos á este valle de lágrimas y nos enseñan el disimulo, la mentira y la hipocresía. No es sólo que nos obliguen á omitir la verdad cuando es desagradable para el vecino, cosa que encaja en las prácticas más elementales de la buena crianza; es que- -poniendo á ésta por pretexto- -hácennos fingir cariño á todos los parientes por el solo hecho de serlo ¿á quién no le han sido muy antipáticos una tía, un primo ó un- uñado? consideración á todos los mayores, cuando muchos de ellos no inspiran respeto por 10 ser dignos de él; interés por cuanto nos cuentan ó sabemos que puede importar á los demás, siendo así que- -por regla general- -se nos da un ardite de lo que al género humano acontece, y nos importan un bledo las vicisitudes que el prójimo pueda correr. Y, claro es, á fuerza de constreñirnos un día y otro día á encubrir nuestro pensamiento, llegamos á habituarnos á expresar con verdadera maestría todo lo contrario de le que pensamos, pasando la existexicia ocupados en la inocente tarea de engañar á los demás y de aparentar que creemos las mentiras que éstos nos cuentan. Tal como está dispuesta la sociedad en que nos movemos, ese continuo fingimiento es absolutamente necesario y sin él no seria posible la vida de relación; es algo asi como el engrase que se da á las férreas piezas de la maquinaria para evitar frotes que dificultarían su buena marcha. Prueba de ello es que cuando, por causa de un arrebato de ira ó de un movimiento de indignación que no pudimos sujetar, perdemos ese self control de que antes hablaba y lanzamos al exterior, sin adobo, nuestro verdadero sentir acerca de tal persona ó de cusí hecho, esa espontaneidad suele costamos un disgusto serio, si no nos lleva á contrastar nuestros arrestos en el campo d e l honor. Ahora bien, conviene distinguir unas de otras mentiras y clasificarlas ordenadamente para su mejor estudio y definición. Aquellas de que venimos tratando, que todo el mundo comete, pudie- ran llamarse convenientes ó saludables, para diferenciarlas de las que profieren, por ejemplo, esos individuos tocados del afán de relatar hechos que sólo existieron en sus acaloradas fantasías, ó grandezas que no conocen más que por la lectura de novelas, mentiras que tienden á la exaltación del yo y que llamaremos egoístas; de las que tienen un móvil malsano y se dan á la circulación con objeto de causar perjuicio ó menosprecio á tercero, las cuales pertenecen al grupo de las nocivas; no deteniéndonos á especificar las innumerables agrupaciones de las mentiras que hacerse pueden porque, aparte de que está demostrado por a más b lo vacuo, arbitrario y caprichoso de toda clasificación, me apartaría del fin que me movió á pergeñar estos renglones, que no fué otro sino el modesto de relatar cómo y por cjué falté yo á la verdad á sabiendas en cierta ocasión y cómo me envanezco de ello. Porque ha de saberse que- -á más de las enunciadas- -hay mentiras que toda persona de buen corazón no debe vacilar en proferir cuando llega el caso. U n a de las aficiones más claras y determinadas que he tenido, allá desde los verdes años de mi mocedad, ha sido la del teatro. Todo lo que con él se relacionaba interesábame en extremo, y era asiduo concurrente á los coliseos donde se rendía culto, así al arte elevado y serio, como al género festivo, en solfa ó sin ella. Este interés me llevó, lógicamente, á trabar conocimiento con actores, empresarios y autoies, habiendo contraído muy buenas amistades entre ellos, algunas de las cuales se robustecieron con el transcurso del tiempo, contándolas hoy entre las más preciadas. Por espacio de dos temporadas fui asiduo concurrente á la tertulia que se reunía en el cuarto de un primer actor de mucha nombradla, apreciado por sus privilegiadas dotes y por su probidad artística, al ciue llamaremos D. Manuel Espina para darle algún nombre en el presente verídico relato. L o característico de su labor era una dicción limpia y correcta, una sensibilidad viva, pero contenida, y un accionar sobrio aunque de soberana elegancia, condiciones todas más propias para agradar á los doctos que al fárrago de los morenos que se dejan embaucar por los oropeles de un efectismo de mala ley, vulgo latiguillos. N a d a tiene, pues, de extraño que D. Manuel, á quien siempre oía el público con respeto, fuese poco aplaudido, cosa que lastimaba su amor p r o pio y que reputaba injusta- -con razón, -sobre todo al ver triunfar al lado suj- o á otros actores menos escrupulosamente fieles á las buenas prácticas del arte de Taha. Este desvío demostróse de modo más palpable